|
Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
EL DOLOR, SU TRATAMIENTO Y LA PRESENTACIÓN DEL “SÍNDROME NOCIRETRACTIL” Por el Prof. Pablo Bonafina
El término “nocivo” proviene del latín “noxius” que significaría algo así como “lo que ‘nocturnea’ u oscurece”, y refiere, en medicina y sentido común, a aquello que “daña” a la salud, esto es, a aquello que se opone a la misma. Luego, si uno quiere tener una idea cabal de aquello que es “nocivo” debe traer a la mente la definición de salud del Prólogo de la Constitución de la OMS (2006), y negar lo que allí se afirma y viceversa: “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. De manera que, “enferma” también podríamos llamar a toda persona que con cierta “naturalidad” realiza acciones procedentes de una psiquis “en mal-estar”, es decir, des-equilibrada, tendientes a causar, a su vez, mal-estar físico, mental o social.
Si hay una experiencia universal indeseable es el “dis-placer” o la “nocipercepción”, como dirían los médicos: la percepción de un estímulo nocivo; es decir, el dolor. “Dolor” es una palabra etimológicamente latina y, como muchas, es la sustantivación de una realidad viva y/o dinámica, por lo que procede, de un verbo latino: “doleo”, que significa tanto como “estar dolido” como “estar afligido”, con lo cuál desde la misma etimología se nos revela la relación que existe entre sufrimiento o padecimiento físico y psíquico. De modo que, dejando atrás ya todo dualismo antropológico, decididamente, hablaremos de “dolor” como de una “realidad” que afecta a una “organismo total” viviente, una suerte de “fuerza antinatural”, una “dis-función”, un des-equilibrio, una pérdida de la antiguamente concebida “homeostasis” –esto es, “una estar homogéneo”. Por lo tanto, desvincular “psiquis”, que es el ámbito en el que se dan citas los estímulos “nocivos”, esto es, el escenario donde cobran conciencia, y el ámbito físico es una crasa equivocación que sólo un idiota puede desconocer. Por nuestra parte afirmamos que “todo dolor” es una percepción subjetivamente nociva, y debe ser atendida por aquellos que ofician de “médicos” o “terapeutas” en materia del dolor.
Teniendo en cuenta el derecho inalienable a la “analgesia” (palabra de etimología, ahora, griega: “an”, no, “álgos” dolor, y también tristeza!), los médicos es posible que deban deponer sus “tratamientos estudiados” o preestablecidos, o “probados”, a fin de evitar el inicio de lo que puede llegar a ser un sutil “encarnizamiento medicamentoso”. En efecto, el trabajo del médico que se especializa en “tratamiento del dolor” es, siempre, una labor de escucha, “ensayo y error” sensato. Toda su experiencia debe “guiarlo” en el comienzo de un abordaje al paciente, a quien el sufrimiento ha impacientado y, comprendiendo su realidad, “tratarlo en la escucha” del “síntoma”. La palabra “síntoma” también es de origen griego, y es extraordinaria, hasta el presente nadie ha percatado en ella. “Syn”, en griego, significa “con”, y “thomós”, quiere decir, “división, escisión”. De modo que podría decir que un síntoma es un signo que se presenta una vez que se da una escisión en la homogeneidad o equilibrio de un organismo vivo. El “síntoma” es la voz, la huella que puede conducir al especialista atento a ir al “lugar del dolor”, pues lo está “invitando a su ámbito existencial”, donde cobra él realidad, y se despliega con todo su poder y capacidad, según le permita el organismo en el subsiste y al que afecta.
Una vez que el médico ha vislumbrado, íntegramente, un síntoma, que puede ser múltiple y que siempre implica a diversos “sistemas dentro del organismo”, tiene que dejar que el organismo hable, y allí recién comenzar el tratamiento. Las medicaciones, las drogas con sus dosis, elegidas, de inicio, continuación y/o mantenimiento (de su efecto evitando recidivas) no las impone el médico nunca, puesto que tienen que ser sugeridas por la respuesta del organismo y su existencia real, no “ideal o de Manual”, tan siquiera “bioquímica o de Lógica Medicamentosa”. Pues existe una sólo lógica, “lógica interna del organismo real” que difiere, muchas veces, muchísimas veces, de aquella que intenta imponer el médico al organismo. Por eso, el “médico especialista en Tratamiento del dolor” debe especializarse en el arte de la escucha refinada (con lo cuál, como toda arte, se deberán a descartar a muchos candidatos al puesto, pues no todos los que pretenden realizar una tarea muestran idoneidad para realizarla de un modo adecuado; el paciente es el que indica, y todos los resultados que da él mismo, no los que quiera el médico escuchar o anotar en su “Historia Clínica”, ese “Memo”, muchas veces nefasto (no sólo condicionante sino más importante que quien está enfrente) y que, no sólo recuerda sino que “recorta” lo que en la realidad se está dando, en ese preciso momento, en presencia del paciente, en un todo (conjunto), que es el paciente. Y todo esto, que es inevitable, es desatendido habitualmente: todo recorta y condiciona la mirada (abordaje) al paciente: los sentidos, la inteligencia, la experiencia (de él o colegas o manuales o artículos y/o investigaciones), prejuicios, estudios e inteligencia del médico recortan; la Historia Clínica resumió y resume; la memoria del médico se debilita, la experiencia o cansancio humano o problemas personales los hace confundirse o errar; y las nuevas preguntas y revisaciones (“semiologías clínicas”) también recortan, pues parten de la precariedad, muchas veces, del lenguaje o expresión del paciente, y así todo se vuelve contraproducente, hasta el Tratamiento mismo. Todos los condicionantes del médico especialista suelen ser tan inevitables como considerables, y dignos de destacar, mencionar y tratar de tener siempre presente antes de ponerse la bata blanca
–Si no están dispuestos a no creerse “superiores” y saberse “servidores” que mejor se vuelvan a su casa: los humanos nos servimos en una sociedad y cada uno tiene su rol, y su especialización, aunque la muchos de ellos lo olviden y se crean algo más de lo que es el mecánico del auto que los conduce al trabajo y a sus vacaciones, o que la enfermera que le suministra las medicinas al paciente que él diagnosticó, o el farmacéutico que le tolera su intolerancia… Por eso, siempre, los médicos han de recomenzar, una y otra vez, por los síntomas, y luego, entregarse a esos “signos”, que, aunque con notas similares, son siempre nuevos, como las respuestas al Tratamiento, como las Reacciones Adversas o Efectos colaterales –¿quién dijo que son todas y todos inevitables? Es mentira el respeto que les muestran muchos; es mentira lo que les dicen; porque se ponen en padres retadores y suenan espantosos y necesitamos de ustedes; les molestan a muchos tanto como a ustedes debería molestarles el basurero si se molesta y les tirara toda la mierda sobre su vereda o no recogiese sus residuos durante mucho tiempo. No son más que hombres que tienen a sus manos la tarea de un artista, de modo que “Diploma sin arte”, mejor aprender a dar de comer a los pacientes que no tienen familias y que yacen en tantos Hospitales, aquellos de quienes tantas veces los vi escapar porque tenían hambre! No sarna! Y si la tienen, saben cómo no contagiarse…
Por todo esto, se impone a la Medicina la necesidad de considerar algunos casos, muy aislados y que se presentan de modo casi difuso, a falta de sospecha de los “médicos miopes” ante los signos o síntomas y por estar “viciados” de otras patologías y/o medicaciones subyacentes, la presencia de lo que he dado a llamar el “síndrome nociretractil” (SNoR). Se puede hablar de este síndrome en dos sentidos, según refiera a un tratamiento nociretractil o a una medicación nociretractil (conjunto de fármacos, tratamiento completo medicamentoso). El primer caso es el del tratamiento que termina siendo contrario a su propósito y produciendo daño, ya sea uno análogo o peor al del comienzo. El segundo caso es el del conjunto de síntomas dolorosos o molestias que permanecen o se acoplan sobre una patología existente, o no, y que produce un efecto contrario al esperado siguiendo la coherencia del suministro de ciertos fármacos” (vg. analgésicos), por una saturación, o sutil intoxicación, una “falta de respiro” del organismo, que hay que tener el arte de procurarle al paciente de “dolor crónico” no producido por una “enfermedad terminal” en su fase final.
Por ejemplo, si en un “tratamiento para el dolor” el paciente “tiene dolor” el tratamiento no sirve, hay que cambiarlo urgente! revisarlo y reverlo todo! creando, haciendo arte, dedicándose, o bien abandonando al paciente en un acto de honestidad humanitaria y de ética profesional; aquella por la que juraron guiarse en su “praxis profesional” en tiempos tan inmemoriales, en los que querían contribuir al restablecimiento de la salud de los enfermos. A ver si lo comprenden de una vez: el “Tratamiento eficaz” es el que calma el “dolor” (entendido en los dos sentidos etimológicos), y no en el que piensan, y aquel en el que, después de haber visto una y otra vez “el caso”, han alcanzando, concientemente, una cierta “economía de recursos” clínicos (del verbo griego “klíno” que significa “inclinarse” –igual resulta curioso que “klínika” pueda significar tanto “lo que hace de lecho”, como “el que se inclina”, de aquí o allí “klinè”). Por ejemplo, en el caso de las medicinas, que son drogas diseñadas para obtener y prever ciertos resultados en aquel que las ingiere y o organismo que las requiere, hay que procurar siempre una “economía farmacológica”, que incluya el advenimiento de la menor cantidad de RAM y otros efectos indeseados per se y per accidens, y la mayor cantidad de mitigaciones. Y puesto que sería inimaginable que un médico quiera incluir en su tratamiento “efectos indeseables” para su paciente per se debe dedicarse a los “posibles”, a los “eventuales”, a los per accidens, que son los que se dan en la mayoría de los casos. Dentro de la “lista de efectos indeseados” (EI) se deben considerar los que el paciente acuse y los que la experiencia y clínica médica haya constatado en su Historiales y sean imperceptibles en el estado actual del paciente (vg. alteraciones hematológicas, citológicas de cualquier tipo, deterioros de sentidos a los diferentes “plazos”, etcétera).
“Nociretractil” es un neologismo interesante que propongo para que se avance en las investigaciones respecto al dolor y sus tratamientos y “tratantes” o “expertos” (“peritos”), que debería poner en movimiento las posibilidades de los especialistas a fin de no ser creadores de “cuadros nocivos” a una persona “enferma” ya. “Retractil” puede referir tanto a los efectos nocivos que aparecen a partir de una tratamiento como de aquellos efectos contrarios o ineficaces que se buscan en un mismo Tratamiento. El paciente es un organismo dinámico que tiene su propia lógica y necesita continuamente atención, respeto, obediencia. Los pacientes deben obedecer al Tratamiento propuesto, pero los especialistas deben obedecer y someterse a los síntomas o resultados obtenidos, y estar alerta. Sólo de éste modo la Medicina podrá ser digna de tener en sus manos la tarea de curar la enfermedad o calmar algún dolor.-
Pablo Hernán Bonafina © Ciudad de Buenos Aires Texto debidamente registrado, en Junio de 2009.-
[Nota] Todos aquellos médicos que escriben libros y nunca han padecido un “dolor crónico” o tratado pacientes de un modo “empático” deberían agregar una acepción al término “drogodependencia”: estado obligado y habitual, al que se ingresa por un síndrome doloroso crónico, en el que se encuentra un individuo afectado por alguna patología específica, y que le lleva a un “consumo sostenido” de ciertos fármacos que lo introducen virtual o potencialmente en todo tipo de ‘tolerancia’ y ‘dependencia’ inevitable. Del mismo modo y en un mismo sentido deberían conjurar el término de cierta semántica negativa los psiquiatras que compusieron el CIE y hablan de “consumo perjudicial” y considerándolo inevitable, buscar poner a disposición de los “profesionales de la salud” una elenco de medidas pertinentes y efectivas para evitar la “morbilidad de los tratamientos”.-
info@filosofianueva.com.ar |