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11 de junio de 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Filosofía Nueva

 

bosquejo de una genealogía

 

 

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«EL JUBILADO»

de Así Habló Zaratustra

 

 

No mucho después de haberse librado Zaratustra del mago vio de nuevo a alguien sentado junto al camino que él seguía, a saber, un hombre alto y negro, de pálido y descarna­do rostro: éste le causó una violenta contrariedad. «Ay, dijo a su corazón, allí está sentada la tribulación embozada 476, aque­llo me parece pertenecer a la especie de los sacerdotes: ¿qué quieren ésos en mi reino?

 

¡Cómo! Acabo de escapar de aquel mago: y tiene que atra­vesárseme de nuevo en mi camino otro nigromante, – – un brujo cualquiera que practica la imposición de ma­nos, un oscuro taumaturgo por gracia divina, un ungido ca­lumniador del mundo, ¡a quien el diablo se lleve! / Pero el diablo no está nunca donde debería estar: siem­pre llega demasiado tarde, ¡ese maldito enano y cojitran­co!» –

 

Así maldecía Zaratustra, impaciente en su corazón, y pen­saba en cómo pasaría rápidamente de largo junto al hombre negro mirando a otra parte: mas he aquí que las cosas ocurrie­ron de otro modo. Pues en aquel mismo instante el hombre sentado le había visto ya, y semejante a uno a quien le sale al en­cuentro una suerte imprevista se levantó de un salto y corrió hacia Zaratustra.

 

«¡Quienquiera que seas, caminante, dijo, ayuda a un extra­viado, a uno que busca, a un anciano al que con facilidad pue­de ocurrirle aquí algún daño! / Este mundo de aquí me es extraño y lejano, también he oído aullar a animales salvajes; y el que habría podido ofrecer­me ayuda, ése no existe ya. [1] / Yo buscaba al último hombre piadoso, un santo y un eremi­ta, que, solo en su bosque, no había oído aún nada de lo que todo el mundo sabe hoy». 477 [2]

 

«¿Qué sabe hoy todo el mundo?, preguntó Zaratustra. ¿Acaso que no vive ya el viejo Dios en quien todo el mundo creyó en otro tiempo?» / «Tú lo has dicho 478, respondió el anciano contristado. Y yo he servido a ese viejo Dios hasta su última hora. / Mas ahora estoy jubilado, no tengo dueño y, sin embargo, no estoy libre, tampoco estoy alegre ni una sola hora, a no ser cuando me entrego a los recuerdos. / Por ello he subido a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta para mí, cual conviene a un antiguo papa y padre de la Iglesia: pues sábelo, ¡yo soy el último papa! - una fiesta de piadosos recuerdos y cultos divinos.

 

Pero ahora también él ha muerto, el más piadoso de los hombres, aquel santo del bosque que alababa constantemen­te a su Dios cantando y gruñendo. / A él no lo encontré ya cuando encontré su choza, - pero sí a dos lobos dentro, que aullaban por su muerte - pues todos los animales lo amaban. Entonces me fui de allí corriendo. / ¿Inútilmente había venido yo, por tanto, a estos bosques y montañas? Mi corazón decidió entonces que yo buscase a otro distinto, al más piadoso de todos aquellos que no creen en Dios -, ¡que yo buscase a Zaratustra!»

 

Así habló el anciano y miró con ojos penetrantes a aquel que se hallaba delante de él; mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración. «Mira, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan larga! Ésta es la mano de uno que ha impartido siempre bendi­ciones. Pero ahora esa mano agarra firmemente a aquel a quien tú buscas, a mí, Zaratustra. / Yo soy Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con sus enseñanzas?» - 479

 

Así habló Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pen­samientos y las más recónditas intenciones del viejo papa. Por fin éste [el viejo papa] comenzó a decir:

 

«Quien lo amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que ningún otro -: / - mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo? ¡Mas quién podría alegrarse de eso!» -

 

- «Tú le has servido hasta el final, preguntó Zaratustra pensativo, después de un profundo silencio, ¿sabes cómo mu­rió? ¿Es verdad, como se dice, que fue la compasión la que lo estranguló,

- que vio cómo el hombre pendía de la cruz, y no soportó que el amor al hombre se convirtiese en su infierno y final­mente en su muerte?» - -

 

Mas el viejo papa no respondió, sino que tímidamente, y con una expresión dolorosa y sombría, desvió la mirada. «Déjalo que se vaya, dijo Zaratustra tras prolongada refle­xión, mirando siempre al anciano derechamente a los ojos. Déjalo que se vaya, ya ha desaparecido. Y aunque te honra el que no digas más que cosas buenas de ese muerto, tú sabes tan bien como yo quién era; y que seguía caminos extraños.»

 

«Hablando entre tres ojos, dijo, recobrado, el viejo papa (pues era tuerto), en asuntos de Dios yo soy más ilustrado 480 que el propio Zaratustra - y me es lícito serlo. / Mi amor le ha servido durante largos años, mi voluntad si­guió en todo a su voluntad. Pero un buen servidor sabe todo, incluso muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo. / Él era un Dios escondido 481, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el adulterio. 482

 

Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de la recom­pensa o la retribución. / Cuando era joven, este Dios del Oriente, era duro y vengati­vo y construyó un infierno para diversión de sus favoritos. 483  / Pero al final se volvió viejo y débil y blando y compasivo, más parecido a un abuelo que a un padre, y parecido sobre todo a una vieja abuela vacilante. / Se sentaba allí, mustio, en el rincón de su estufa, se afli­gía a causa de la debilidad de sus piernas, cansado del mun­do, cansado de querer, y un día se asfixió con su excesiva compasión.» -

 

«Tú viejo papa, le interrumpió aquí Zaratustra, ¿tú has vis­to eso con tus ojos? Pues es posible que haya ocurrido así: así, y también de otra manera. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas especies de muerte. / Mas ¡bien! Así o así, así y así - ¡se ha ido! Él contrariaba el gusto de mis oídos y de mis ojos, no quisiera decir nada peor sobre él. Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con hones­tidad. Pero él - tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote - él era ambi­guo. / Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, reso­plando cólera, porque le entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez? / Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oí­dos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro, ¡bien!, ¿quién lo había introducido allí? / ¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas 484 porque le hubiesen sa­lido mal a él - eso era un pecado contra el buen gusto. / También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir “¡Fuera tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construir­se cada uno su destino a su manera, mejor ser un necio, me­jor ser Dios mismo!”»

 

- «¡Qué oigo!, dijo entonces el papa aguzando los oídos; ¡oh Zaratustra, con tal incredulidad eres tú más piadoso de lo que crees! Algún Dios presente en ti te ha convertido a tu ateísmo. [3] ¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyen­do en Dios? ¡Y tu excesiva honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y del mal! / Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el final? Tienes ojos y mano y boca predestinados desde la eternidad a bende­cir. No se bendice sólo con la mano. / En tu proximidad, aunque tú quieras ser el más ateo de to­dos, venteo yo un secreto aroma de incienso y un perfume de prolongadas bendiciones: ello me hace bien y me causa dolor al mismo tiempo.

 

¡Permíteme ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola no­che! ¡En ningún lugar de la tierra me siento ahora mejor que junto a ti!» -

 

«¡Amén! ¡Así sea!, dijo Zaratustra con gran admiración, por ahí arriba sube el camino, allí está la caverna de Zaratus­tra. / Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta allí, venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero aho­ra me llama un grito de socorro que me obliga a separarme de ti a toda prisa. / En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caver­na es un buen puerto. [4] Y lo que más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre piernas firmes a todos los tristes. / Mas ¿quién te quitaría a ti de los hombros el peso de tu melancolía? Para eso soy yo demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite a tu Dios. Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad.» -

– Así habló Zaratustra.-

 

Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

NIETZSCHE, FRIEDRICH, Así Habló Zaratustra.

Buenos Aires, Alianza, 2007. Libro IV.

 

 

NOTAS de la traducción de Andrés Sanchez Pascual

 

476 Véase, en la segunda parte, De los sacerdotes.

 

477 El papa jubilado viene en busca del eremita con el que Zaratustra se encontró al bajar por vez primera de las montañas. Véase Pró­logo de Zaratustra, 1. Ver nota 5.

 

478 Frase evangélica, empleada por Jesús en su respuesta a Pilato. Véase el Evangelio de Marcos, 15, 2: «Pilato lo interrogó: ¿Tú eres el rey de los judíos? Jesús le contestó: Tú lo has dicho».

 

479 Véase, en la tercera parte, De la virtud empequeñecedora,  3.

 

480 Un poco más tarde, en La fiesta del asno, el papa jubilado volverá a replicarle a Zaratustra que, en asuntos de Dios, él es «más ilustrado».

 

481 El «Dios escondido» es expresión bíblica; véase Isaías, 45, 15: «Es verdad, Tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador».

 

482 Una ampliación de esta afirmación puede verse en El Anticristo, 34.

 

     Cito el texto de El Anticristo mencionado por Andrés Sánchez Pascual:

               

«Si yo entiendo algo de ese gran simbolista, es que tomó exclusivamente realidades interiores como realidades, como “verdades”; que entendió todo lo demás, todo lo natural, temporal, espacial a histórico, sólo como signo, como oportunidad para expresar por vía de la alegoría. El concepto “hijo del hombre” no es ninguna persona concreta que pertenece a la historia, ningún hecho individual y único, sino una facticidad “eterna”, un símbolo sicológico, emancipado de la noción del tiempo. Lo mismo reza, y en el sentido más elevado, para el Dios de este típico simbolista; para el “reino de Dios”, el “reino de los cielos”. Nada hay tan anticristiano como los burdos conceptos eclesiásticos de un Dios como persona, de un “reino de Dios” que vendrá, de un “reino de los cielos” más allá, de un “hijo de Dios”, segunda persona de la Trinidad. Todo esto es absolutamente incompatible con el Evangelio, un cinismo histórico mundial en la burla del símbolo... Aunque es evidente lo que sugiere el signo “padre” a “hijo”, no resulta igual para todo el mundo: con la palabra “hijo” está expresado el ingreso en el sentimiento total de transfiguración de todas las cosas (la bienaventuranza), y con la palabra “padre”, este sentimiento mismo, el sentimiento de eternidad, de consumación. Me da vergüenza recordar lo que la Iglesia ha hecho de este simbolismo. ¿No ha situado en el umbral del “credo” cristiano una historia de anfitrión? ¿Y un dogma de la “concepción inmaculada”, por añadidura?... Con esto ha mancillado la cancepción.

 

El “reino de los cielos” es un estado del corazón, no algo que viene del “más allá” o de una “vida de ultratumba”. Todo el concepto de la muerte natural falta en el Evangelio; la muerte no es un puente, un tránsito; falta porque forma parte de un mundo totalmente diferente, tan sólo aparencial, útil tan sólo para proporcionar signos. La “hora postrera” no es un concepto cristiano; la “hora”, el tiempo, la vida física y sus crisis, ni existen para el portador de 6a “buena nueva”... El “reino de Dios” no es algo que se espera; no tiene un ayer ni un pasado mañana, no vendrá en “mil años”; es una experiencia íntima; está en todas partes y no está en parte alguna...»

 

483 Un desarrollo de esta idea puede verse en el 269 de Más allá del bien y del mal.

 

484 Topfe und Geschópfe. Nietzsche aprovecha aquí una expresiva ali­teración en alemán para aludir al hecho narrado por la Biblia de que Dios hizo al hombre de barro, como un alfarero. Véase Génesis, 2, 7: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo».


 

[1] ¿Por qué este «servidor viejo y fiel del dios cristiano» da por muerto a Zarathustra con Dios?

[2] ¿El sacerdote «retirado de su oficio por la muerte de su Señor» viene a avisarle a Zarathustra?

[3] «Fe» (Glaube), sin duda, hay en la obra de Nietzsche, tal como dice Gianni Vattimo.

[4]  Zarathustra se presenta como un dios bueno, que protege, escucha, responde y acoge.-

 

 

 

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