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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
NOTICIA DE LA “FILOSOFÍA” DE TOMÁS DE AQUINO Por el Prof. Pablo H. Bonafina ©
§ 1.1. Hay una diferencia fundamental en la realidad y en sus consideraciones originales, y es aquella distinción entre el “Ser” [Ens] y “los entes” [entes]; es decir, entre “La Existencia” [existentia] y “los existentes” [1] [entes]. En efecto, todo lo que existe “tiene Ser” [habeat ens], participa de algún modo del Ser, pero no es “el Ser” [2]. El “Ser” es la Fuente trascendental desde la cuál todas las cosas [res] reciben su realidad [exsistentia et ens], que siempre es una realidad dinámica y en dinamismo [in actu], entendida como “actualidad” [actus], y asumiéndola de una manera determinada [3], pero no se encuentra en ninguno de los seres existentes [entes] en esta Naturaleza. Por ejemplo, en Teología, es lógicamente consecuente decir que “Dios es” [Deus est]. Ni se dice que “Dios existe” ni que “participa (recibe) del Ser”, puesto que el “Ser” [ens] es creación suya [creatio sui], y él participa al “Ser” finito de su mismísimo “Acto” Eterno y Presente de “Ser” (Presente y Eterno). Ni tampoco se puede decir que “Dios existe”, ya que “Existir” significa “tener existencia” [habere principium], es decir, “ser un compuesto o estar compuesto” [esse compositum] de materia y Forma (esos principios que conceden presencia en el mundo material). Y como “materia” implica imperfección, indeterminación, privación, potencia, y ausencia de “actualidad pura”, se dice que Dios no “tiene potencia” [in Deum non habet potentia neque materia, quia actus plenus est] ni, por tanto, materia, pues si no, “algo” [aliquid] le faltaría, y sabemos que la noción de “ausencia de algo” [privatio] atenta contra la noción de Perfecto o Perfección, que no es otra cosa que la posesión de modo efectiva de “todas perfecciones” [omnia perfectionis] (siendo, de esta forma, Acto Puro).
§ 1.2. “Dios es” y crea el “Ser”; lo que tienen en común (el Artífice y la Obra; el Creador o Hacedor y la criatura) es el “acto”, el “acto de ser” [actus essendi], que en Dios se da de modo puro, no infectado, constante, eminente [unice], absoluto, y que en todos los demás seres se da de un modo imperfecto. Pues todo existente en acto es además, necesariamente, existente en potencia [4] [per sui formae et materiae]; pues en su dinamismo está sometido al cambio [5]; esto es: al paso de la potencia al acto. Del Hecho de que Dios sea se sigue que proceda (haga proceder) su “acto de ser” [actus essendi], pues Dios difunde “su acto de ser”, y todo aquello que no es Dios, incluido el Universo y todos los existentes [entes], es creado [est factum]. Porque es consecuente con su ser “Acto Puro” [convenientem est], que Dios, de su “acto de ser” [ex sui actus], y “desde la nada” [ex nihilo], haya dado de su Ser, y que éste haya creado todo lo que existe de un modo contingente [6]. Por esta razón, se dice que Dios creó a la materia, a la existencia, en un acto de “donación” de Plenitud o sobreabundancia de su Acto de Ser, y que, por ello, ella misma tuvo alguna vez existencia. En efecto, la materia, que es potencia, llega a ser algo y en acto (y formar un compuesto ‘actual’) en el acto creador; y así llega a ser “existencia en acto”, aunque no de un modo pleno, sino imperfecto, esto es: con posibilidad de dejar de cambiar de forma [modificatio] y hasta de dejar de ser, sufrir la corrupción [corruptio] ya que conoció generación y causa (fuera de sí).
§ 1.3. Por todo esto se dice que Dios es “causa” del ente, y no solo una “causa participadora” [causa diffusa entes vel actus], puesto que “causa” se entiende en varios sentidos. Dios es “causa eficiente”, porque causa de modo eficiente el Ser y los entes al producirlos; es “causa Final”, puesto que ellos tienden hacia la persistencia de su presencia y buscan alcanzar su propia plenitud sin llevar una existencia sin sentido [ordo ad finem], puesto que tienen “cierto orden” inscrito en su naturaleza; y es también “causa Formal”, puesto que todo lo que existe “está siendo” por poseer el “acto de Ser” del Creador del Ser mismo, que si dejase de ser dejaría de “irradiar” de sí “el ser mismo”, que no es sino su propia actualidad. Por eso decimos que todo lo que existe, tiene estas tres causas: origen [efficiens], sentido [finins] y esencia [formans vel esentians] en acto, además de materia y potencialidad. Aquello que se llama “mal”, por ejemplo, no tiene ninguna causa [non habeat esse], por lo tanto, no existe [neque est]. En efecto, “el mal” no es sino ausencia de bien [privatio boni], carencia de ser [privatio entis], privación. “No es algo”, no le agrega “algo a” lo que existe, sino que, precisamente, es carencia de alguna perfección [esse in ente] en el ser –así como la ceguera no es algo sobreañadido a la capacidad de ver sino la ausencia de esta misma; y como un agujero no es una materia añadida sino ausencia de algo material. Por esta razón, sólo podemos hablar de “mal” en las acciones morales [in moralibus], según se ordenen o no al Bien [Bonum], tengan o estén privadas de “razón de bien” [ratio boni] u ordenación al bien [ordo ad finem]. Pues todo lo que existe es bueno, porque existe, y porque “tiene acto de ser”, en cuanto que existe. En cuanto algo está privado de un bien que le corresponde [proprio] decimos que “es malo” o que “está mal”. Pero no hay un ser llamado “mal”, sino que éste es, precisamente, la ausencia de Ser y de Bien –con lo cuál terminamos identificando a “el Ser” con “el Bien”, y a éste con la “Causa del Ser”. En efecto, “Bien” y “Fin” [convertuntur] son lo mismo, razón por la cuál se puede decir que Dios es el Sumo [Summum vel Maxime] Bien, o el Bien Absoluto, porque es la Causa de todo ser [Omnia], de todo bien, ya que es Causa Final [Finale]. Y así como un fin atrae hacia sí, como el bien, o aquello que parece bien, atrae y nos resulta deseable, de modo análogo Dios, que es Acto Puro, el Bien y el Fin de todas las cosas nos atrae hacia sí. Por eso, todas las naturalezas al tender a la realización de sus fines tienden, sin saberlo, a Dios mismo –el Fin de todo, y su mismo Principio.
§ 2.1.1. En cuanto a la naturaleza humana, debemos comenzar afirmando que es una naturaleza compuesta singular. Como todo existente, el hombre tiene forma y materia. La forma es aquella “esencia en acto” [7] que Dios le confiere en el momento de su generación material y la materia es aquello que le da presencia efectiva y determinada. La forma del compuesto humano es el “alma” y su materia es el “cuerpo”. Su principio de actualidad, lo recibe, como todo lo que existe, de la forma, es decir, de su alma, y aquello que le permite manifestarse y existir en el mundo es su cuerpo. En su alma residen la inteligencia y la voluntad y por su cuerpo posee sentidos y pasiones. Los sentidos le convidan imágenes de todas las cosas, y las pasiones deseos, apetitos, tendencias, instintos. Por eso, el hombre, con toda su naturaleza es un ser que tiene capacidad para conocer y para elegir. Pues es capaz de abstraer de las cosas sus notas características o propias, específicas, y hasta de definirlas; y es capaz de, teniendo ante sí diversos “bienes” elegir según lo que le parezca más conveniente para su naturaleza, en determinadas circunstancias, pudiendo refrenar sus impulsos y no siendo, como las bestias, dominados por ellos.
§ 2.1.2. El individuo humano es capaz, por su voluntad, y aquella propiedad que ésta posee que recibe el nombre de libertad, perseguir “el bien” [quod sub ratione boni] de modo deliberado; y es capaz, de tener un conocimiento, por su intelecto, de las cosas. Por la naturaleza de su voluntad tenderá al bien, es decir, al fin en el que encuentre (o le parezca encontrar) complacencia (su plenitud y placer). Y por su inteligencia tenderá a establecer “un acuerdo” entre las imágenes que sus sentidos le aportan y aquello que él mismo es –de allí que se hable de una relación de adecuación entre las cosas y el intelecto [adaequatio rerum ad intellectum] en el acto mismo de conocer. Y como no está su existencia determinada, puede errar en una y otra acción: puede “elegir mal” y “conocer mal”; es decir, puede elegir no de acuerdo a su naturaleza profunda, y su bien más profundo y conveniente, y puede conocer no de acuerdo a la realidad de las cosas, no adecuadamente, sino quedándose en el error.
§ 2.2.1. Las acciones humanas pueden ser buenas, malas o indiferentes según se ordenen a un fin bueno, malo o a ninguno. Todo ser que obra obra por un fin, pero no todo fin conduce a la realización u optimización de las potencialidades de una naturaleza determinada. Para establecer que un acto sea “bueno o malo” se deben considerar todos sus elementos constitutivos, a saber: el objeto, el fin y sus circunstancias. El objeto o materia es la acción misma o aquello que es objeto de la acción y que se persigue en la misma. El fin es la intención u objetivo que se persigue a la posesión del objeto o realización del acto. Y las circunstancias son el contexto o modo en el que la acción se lleva a cabo y que es capaz de modificarla. La forma del acto es el Fin y la materia es el objeto. Pero para que un acto se pueda considerar “bueno” todos sus elementos tienen que ser “buenos”, es decir, deben estar ordenados al Fin y a la naturaleza humana misma. Por el contrario, no se necesita asistencia perfecta de los elementos malos para declararlo “malo”; pues si un elemento del acto es malo, el acto es declarado, todo él, malo.
§ 2.2.2. A fuerza de realizar actos repetidos, ya sean buenos o malos, la naturaleza humana va moldeándose de alguna forma y tendiendo espontáneamente a la repetición de lo mismo, cada vez utilizando menos inteligencia y voluntad, es decir, cada vez pensando y eligiendo menos. De este modo surgen los “hábitos”, una especie de “naturaleza segunda”, puesto que ha sido forjada con nuestras acciones libres y no nos ha sido dada como ha sucedido con la primera. Los hábitos buenos se llaman “virtudes” y los hábitos malos reciben el nombre de “vicios”. Las “pasiones”, por su parte, son tendencias neutras de nuestra naturaleza instintual hacia lo que sensiblemente se le aparece como deleitable y apetecible. La libertad, ante las pasiones, se deja guiar por la inteligencia, que ve el fin y ordena a sus potencias a la consecución del mismo, que puede estar de acuerdo a la naturaleza o puede ser contra naturaleza (es decir, que puede perfeccionar a la naturaleza o defeccionarla). Todo esto, en efecto, hay que considerarlo a la luz del Fin último y Origen del hombre, que es Dios. Todo aquello que ordena y conduce a Dios y a la plenitud de nuestro ser se dice que “es bueno” y aquello que no se ordena, o no nos ordena, a Dios, se dice que es “un mal”. De allí que la vida cobre sentido sólo si se ordena a Dios en todas sus acciones, pues el sentido de la existencia está dado por la orientación de ella a su Fin último, que es llamado “Dios”.
§ 3. Existen diversos caminos o vías que pueden ayudar a que la inteligencia deduzca que existe “un Dios”. Todos los caminos posibles apoyándose en la evidencia de la experiencia, excluyen, racionalmente, la posibilidad de que las cosas se produzcan por sí mismas, pues el principio que mueve todo razonamiento es que todo sucede por una causa que produzca el suceso mismo. De allí, el principio de que todo “ser” que se mueva es movido por “otro ser” que lo mueva, pues nada puede pasar de estar en reposo a estar en movimiento por sí mismo, salvo que tenga en sí mismo el principio de movimiento, tal como sucede en las cosas ya hechas y animadas [8]. Pero, en principio, nada puede venir a la existencia sin “algo o alguien” que lo haga advenir. Las cosas que se generan o corrompen no tienen en sí el principio de generación, aunque una vez generadas ellas mismas, al haber sido causadas, puedan portar en sí la semilla de la causa de su aniquilación. Y de aquí se llega a considerar la necesidad de la actualidad de “un ser” o “un algo” en acto, de “un Primero que pone en marcha algo” (vía primera), o de “una Causa Eficiente Primera” (vía segunda), o de “Algo” por sí Necesario y Causa de necesidad (relativa) y contingencia” (vía tercera), o de “una Causa del Ser, de la Bondad y toda Perfección” (cuarta vía) o de “un Inteligente ordenador” (que confiera orden a todas las naturalezas creadas, inclusive y especialmente a aquellas que obran siguiendo cierto orden y que están desprovistas de inteligencia).-
Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2008
NOTAS
[1] El tratamiento del “ser” es llevado a cabo por una disciplina filosófica conocida con el nombre de Metafísica, Ontología o Filosofía Primera (si entre sus consideraciones incluye el tratamiento de “Dios”). [2] No hay identidad entre “participar” y “ser participado”, lo primero remite a una acción, una posición activa, mientras lo segundo remite a un recibir pasivo; en el caso del “origen” la primera recepción coincide con el acto creador mismo. [3] En efecto, todo ente es “una determinación” (en sentido participativo, no restrictivo o limitativo) del Ser o “un ser determinado” por la materia, potencia o por la misma existencia, que limita al tiempo que determina. [4] Si hubiese un existente en solo acto, es decir, otro que no fuera del Dios, habría más de un Dios, lo que no es posible, pues la noción de Dios conlleva la noción de “un único Absoluto”. [5] Se admiten tres tipos diferentes de cambio: 1) movimiento o cambio de lugar o posición [motus], 2) corrupción [mutatio] y 3) modificación en las cualidades [alteratio cualitatis]. [6] Se afirma que “lo contingente”, puesto que dejará de existir, podría no haber existido nunca, y de allí se dice que no existe de modo necesario. Pues aquello que existe de modo contingente no “siempre” existió, ya que fue creado, y es preciso que haya sido creado desde la nada, pues si un “algo” había fuera de este “Algo Divino” que se llama Dios, Dios no sería uno, o habrían varios dioses, lo cuál no es posible desde esta lógica. [7] Puede haber una “esencia” en no-acto, pues podemos definir un inexistente. [8] Aquí se reconoce una adhesión a la clásica teoría aristotélica de la existencia de los tres tipos de “psijés” o almas: 1) la vegetal, 2) la animal y 3) la racional. Todo “ente animado” tiene en su alma, que es su forma, el principio de su movimiento. La Naturaleza, por su parte, se rige por sus propias “leyes”.
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