Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

________________________________________________________________________ 

 

INTRODUCCIÓN GENERAL AL PENSAMIENTO DE KANT

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

(Ciudad de Buenos Aires © 2006)

 

 

Emmanuel Kant (1724-1804) nació en Königsberg (Prusia Oriental) donde inició sus estudios universitarios. También incursionó en los estudios de la física newtoniana, a la que miraba con mucho agrado. A los 29 años obtuvo su doctorado, y años más tarde lo encontramos enseñando lógica y metafísica en la Universidad. Su primera gran obra la compone a los 57 años, tras largas décadas de ejercicio de la docencia.

 

Entre sus obras más importantes encontramos: CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA (1781), donde expone su gnoseología; años más tarde escribe PROLEGÓMENOS A TODA METAFÍSICA FUTURA (1783), y después PRIMEROS PRINCIPIOS METAFÍSICOS DE LA CIENCIA NATURAL (1786). Les siguen sus otras dos grandes obras: la CRÍTICA DE LA RAZÓN PRÁCTICA (1788), desde donde aborda la ética y su fundamento, y la CRÍTICA DEL JUICIO (1790), su obra teleológica y estética. Su última obra es la METAFÍSICA DE LAS COSTUMBRES (1797), un prólogo o fundamento de su segunda Crítica.  

 

Hay un momento en que al filósofo lo encontramos cerca del racionalismo (de Descartes y Leibniz, quienes solían poner en duda a los datos sensoriales), hasta que, leyendo a Hume, se inclina decididamente por el empirismo, y así termina con lo que él llama su “sueño metafísico”, donde se suma a la teoría del empirista escocés: “La idea más fuerte no vale más que la percepción más débil”.

 

Comienza Kant a rechazar las ideas innatas (propuestas por Descartes), y distingue  dos tipos de conocimiento: el a priori y el a posteriori. El primero no necesita de la experiencia, y el segundo se basa en ella. En efecto, para él, el conocimiento y la verdad se dan en los Juicios, y dice que hay dos grandes y primordiales tipos: los analíticos y los sintéticos. Los primeros, con su segundo término no le agregan nada al conocimiento, ya que está incluido en el primero. Los segundos juicios, en cambio, tienen en su segundo término algo más de lo dicho en el primero, y esto es proporcionado por la experiencia. [1]

 

Para Kant, “la ciencia es un complejo sistema de juicios” [2], por eso ésta avanzará cuando logre hacerse de juicios sintéticos (que son aquellos que dicen algo más de lo dicho en el primer término del juicio) pero a priori –es decir, que agreguen información en un segundo término, pero que no necesiten corroboración empírica, tal como sucede con las matemáticas y la física, y que brinden, a su vez, necesidad y universalidad [3]. El conocimiento a posteriori (que es el que se logra después de la experiencia) no puede ser universal ni necesario, pero la ciencia requiere un saber a priori, que no esté limitado por la contingencia de la experiencia [4]. De este modo, la Ciencia, para Kant, tiene que unir la razón a la experiencia, que deben complementarse –para lo cuál se vale de la ciencia de Newton, a la que ve como un sistema seguro.

 

Para lograr una “filosofía científica sintética a priori” el filósofo alemán postula la necesidad de una “revolución copernicana”. Así como Copérnico descubrió el heliocentrismo (que la tierra gira alrededor del sol) debe darse una “revolución” en materia de teoría del conocimiento, que pasa por una adecuación de la cosa a la mente, porque así es como conoce nuestra mente, adecuando las cosas a sí. Pues el espíritu es activo en el proceso de conocimiento, y no podemos conocer las cosas sino en la medida en que (éstas) se someten a ciertas condiciones a priori del conocimiento, que están en el entedimiento del mismo sujeto. De este modo, rompe decididamente con el realismo aristotélico  tradicional y propone, siguiendo a F. Bacon (quien realiza sus trabajos utilizando el método experimental), interrogar a la misma naturaleza –pues uno no tiene que acercarse a la naturaleza como un contemplativo, sino como jueces, como hicieron los físicos.

 

A “las cosas singulares” las va a abordar desde la sensibilidad y el entendimiento, admitiendo tanto los sentidos externos como los internos, con sus respectivas funciones. Con los sentidos externos el hombre espacializa y con los internos internaliza temporalmente lo percibido [5]. Primero, a través de la sensibilidad el hombre capta los objetos [6] que se le presentan, y por el entendimiento –digámoslo así– los “piensa”. Y es que, para Kant, el conocimiento es una relación entre el mundo externo y el interno; y una relación muy especial, pues hay una primacía del trabajo del entendimiento, esto es, de la propia subjetividad. Por eso, la afirmación capital es que no se puede conocer a “la cosa en sí” o noúmeno sino que nuestro conocimiento se limita a trabajar con “lo que aparece”, o es fainómeno, a nosotros. La mente, al disponer de un “marco” en donde se conoce lo nouménico, recibe, y al mismo tiempo modifica, en sí los datos provenientes de la intuición y percepción sensible, y construye con ellos un “fenómeno”, que es “lo que se conoce” de la “cosa”. Los pasos en el proceso del conocimiento serían, para Kant, algo más o menos así –nosotros los resumimos en cuatro etapas: Primero: Al noúmeno la sensibilidad le agrega las relaciones del tiempo y del espacio [7] (que son intuiciones puras a priori, que sólo tienen validez en el campo del fenómeno, y no en el de “la cosa en sí”), para que comience a hacerse posible el conocimiento, a partir de la especialización y temporalización. Segundo: Por el sentido interno  obtengo una imagen, un esquema, un fantasma (antes del concepto puramente abstracto) –esta es una primera modificación del objeto de mi conocimiento. Tercero: Por el entendimiento, se le aplican al objeto las doce categorías [8] que el entendimiento ya tiene, desde siempre, en sí (categorías puras que salen del juicio [9]). Cuarto: Como resultado del trabajo del entendimiento se obtiene un “objeto pleno”; el concepto unificado, y ordenado, la síntesis del proceso de conocimiento.

 

Decíamos más arriba que la mente trabaja con datos que le proporciona la sensibilidad, pero no podemos de mencionar algunos conceptos que “se cuelan” en el entendimiento. A estos conceptos Kant los llama “ideas trascendentales”, y son la idea del alma, del mundo y de Dios. Estas ideas son “reguladoras”, y ayudan al entendimiento a realizar el análisis y síntesis necesaria para el conocimiento, y si bien carecen de existencia en la realidad (al menos desde el punto de vista científico) nos ayudan a sintetizar a las demás cosas en el proceso gnoseológico. Tampoco el filósofo cree –al menos en su primera etapa de pensamiento– en la “teleología” (que vincula relaciones de “causa-efecto” y “fines”), pero en alguna ocasión afirma que también ella le ayuda a sintetizar. Estas ideas hundirían sus raíces en la “tendencia natural” [10] (del hombre hacia lo absoluto) a sintetizar, por lo que tenemos que hacer de cuenta como si existiesen para llevar a cabo la síntesis de las demás ideas. No obstante, sabe que cuando el entendimiento trabaja con datos no sensibles (tales como son estas ideas) se puede caer muy fácilmente en una “ilusión trascendental” (metafísica), y en la consecuente afirmación de la existencia de las ideas.

 

 

De acuerdo a cómo la mente juzgue (y cómo razone) surgirán tres tipos de ideas, expresadas en una suerte de razonamientos, silogismos, que son “unidad incondicionada asumidos por los principios de la razón pura”. Por eso, “a la hora de fijar cuáles son los conceptos  de razón o ideas trascendentales, Kant se basa en las formas de los juicios silogísticos según la relación: categóricos, hipotéticos y disyuntivos. A estas formas corresponden las categorías de sustancia, causa y comunidad o acción recíproca, respectivamente, y de aquí surgen tres tipos de unidad o síntesis incondicionada... En lo que se refiere a nuestras representaciones, tales relaciones se resuelven en las tres clases de ideas trascendentales, que son: la unidad absoluta del sujeto pensante, la unidad absoluta de la serie de los fenómenos (mundo) y la unidad absoluta de la condición de todos los objetos del pensamiento en general (Dios), que constituyen, respectivamente, el objeto de la psicología, la cosmología y de la teología [11].

  

En cuanto a lo moral o a la ética kantiana [12], Kant reconoce como evidente que cuando uno “entra en sí mismo” descubre, como si fuese una evidencia, el “imperativo categórico”, que es aquello que nos lleva a hacer el bien y a alcanzar la virtud. La ley moral (que como objeto buscará el bien) tiene en nosotros la forma de un imperativo categórico, no hipotético [13], y buscará, antes que nada, la consumación del “deber”. De los estoicos toma este principio: “el premio de la virtud es la virtud misma”. Y propone un obrar no “de acuerdo” al deber sino “por amor al deber [14], pues esto es lo realmente virtuoso, lo verdaderamente ético, y el culto agradable a Dios. En efecto, lo único bueno en el mundo es la “voluntad buena” que es la que obra ordenada al deber. En definitiva, lo fundamental que tiene que considerar cada sujeto moral es el actuar por referencia a la ley que no tiene acepciones y que es universal; ley que se divide en principios (que son los fundamentos de la razón práctica) y máximas (principios volitivos). Las máximas, a su vez, se dividen en formales (a priori, esto es: sin contenidos [15]) y empíricas (a posteriori, que son las aplicaciones de las máximas formales a lo empírico, las cuales están en la razón práctica).

 

La moral de Kant es una “ética autónoma” que se fundamenta a sí misma y que no necesita de una ley que venga de afuera (como es la “ley revelada”). Plantea una autonomía moral, y ve que aceptar la ley impuesta, por Dios o por un rey, es caer en la heteronomía. Por eso la propuesta es rechazar toda motivación externa a la del imperativo moral –lo que es un evidentísimo del pensamiento propio de la ilustración, que él mismo representa de modo paradigmático. Para Kant, la persona no es un “medio para”, sino “un fin en sí” misma, lo que está en consonancia con el iluminista “reino de los fines”. Concretamente, en moral, uno debe darse las propias leyes, atendiendo, desde luego, al orden jurídico y político, y luego someterse a ellas. Lo distinto a la misma moral (o sea, las leyes impuestas) es indigno de ella. La moral religiosa es heterónoma-esclavizante.

 

            Desde la moral, este filósofo, aborda el tema de la libertad. Descubrirá que tenemos conciencia y que somos libres por medio del sentimiento de culpa: si me reprocho algo es porque pude haber actuado de otra manera. Por otra parte, afirmará que hay santidad  cuando la voluntad ama el deber y la virtud, más allá del gusto o placer que sienta al practicarla, pues, generalmente, la virtud no me trae la felicidad en este mundo, y no por eso hay que dejar de obrar de acuerdo a ella.

 

De todos modos, el ideal “virtud-felicidad” no se puede realizar plenamente en esta vida, por lo que postula la existencia de una vida después de la muerte, exigida por la “buena voluntad”, fundamentando así lo religioso desde lo moral. Por lo que, desde la moral, también pretende llegar hasta el mismo Dios. “El postulado de la existencia de Dios... está relacionado con la cuestión de la felicidad y más concretamente con la conexión entre moralidad y felicidad... que exigen para su unión ‘la existencia de una causa de toda la naturaleza, distinta de la naturaleza y que encierra el fundamento de esa conexión, esto es, de la exacta concordancia entre la moral y la felicidad’ (Kant). El supremo bien –la unión del deber y la felicidad- sólo es posible en el mundo si se admite una causa superior de la naturaleza, que es un ser inteligente y libre al que llamamos Dios [16]. La existencia de Dios aunque no podamos demostrarla, hay que admitirla como algo moralmente necesario, que es postulado por la razón práctica”. [17]

 

 

Luego de hacer una CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA y una CRÍTICA DE LA RAZÓN PRÁCTICA, como para unir estas dos, elabora una tercera para cerrar su sistema. Así surge la CRÍTICA DEL JUICIO, en donde dos elementos nuevos van a unir los ámbitos de la razón pura y de la razón práctica: la estética y la teleología (teoría de la causalidad).

 

            Frente a una obra de arte, por ejemplo, se da una aprobación; un juicio estético [18]. Para Kant, lo estético se preocupa de lo bello y de lo sublime (tal como se considera a lo que es infinitamente bello); de una “finalidad sin fin” (Julián Marías), de un goce estético. Mientras lo teleológico, en cambio, hace referencia al mundo orgánico, al fin de la naturaleza. “Después de haber descubierto el fin en el reino de lo orgánico, es bien comprensible el intento de ver toda la naturaleza como una totalidad en la que cada parte es solidaria de las demás y cobra su sentido a partir de la idea del todo único y unitario” [19].

 

            “Así distingue Kant dos facultades del juicio, una estética [sensible, aisthetós] y otra [que refiere a las causas y fines] teleológica. En ambos casos se considera el mundo desde el punto de vista de la libertad [o: del sujeto], puesto que el concepto de fin incluye un concepto de voluntad, una toma de posición [ya sea voluntaria o in-voluntaria] en función de agrado y desagrado. / La facultad estética de juzgar se ocupa de lo bello y de lo sublime (…) Según él, en el arte se trata de la consideración de las formas puras. Si la percepción de una forma ya en cuanto tal es apropiada –en el ser apropiado estriba la referencia al fin– para provocar placer en el que la contempla y para ‘gustar’ como bella, en la aprobación que se expresa por ‘me gusta’ hay un enjuiciamiento estético. El enjuiciamiento no es simplemente un juicio conceptual, por tanto una aserción, sino una toma de posición [subjetiva frente a una realidad objetiva que se percibe sensiblemente]. Pero este gusto y esta aprobación estética [en el caso de que algo sea declarado ‘bello’ para la propia subjetividad] no tiene nada que ver con lo agradable. Tampoco con lo moral, pues lo moralmente bueno se aprecia y respeta. Tampoco se identifica con lo deseado, pues el deseo es un mero querer poseer. El placer estético es, por el contrario, una aprobación ‘desinteresada’ y además una aprobación del contenido objetivo interno de las formas que se nos presentan. Por eso define Kant: ‘Bello es lo que sin concepto se reconoce como objeto de un agrado necesario’.” [20]

 

La idea de fin es una idea regulativa, no constitutiva, pues no se puede demostrar científicamente, pero exige otra noción: la de un “fin que prefije los fines”. De esta forma, Kant, en su última CRÍTICA, de la mano de la teleología nos lleva a la inferencia de un Ser Inteligente, a un Dios y a la religiosidad-moral. Este hallazgo, debe ser completado por una suerte de “teleología moral”, que manifiesta cuál es “el último fin de la Creación”.

 

 

 Prof. Pablo H. Bonafina

 

VOLVER 

 


[1]  “Los juicios de la experiencia, como tales, son todos sintéticos” Kant, en Intro. II, a la CRP.

[2]  Marías, J., HISTORIA DE LA FILOSOFÍA. Manuales de la Revista de Occidente, Madrid, 1966. P. 279.

[3]  “Se siente atraído especialmente por la obra de Newton, quien –a su juicio- ha puesto las bases de una nueva ciencia al compaginar la exactitud de las matemáticas con la experiencia; por eso, afirma ‘el método auténtico de la metafísica coincide, en el fondo, con el introducido por Newton en la ciencia de la naturaleza y que ha dado en ésta resultados tan fecundos. Hay que proceder, nos dice Newton, por medio de las experiencias seguras y siempre, desde luego, con la ayuda de la geometría, a indagar las reglas según las cuales se desarrollan ciertos fenómenos de la naturaleza’ (Kant). Razón y experiencia son los dos elementos del método que han de complementarse para dar fruto... El recurso a Newton le permite a Kant  una firme fundamentación de la ciencia”. Sanz Santacruz, Víctor, HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MODERNA. EUNSA, Pamplona, 1991. Págs. 388-389.

[4]  Hay varios tipos de conocimientos a priori, por ejemplo, la matemática, la física y la metafísica tradicional (con sus tres objetos, “síntesis infinitas”).

[5] La Estética trascendental (dentro de la “Teoría elemental trascendental”, de la CRP) es la ciencia de los principios a priori de la sensibilidad (tiempo y espacio).

[6]  Habla de intuición dada por el objeto. Al objeto de la intuición empírico-sensible (para Kant, lo opuestas intuiciones es lo que llama trascendental) la llama “apariencia”, “lo que aparece”, “fenómeno”.

[7]  Por ellos ordena la multiplicidad de sensaciones.

[8]  Al analizar mis juicios descubro estas categorías ó predicamentos. ”La mente ya lleva sus categorías, y son las cosas las que se conforman a ella; este es el giro copernicano”. Cfr. J. Marías, ob. cit., pág. 281.

[9] Estas categorías las trata en su “Analítica Trascendental”.

[10] Distinta del innatismo cartesiano.

[11] Victor Sanz Santacruz, ob. cit., p. 436.

[12]  Cabe recordar la vinculación de Kant con el puritanismo y su gusto por el estoisimo.

[13] Hay tres tipos de imperativo: el problemático (que es el que ordena los medios, y nos ayuda a resolver los problemas), el asertórico (que ordena los medios de aquello que quiero por naturaleza. P.e.: “Si quieres ser feliz debes hacer tales cosas”) y el categórico (que está en correspondencia con el principio).

[14]  El gusto al hacer una obra ya le quita valor: virtud es lo arduo.

[15] Por ejemplo: “Obra siempre de tal modo que quieras que tu máxima sea ley universal”. U otra mejor: “Trata al mundo y al otro como un fin y no meramente como un medio”.

[16]  A este Dios Kant lo verá como un gran legislador. Cfr. Hegel, VIDA DE JESÚS.

[17]  Víctor Sanz Santacruz, ob. cit., pág. 475-476.

[18] Y presenta dos tipos de juicios: uno reflexionante (que es de tipo inductivo) y otro determinante (de tipo deductivo). Como ya es sabido, en el primero desde lo particular se asciende hasta lo universal, y en el segundo, lo particular se determina desde lo universal.

[19]  Hirschberger, J, HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, T. II, Herder, Barcelona, 1975. Pág. 220-223.

[20] Hirschberger, J., BREVE HISTORIA DE LA FILOSOFÍA. Herder, Barcelona, 1971. Pág. 229s.

 

 

[Prof. Pablo H. Bonafina]

 

VOLVER