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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
LA ADVERSIDAD Y NUESTRA PROPIA EXISTENCIA Por el Prof. Pablo H. Bonafina
Se llama “adversidad”, generalmente, al infortunio (a la falta de “suerte favorable” a uno), a la desgracia (que es “falta de gracia”, de aquello que ‘nos’ hace gratos, y se nos da gratis) o a un “revés” (lo reverso de ‘nuestra’ expectativa) ya haya sido o sea sospechado o insospechado, y que se presenta en nuestra vida, de repente o anticipándose. En el fondo, qué sea para cada uno ‘una adversidad’ es, en extremo, variable. Pues “adversidad” suele ser cualquier ‘cosa’ que no esté en “la lista” de predecibilidades o consideraciones (ya sean positivas o beneficiosas) para nuestro presente. Y nótese aquí que lo positivo y beneficioso suele tener dos aspectos innegables en su consideración: lo “objetivo” y lo subjetivo. Pues hay cosas que son “objetivamente adversas” pero que no lo son “subjetivamente”; es decir, que entran en el margen de cosas soportables o que no permitimos que nos afecten “demasiado” o nos afectas demasiado de hecho.
La cuestión es que, como habitualmente, nos es imposible reflexionar más allá de nuestras narices, decimos estar ante una adversidad cuando nos sentimos amenazados en nuestra integridad. En éste sentido, el acontecimiento, suceso, cosa o persona “adversa/o” se vuelven una fuente de pre-ocupación y sufrimiento. Pre-ocupación porque nos adelanta, en el temor, la inquietud, la ansiedad, y hasta la angustia quizás, hacia un futuro lleno de las más elocuentes contrariedades o posibilidades. Y sufrimiento porque nos quita la sensación de neutralidad o indiferencia en el placer o goce o serenidad presente, directamente, al sumergirnos en el displacer, en el dolor. En efecto, una adversidad puede ser convertible con el sufrimiento mismo, sin identificarse, necesariamente con la preocupación, e introducirnos, de modo inmediato y violento, sin más en el escenario del dolor.
Algunas “adversidades” existen, a otras sólo nosotros le conferimos existencias… Poco importa su génesis, consistencia y subsistencia, pues más allá de su forma, la cuestión es qué se hace una vez que se ha/n presentado, que a nuestra vida ha/n llegado y se nos ha/n manifestado. De hecho y de ordinario, no podemos escapar a una verdadera “adversidad”. En realidad, algunos, eventualmente, ciertamente podrían... pero parece que no resulta del todo beneficioso, escapar a la adversidad (en caso de que se pueda, claro está)… En efecto, hay quienes dicen que lo más acorde a nuestra naturaleza animal humana es adentrarnos en la adversidad, con naturalidad, como en todo lo demás.
Vivir, disfrutar, sufrir, sonreír, morir, renacer, angustiarse, ilusionarse, desengañarse… así, y con todo, se presenta la dinámica de la existencia del hombre sobre la tierra. Ni el destino, ni la necesidad, ni la predestinación, ni nada predeterminado resisten a una consideración seria. Pero parece que tampoco resulta conveniente considerar que la libertad es mucho más que éste posicionarse ante lo que adviene en nuestra vida y tratar de asumir la postura o actitud más conveniente para sobrevivir, si se trata de la adversidad, o de vivir, si se trata de una cotidianeidad no vaiveneada por las contingencias de esta existencia que no cede ante ninguna subjetividad, y que nos arrastra con su implacabilidad como si fuéramos títeres de la marea o de un naufragio.
Quizás, el problema no sea la adversidad en sí sino la conciencia que nos es concedida, por la evolución de nuestra naturaleza, de la misma adversidad. Tal vez el problema sea no ser superiores a los animales, y permanecer, en esto, y lamentablemente no sólo en esto, por debajo de ellos, y creernos, para peor de males, que estamos “más allá”, cuando en realidad no podemos hacer nada, tantas veces, para, “entendiendo todo”, sobreponernos y salir airosos, y prontamente. Mientras tanto, constatamos cómo aquellos vivientes que llamamos “animales” responden a la vida con absoluta probidad, coherente aptitud y actitud: viven según se les presenta la vida, y la gozan o sufren según venga. Con lo cuál, se sugiere que “nosotros”, que somos una especie más compleja, “superior”, poseemos, además de “inteligencia teórica”, capacidad de “estupidez”! --pues hasta podemos (y muchas veces lo hacemos) con nuestra psiquis trastornada, sufrir lo que deberíamos gozar y gozar algo que debería hacernos sufrir… Paradoja compleja o, mejor dicho, miserable realidad la que eligen algunos que se creen “hombres” y (están, se posicionan) tan alejados (y están creídos que por encima) de la naturaleza animal!
En la cotidianeidad, muchas veces, sucede, sin más -como nuestra venida a esta tierra (sucedida por causas diversas o muchas concatenadas)- que la adversidad llega a nuestra vulnerable existencia humana (o animal-evolucionada). Y es ese, y no otro, el momento de la “verdad”, en el que se manifestará nuestra verdadera identidad y “esencia”, nuestro temple o carácter, nuestra naturaleza y su integridad, y en el que se podrá “decidir” de qué modo se quiera la vida llevar. Deviniendo con las circunstancias y apoderándose de “una actitud firme” y concreta ante ellas o resistiendo, renunciando y huyendo a la vida misma, como los cobardes, que no luchan, que no tienen voluntad, que no quieren sobreponerse a la “adversidad” del único modo posible: entrando en ella, como en una “situación vital”. -Quien no se obstina en sacar fuerzas en el momento de la “adversidad”, depone su derecho a la vida, y a la muerte, y sólo se hace merecedor de la soledad del que escapa, del que abandona, del que deja librada “su suerte” al azar...
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