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«EL
JUBILADO»
de Así Habló
Zaratustra
No mucho
después de haberse librado Zaratustra del mago vio de nuevo a alguien
sentado junto al camino que él seguía, a saber, un hombre alto y negro, de
pálido y descarnado rostro: éste le causó una violenta contrariedad.
«Ay, dijo a su corazón, allí está sentada la tribulación embozada 476,
aquello me parece pertenecer a la especie de los sacerdotes: ¿qué quieren
ésos en mi reino?
¡Cómo! Acabo
de escapar de aquel mago: y tiene que atravesárseme de nuevo en mi camino
otro nigromante, – – un brujo cualquiera que practica la imposición de
manos, un oscuro taumaturgo por gracia divina, un ungido calumniador del
mundo, ¡a quien el diablo se lleve! /
Pero el diablo no está nunca donde debería
estar: siempre llega demasiado tarde, ¡ese maldito enano y cojitranco!» –
Así maldecía
Zaratustra, impaciente en su corazón, y pensaba en cómo pasaría rápidamente
de largo junto al hombre negro mirando a otra parte: mas he aquí que las
cosas ocurrieron de otro modo. Pues en aquel mismo instante el hombre
sentado le había visto ya, y semejante a uno a quien le sale al encuentro
una suerte imprevista se levantó de un salto y corrió hacia Zaratustra.
«¡Quienquiera que
seas, caminante, dijo, ayuda a un extraviado, a uno que busca, a un anciano
al que con facilidad puede ocurrirle aquí algún daño! / Este mundo de aquí
me es extraño y lejano, también he oído aullar a animales salvajes; y el que
habría podido ofrecerme ayuda, ése no existe ya.
/ Yo buscaba al último hombre piadoso, un santo y un eremita, que, solo en
su bosque, no había oído aún nada de lo que todo el mundo sabe hoy».
477
«¿Qué
sabe hoy todo
el mundo?, preguntó Zaratustra. ¿Acaso que no vive ya el viejo Dios en quien
todo el mundo creyó en otro tiempo?»
/
«Tú lo has dicho 478, respondió el anciano contristado. Y yo he
servido a ese viejo Dios hasta su última hora.
/ Mas ahora estoy
jubilado, no tengo dueño y, sin embargo, no estoy libre, tampoco estoy
alegre ni una sola hora, a no ser cuando me entrego a los recuerdos. / Por
ello he subido a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta
para mí, cual conviene a un antiguo papa y padre de la Iglesia: pues sábelo,
¡yo soy el último papa! - una fiesta de piadosos recuerdos y cultos divinos.
Pero ahora
también él ha muerto, el más piadoso de los hombres, aquel santo del bosque
que alababa constantemente a su Dios cantando y gruñendo. / A él no lo
encontré ya cuando encontré su choza, - pero sí a dos lobos dentro, que
aullaban por su muerte - pues todos los animales lo amaban. Entonces me fui
de allí corriendo. / ¿Inútilmente había venido yo, por tanto, a estos
bosques y montañas? Mi corazón decidió entonces que yo buscase a otro
distinto, al más piadoso de todos aquellos que no creen en Dios -, ¡que yo
buscase a Zaratustra!»
Así habló el
anciano y miró con ojos penetrantes a aquel que se hallaba delante de él;
mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con
admiración. «Mira, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan larga!
Ésta es la mano de uno que ha impartido siempre bendiciones. Pero ahora esa
mano agarra firmemente a aquel a quien tú buscas, a mí, Zaratustra. / Yo soy
Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con
sus enseñanzas?» - 479
Así habló
Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pensamientos y las más
recónditas intenciones del viejo papa.
Por fin éste [el viejo
papa] comenzó a decir:
«Quien lo
amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que
ningún otro -: / - mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo?
¡Mas quién podría alegrarse de eso!» -
- «Tú le has
servido hasta el final, preguntó Zaratustra pensativo, después de un
profundo silencio, ¿sabes cómo murió? ¿Es verdad, como se dice, que
fue la compasión la que lo estranguló,
- que vio
cómo el hombre pendía de la cruz, y no soportó que el amor al hombre
se convirtiese en su infierno y finalmente en su muerte?»
- -
Mas
el viejo papa no respondió, sino que tímidamente, y
con una expresión dolorosa y sombría, desvió la mirada. «Déjalo que se vaya,
dijo Zaratustra tras prolongada reflexión, mirando siempre al anciano
derechamente a los ojos. Déjalo que se vaya, ya ha desaparecido. Y aunque te
honra el que no digas más que cosas buenas de ese muerto, tú sabes tan bien
como yo quién era; y que seguía caminos extraños.»
«Hablando
entre tres ojos, dijo, recobrado, el viejo papa (pues era tuerto), en
asuntos de Dios yo soy más ilustrado 480 que el propio Zaratustra
- y me es lícito serlo. / Mi amor le ha servido durante largos años, mi
voluntad siguió en todo a su voluntad. Pero un buen servidor sabe todo,
incluso muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo. / Él era un Dios
escondido 481, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse
un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el
adulterio. 482
Quien le
ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor
mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de
la recompensa o la retribución.
/
Cuando era joven, este Dios del Oriente, era duro y vengativo y construyó
un infierno para diversión de sus favoritos.
483 /
Pero al final se volvió viejo y débil y blando
y compasivo, más parecido a un abuelo que a un padre, y parecido sobre todo
a una vieja abuela vacilante. / Se sentaba allí, mustio, en el rincón de su
estufa, se afligía a causa de la debilidad de sus piernas, cansado del
mundo, cansado de querer, y un día se asfixió con su excesiva compasión.» -
«Tú
viejo papa, le interrumpió aquí Zaratustra, ¿tú has
visto eso con tus ojos? Pues es posible que haya ocurrido así: así,
y también de otra manera. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas
especies de muerte. / Mas ¡bien! Así o así, así y así - ¡se ha ido! Él
contrariaba el gusto de mis oídos y de mis ojos, no quisiera decir nada peor
sobre él. Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con honestidad. Pero
él - tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de
maneras de sacerdote - él era ambiguo. / Era también oscuro. ¡Cómo se
irritaba con nosotros, resoplando cólera, porque le entendíamos mal! Mas
¿por qué no hablaba con mayor nitidez? / Y si dependía de nuestros oídos,
¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en nuestros oídos había
barro, ¡bien!, ¿quién lo había introducido allí? / ¡Demasiadas cosas se le
malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su oficio! Pero el
hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas 484 porque le
hubiesen salido mal a él - eso era un pecado contra el buen gusto. /
También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir “¡Fuera
tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construirse cada uno su
destino a su manera, mejor ser un necio, mejor ser Dios mismo!”»
- «¡Qué oigo!,
dijo entonces el papa aguzando los oídos; ¡oh Zaratustra, con tal
incredulidad eres tú más piadoso de lo que crees! Algún Dios presente en ti
te ha convertido a tu ateísmo.
¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyendo en Dios? ¡Y tu
excesiva honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y del mal! /
Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el final? Tienes ojos y mano
y
boca predestinados desde la
eternidad a bendecir. No se bendice sólo con la mano. / En tu proximidad,
aunque tú quieras ser el más ateo de todos, venteo yo un secreto aroma de
incienso y un perfume de prolongadas bendiciones: ello me hace bien y me
causa dolor al mismo tiempo.
¡Permíteme ser tu
huésped, oh Zaratustra, por una sola noche! ¡En ningún lugar de la tierra
me siento ahora mejor que junto a ti!» -
«¡Amén! ¡Así sea!,
dijo Zaratustra con gran admiración, por ahí arriba sube el camino, allí
está la caverna de Zaratustra. / Con gusto, en verdad, te acompañaría yo
mismo hasta allí, venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero
ahora me llama un grito de socorro que me obliga a separarme de ti a toda
prisa. / En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caverna es un
buen puerto.
Y lo que más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre
piernas firmes a todos los tristes. / Mas ¿quién te quitaría a ti de los
hombros el peso de tu melancolía? Para eso soy yo demasiado débil.
Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite a tu
Dios. Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad.» -
– Así habló
Zaratustra.-
Traducción de
Andrés Sánchez Pascual.
NIETZSCHE, FRIEDRICH,
Así Habló Zaratustra.
Buenos Aires,
Alianza, 2007. Libro IV.
NOTAS
de la traducción de Andrés Sanchez Pascual
476
Véase, en la
segunda parte, De los sacerdotes.
477
El papa jubilado
viene en busca del eremita con el que Zaratustra se encontró al bajar por
vez primera de las montañas. Véase Prólogo de Zaratustra, 1. Ver
nota 5.
478
Frase evangélica,
empleada por Jesús en su respuesta a
Pilato.
Véase el Evangelio de
Marcos, 15, 2:
«Pilato lo interrogó:
¿Tú eres el rey de los judíos? Jesús le contestó: Tú lo has dicho».
479
Véase, en la
tercera parte, De la virtud empequeñecedora, 3.
480
Un poco más tarde,
en La fiesta del asno, el papa jubilado volverá a replicarle a
Zaratustra que, en asuntos de Dios, él es «más ilustrado».
481
El «Dios
escondido» es expresión bíblica; véase Isaías, 45, 15: «Es
verdad, Tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador».
482
Una ampliación de
esta afirmación puede verse en El Anticristo, 34.
Cito el texto de El
Anticristo mencionado por Andrés Sánchez Pascual:
«Si yo
entiendo algo de ese gran simbolista, es que tomó exclusivamente realidades
interiores como realidades, como “verdades”; que entendió todo lo demás,
todo lo natural, temporal, espacial a histórico, sólo como signo, como
oportunidad para expresar por vía de la alegoría. El concepto “hijo del
hombre” no es ninguna persona concreta que pertenece a la historia, ningún
hecho individual y único, sino una facticidad “eterna”, un símbolo
sicológico, emancipado de la noción del tiempo. Lo mismo reza, y en el
sentido más elevado, para el Dios de este típico simbolista; para el “reino
de Dios”, el “reino de los cielos”. Nada hay tan anticristiano como los
burdos conceptos eclesiásticos de un Dios como persona, de un “reino de
Dios” que vendrá, de un “reino de los cielos” más allá, de un “hijo de
Dios”, segunda persona de la Trinidad. Todo esto es absolutamente
incompatible con el Evangelio, un cinismo histórico mundial en la burla del
símbolo... Aunque es evidente lo que sugiere el signo “padre” a “hijo”, no
resulta igual para todo el mundo: con la palabra “hijo” está expresado el
ingreso en el sentimiento total de transfiguración de todas las cosas (la
bienaventuranza), y con la palabra “padre”, este sentimiento mismo, el
sentimiento de eternidad, de consumación. Me da vergüenza recordar lo que la
Iglesia ha hecho de este simbolismo. ¿No ha situado en el umbral del “credo”
cristiano una historia de anfitrión? ¿Y un dogma de la “concepción
inmaculada”, por añadidura?... Con esto ha mancillado la cancepción.
El
“reino de los cielos” es un estado del corazón, no algo que viene del “más
allá” o de una “vida de ultratumba”. Todo el concepto de la muerte natural
falta en el Evangelio; la muerte no es un puente, un tránsito; falta porque
forma parte de un mundo totalmente diferente, tan sólo aparencial, útil tan
sólo para proporcionar signos. La “hora postrera” no es un concepto
cristiano; la “hora”, el tiempo, la vida física y sus crisis, ni existen
para el portador de 6a “buena nueva”... El “reino de Dios” no es algo que se
espera; no tiene un ayer ni un pasado mañana, no vendrá en “mil años”; es
una experiencia íntima; está en todas partes y no está en parte alguna...»
483
Un desarrollo de
esta idea puede verse en el 269 de Más allá del bien y del mal.
484
Topfe und
Geschópfe.
Nietzsche aprovecha aquí una
expresiva aliteración en alemán para aludir al hecho narrado por la Biblia
de que Dios hizo al hombre de barro, como un alfarero. Véase Génesis,
2, 7: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo».
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