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FATUM E HISTORIA
Por el Prof. Dr. Friedrich Nietzsche
(Vacaciones de Pascua 1862)
Si
pudiéramos contemplar la doctrina cristiana y la historia de la Iglesia con
mirada exenta de prejuicios, nos veríamos obligados a expresar algunas
opiniones opuestas a las ideas generales vigentes. Pero, sometidos desde
nuestros primeros días al yugo de las costumbres y de los prejuicios,
frenados por las impresiones de nuestra niñez en la evolución natural de
nuestro espíritu y determinados en la formación de nuestro temperamento,
casi nos creemos obligados a considerar delictivo la elección de un punto de
vista más libre desde el que poder emitir un juicio no partidista y en
concordancia con los tiempos sobre la religión y el cristianismo.
Un intento de este género
no es obra de unas cuantas semanas, sino de una vida. Pues, cómo podría
destruirse la autoridad de dos milenios garantizada por tantos hombres
insignes de todos los tiempos, con el resultado de unas meditaciones
juveniles? ¿Cómo sería posible que las fantasmagorías y las ideas inmaduras
vinieran a sustituir a todos los sufrimientos y las bendiciones que el
desarrollo de la religión ha enraizado en la historia del mundo?
Es una presunción absoluta
pretender resolver problemas filosóficos sobre los que se disputa con muy
diversas opiniones desde hace milenios: luchar contra opiniones que, según
la convicción de los hombres más sabios, elevan al hombre hacia la verdadera
humanidad. Unir la ciencia a la filosofía, sin ni siquiera conocer los
resultados principales de ambas; erigir, finalmente, un sistema de la
realidad recurriendo a la ciencia y a la historia, mientras que la unidad de
la historia universal y sus fundamentos principales no se han abierto
todavía al espíritu, atreverse a entrar en el mar de dudas sin brújula ni
guía alguna es de locos, y significa la ruina para las mentes aún inmaduras;
la mayoría de ellas serán abatidas por las tempestades, y sólo muy pocas
descubrirán nuevas tierras.
Desde el centro del inmenso
océano de las ideas, cuántas veces siente el hombre la nostalgia de la
tierra firme: ¡cuántas veces, ante la vista de tantas especulaciones
estériles, me ha asaltado el deseo de volver a la historia y a las ciencias
naturales!
Cuántas veces no me habrá
parecido nuestra filosofía entera más que una gran torre babilónica:
penetrar en el cielo es el propósito de todos los grandes afanes; el reino
de los cielos en la tierra significa prácticamente lo mismo.
Una infinita confusión de
ideas en el pueblo es el desconsolador resultado; todavía harán falta
grandes transformaciones para que la masa comprenda que el cristianismo
descansa sobre conjeturas; la existencia de Dios, la inmortalidad, la
autoridad de la Biblia, la inspiración y demás cosas por el estilo, nunca
dejarán de ser problemas. Yo he intentado negarlo todo: ¡pero destruir es
muy fácil, más cuán difícil es construir! E incluso destruirse a sí mismo
parece más fácil de lo que es; estamos tan determinados por las impresiones
de nuestra niñez, por la influencia de nuestros padres, por nuestra
educación, y lo estamos hasta un nivel tan profundo de nuestro ser interior,
que dichos prejuicios, profundamente arraigados, no son tan fáciles de
remover por argumentos racionales o por la mera voluntad. La fuerza de la
costumbre, la necesidad de algo superior, la ruptura con todo lo
establecido, la aniquilación de todas las formas de la sociedad, la duda
acerca de si, durante dos milenios, la humanidad no se habrá dejado cautivar
por una falsa imagen, el sentimiento de la propia temeridad y de la propia
audacia: todo esto mantiene una lucha aún no resuelta hasta que, al final,
una serie de experiencias dolorosas, de acontecimientos tristes en nuestro
corazón, otra vez nos llevan a nuestra antigua fe de la infancia. Sin
embargo, la impresión que produce observar la incidencia de estas dudas
sobre nuestro ánimo debe ser, para cada uno, un hito importante de su propia
historia cultural. No puede pensarse otra cosa sino que algo tiene que
permanecer firme, un resultado de toda aquella especulación que no siempre
es un saber, sino que también puede ser una creencia, una fe; sí, algo que
incluso un sentimiento moral puede reanimar a veces o dejar en suspenso.
Del mismo modo que la
costumbre es el resultado de una época, de un pueblo, de una determinada
orientación del espíritu, así la moral es también el resultado de una
evolución general de la humanidad. Es la suma de todas las verdades de
nuestro mundo; es posible que en el mundo infinito no signifique ya otra
cosa que el resultado de una determinada orientación del espíritu en el
nuestro; y ¡es incluso posible que, a partir de las verdades de los
diferentes mundos, evolucione de nuevo una verdad universal!
Apenas sabemos si la
humanidad misma no será otra cosa que un estadio, un período en la
totalidad, en el devenir, si no será una manifestación arbitraria de Dios.
¿Acaso no es el hombre producto de la evolución de la piedra por mediación
de la planta? ¿No habrá alcanzado ya la plenitud de su evolución y no
radicará aquí también el fin de la historia? ¿Carece este devenir eterno de
final? ¿Qué son los motores de esa inmensa obra de relojería? Están ocultos,
pero son los mismos en ese gran reloj que llamamos historia. La esfera
horaria son los acontecimientos. Hora tras hora avanzan las agujas para, al
sonar las doce, comenzar de nuevo; entonces irrumpe un nuevo periodo del
mundo.
Y ¿no se podrían concebir
los motores que impulsan las agujas como la humanidad inmanente? (Entonces
las dos concepciones estarían servidas) ¿O es que la totalidad está dominada
por miras y planes superiores? ¿Es el hombre sólo un medio, o es un fin?
El propósito, el fin, tan
sólo existe para nosotros; igual que sólo para nosotros existe el cambio y,
asimismo, para nosotros, solamente las épocas y los periodos. ¿Cómo
podríamos advertir planes superiores? Nosotros únicamente vemos cómo de la
misma fuente, de la esencia humana, motivada por las impresiones externas,
se forman ideas; cómo éstas van ganando en vida y forma y cómo llegan a ser
patrimonio de todos, conciencia, sentido del deber; cómo el eterno instinto
productivo las elabora como materia para nuevas ideas; cómo éstas conforman
la vida, regentan la historia; cómo en lucha recíproca unas engullen a las
otras, y cómo de tales mezclas surgen nuevas conformaciones. Un encontrarse
y repelerse de corrientes diversas, con altas y bajas mareas, pero todas
afluentes del océano eterno.
Todo se mueve en círculos
gigantescos, que giran unos en torno a otros a la vez que devienen; el
hombre es uno de los círculos más interiores. Si quiere medir las
oscilaciones de los que están en la periferia, tiene que abstraer de sí y de
los círculos que le quedan más cerca los otros, más amplios y englobantes.
Esos círculos más cercanos a él son la historia de los pueblos, de la
sociedad y de la humanidad. La búsqueda del centro común de todas las
oscilaciones, del círculo infinitamente pequeño, es tarea de la ciencia
natural. Sólo ahora que sabemos que el hombre busca en sí y para sí ese
centro, conocemos qué importancia exclusiva han de tener para nosotros la
historia y la ciencia natural.
En cuanto que el hombre es
arrastrado a los círculos de la historia universal, surge esa lucha de la
voluntad individual con la voluntad general; aquí se perfila ese problema
infinitamente importante, la cuestión de la justificación del individuo
respecto del pueblo, el del pueblo respecto de la humanidad, de la humanidad
respecto del mundo; aquí se dibuja, también, la relación fundamental entre
fatum e historia.
Es imposible para los
hombres acceder a la concepción más alta de la historia universal; el más
grande de los historiadores, tanto como el más grande de los filósofos, no
será más que un profeta, pues ambos hacen abstracción desde el círculo más
interior hacia los demás círculos exteriores.
En cuanto al fatum,
su posición no está asegurada. Vertamos todavía una mirada sobre la vida
humana para reconocer su justificación individual y así también en la
totalidad.
¿Qué es lo que determina la
suerte en nuestra vida? ¿Se la debemos a los acontecimientos de cuyo vórtice
nos vemos excluidos? ¿O no será nuestro temperamento el que marca el color
dominante de los acontecimientos? ¿Acaso no se nos aparece y enfrenta todo
en el espejo de nuestra propia personalidad? ¿Y no dan al mismo tiempo los
acontecimientos el tono propio de nuestro destino en tanto que la fuerza y
debilidad con la que se nos aparece depende exclusivamente de nuestro
temperamento? Preguntad a los mejores médicos, dice Emerson, por las cosas
que determina el temperamento y qué cosas son las que no determina en
absoluto.
Nuestro temperamento no es
más que nuestro ánimo, sobre el que se esculpen las impresiones de nuestras
circunstancias y experiencias. ¿Qué es lo que arrastra con tanta fuerza el
alma de tantos individuos hacia lo vulgar impidiéndoles su ascenso a un
mayor vuelo de ideas? Una estructura fatalista del cráneo y de la columna
vertebral, la clase social y la naturaleza de sus padres, lo cotidiano de
sus relaciones, lo vulgar de su entorno e incluso lo monocorde de su lugar
originario. Hemos sido influidos sin llevar en nosotros la fuerza suficiente
como para contrarrestarlo, sin ser siquiera capaces de reconocer que somos
influidos. Es, ciertamente, una experiencia dolorosa tener que renunciar a
la propia autonomía por la aceptación inconsciente de impresiones externas,
reprimir capacidades del alma por el poder de la costumbre y, contra toda
voluntad, sepultarla con las semillas del extravío.
En mayor medida volvemos a
encontrarnos con todo esto en la historia de los pueblos. Muchos de ellos,
aun siendo afectados por los mismos acontecimientos, han sido influidos de
modos muy distintos.
Por este motivo, es una
manera de actuar muy obtusa pretender la imposición a la humanidad entera de
alguna forma especial de estado o de sociedad, sometiéndola a tales o cuales
estereotipos. Todas las ideas sociales y comunitaristas padecen este error.
Y es que el hombre nunca es otra vez el mismo; pero si fuera posible
revolucionar, por obra de una voluntad fortísima, el pasado entero del
mundo, de inmediato entraríamos a formar parte de las filas de los dioses
libres, y la historia universal no sería ya para nosotros otra cosa que un
autoembriagarnos en brazos del ensueño; cae el telón, y el hombre se
encuentra de nuevo, como un niño que juega con mundos, como un niño que se
despierta con la luz de la mañana y sonriendo, borra los sueños terribles de
su cabeza.
La voluntad libre se
manifiesta como aquello que no tiene ataduras, como lo arbitrario; es lo
infinitamente libre, lo errático, el espíritu. El fatum, en
cambio, es una necesidad, salvo que no creamos que la historia de la
humanidad es un extravío onírico, los dolores indecibles de los seres
humanos, meras alucinaciones, y nosotros mismos, meros juguetes de nuestras
propias fantasías. El fatum es la fuerza infinita de la
resistencia contra la libre voluntad; libre voluntad sin fatum
es tan impensable como el espíritu sin lo real, como lo bueno sin lo malo,
pues sólo las contradicciones dan lugar a los rasgos del carácter.
El fatum
predica continuamente el principio: «sólo los acontecimientos determinan los
acontecimientos». Si éste fuese el único principio verdadero, el hombre no
sería más que mero juguete de fuerzas ocultas desconocidas, no sería
responsable de sus errores, se hallaría, por lo tanto, libre de todo tipo de
distinciones morales, sería un eslabón necesario como miembro de una cadena.
¡Qué feliz sería si no se empeñara en examinar su situación, si no se
debatiera convulsamente en la cadena que lo aprisiona, si no mirara con loco
placer el mundo y su mecánica!
Tal vez no sea
la libre voluntad, de modo similar a como el espíritu sólo es la substancia
más infinitamente pequeña y lo bueno, sólo la más sutil evolución de lo
malo, otra cosa que la potencia máxima del fatum. La historia
universal sería, entonces, historia de la materia, si tomamos esta palabra
en un sentido infinitamente amplio. En efecto, tiene que haber todavía otros
principios más elevados ante los cuales la totalidad de las diferencias
confluyan en una gran unidad, ante la que todo sea evolución, serie
escalonada, todo, afluente de un océano magnífico, donde el conjunto de las
corrientes que han hecho evolucionar el mundo vuelvan a encontrarse, a
fundirse en el todo-uno.-
DE MI VIDA. ESCRITOS AUTOBIOGRÁFICOS DE
JUVENTUD (1856-1869)
Valdemar,
Madrid, 1997.
Trad. de Luis Fernando
Moreno Claros.-
Astor Piazzolla, INVIERNO PORTEÑO
(en
vivo)
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