Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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A PROPÓSITO DEL MITO Y COMPLEJO DE EDIPO

 

            Es bastante raro que hoy la gente se detenga a leer y, más aun, a pensar y rumiar algún “mito”, más aún que albergue la expectativa de poder extraer de ellos algo interesante o provechoso para el presente personal. Sin embargo, me parece que existen algunos que, incluso hoy, merecen una singular atención, pues pueden convidarnos alguna luz, o “sombra”, acerca de nuestra propia existencia.  

 

            De entre todos lo posible, en el presente, hay un mito que a muchos nos rige, de algún modo, aunque lo ignoremos. Ha estado en la atmósfera helénica durante años; ha sido representada por el gran poeta trágico Sófocles, y ha sido traído por un autor contemporáneo desde aquel pasado, quien se fue a buscarlo unos veinticinco siglos atrás, porque percibió que contenía alguna clave para leer nuestra realidad. Se trata, nada más y nada menos, que del mito de Edipo y su linaje maldito.

 

            El relato, en su estrato, original trata, sobre todo, acerca del destino del hombre y su falsa libertad, encarnadas en un hombre y su familia. Ya el sentido original de éste mito es curioso: Más allá de estar convencidos de que con nuestras acciones estamos inventando nuestro destino, debemos saber que nuestra vida no es, en realidad, en el fondo, sino la realización de un designio divino, entretejido de modo inexorable, y dado a los pobres e inocentes mortales para que lo lleven a cabo de un modo casi tiránico. La historia ya la conocemos –aunque convendría volver a releerla. Pero el “sentido nuevo”, inédito, y escandaloso al mismo tiempo, de aquel relato ha sido obra de un médico del pasado siglo: Sigmund Freud.

 

            Teniendo frente a sí las historias que intentaba reconstruir de sus pacientes a través de la investigación psicoanalítica, y en la mente aquel mito, el médico austríaco dedujo que, más allá de los destinos singulares, hay uno común a la raza: el “destino sexual” –si se me permite la expresión. Se trata, permítasenos expresar aquí groseramente, del deseo oculto al hombre mismo de aniquilar a su propio padre para poder gozar, sin amenazas, sin competencias, sin temores, del amor a su propia madre. El descubrimiento de las acciones realizadas para lograr este propósito desconocido por su conciencia, es, justamente, lo que a Edipo le vale la vista, y la infelicidad del resto de su vida. Luego de enterarse de que al hombre que mató fue a su propio padre y que la mujer con la que se casó y acostó era su madre, deseó ahora no tener más ojos, a fin de no ver la atrocidad inexplicablemente cometida, y conquistó la ceguera, para no verse habiendo realizado tal destino funesto al que se vio arrastrado por los dioses –esos nombres griegos de la conciencia!   

           

            Hoy se habla del destino (lo que hace de una suerte de “dios profano”, en el que se cree y al que algunos llegan a temer) y de determinismo (antigua creencia que  se relaciona con la pérdida del sentido de responsabilidad y la proyección de la misma en causas naturales ajenas la propia voluntad). Y un fundamento “firme” para estas creencias contemporáneas ha sido este mito de Edipo a través de la novedosa lectura que de él ha hecho Freud. En efecto, hoy en día, es más común que la gente se haga psicoanalizar y reflexione entorno a su propio “complejo de Edipo”, incorporado en el universo psicológico por el padre del psicoanálisis, para explicar diversos conflictos psíquicos que se remontan a la infancia e influencia de las relaciones parentales en el proceso de formación de nuestra propia psiquis, a que se la encuentre leyendo la Biblia, las antiguas tragedias griegas o algún libro de Filosofía.  

 

 

            Durante años algunos psicólogos y psicoanalistas defendieron, a capa y espada, la literalidad del “mito de Edipo y su familia”, actualizado y convertido genialmente en “complejo” en la mente de Freud. Este relato mitológico es un “símbolo originario” que deben ser entendidos como tal. Los mitos “dicen”, pero más allá de lo que dicen, puesto que su “verdad” no está en las letras, sino que hay que hurgar tras ellas –y a veces durante mucho tiempo– a fin de poder apresar su “espíritu oculto”.

 

            Sabemos que los símbolos dicen más allá de las palabras, pues remiten, sugieren. El “complejo de Edipo” esbozado por Freud es un modo de explicar diversos comportamientos, y debe ser tenido en cuenta a la hora de resolver un conflicto, no tanto por lo que dice en sí mismo, sino por aquello que puede permitir descubrir: las intenciones inconscientes, desconocidas e insospechadas. Es una suerte de “clave hermenéutica” (o punto de partida para cierta interpretación de un fenómeno) en manos del terapeuta y del paciente, que puede servir también como punto de partida para la resolución de una situación conflictiva o traumática que no esté a la vista, sino  oculta y antigua, de origen “sexual y familiar”, por decirlo de algún modo nuevo.  Según cuenta la “historia”, con el pobre Edipo pasó lo que con tantos personajes y hasta héroes griegos, fueron víctimas de su fatum, de su Destino. Para los griegos esto no era novedoso pues ellos creían que no había forma de escapar al Destino, pues el hombre es un títere de los dioses predestinadores, y realizador ciego de una Voluntad que lo trasciende, y que ignora. 

 

            El complejo de Edipo nos hace mirar a las profundidades de nuestra propia psicología, a nuestra vida cotidiana, y nos invita a tratar de rastrear el posible origen de los conflictos presentes con la convicción de que tienen una génesis que aun no ha sido atendida, pero que se encuentra en los repliegues más profundos de nuestra conciencia. Lo importante es su referencialidad; pues se queda a las puertas de una realidad que anuncian, y que los trasciende a ellos mismo en cuanto relatos. Y es que todos los mitos son puentes hacia otras orillas

 

            A muchas inteligencias ofende el solo pensamiento del deseo de unión sexual con la madre o el padre. Lo que sucede es que el psicoanálisis encuentra en la repulsión una razón más a favor de su realidad. (No obstante debemos destacar que   argumento por muchos analistas esgrimido es sí del todo idiota, pues trasladado a todos los ámbitos traería gravísimas aceptaciones de las más extravagantes teorías). Lo que parece ser cierto es que solemos tenerle miedo a lo que desconocemos, como también parece cierto que existen ciertos tabúes, los cuales se trastornan, cambian, trasmutan y se reciclan según vaya la fe y dogmática de los hombres.

 

            Por ejemplo, antes se solía y podía creer en Dios de modo natural y hablar de él abiertamente sin ser considerado un estúpido o un ser poco inteligente, pero hoy no sucede esto con el discurso sobre Dios, aunque sí ocurra varias veces sobre el discurso sobre la psiquis humana, y muy especialmente con el gran y misterioso Inconsciente. Hoy, en muchos ámbitos (científicos, jurídicos, filosóficos, éticos y académicos de todo tipo) es un tabú hablar de “lo Divino”. Esto es un fenómeno cultura que valdría la pena en otro momento analizar. En efecto, son los hombres quienes hacen pelear a las diferentes “realidades y creencias” porque no pueden aceptarlas, y no las pueden conciliar en sus mentes estrechas –en las que todo debe caber!– ni las pueden explicar acabadamente desde sus pobres categorías humanas. Esto explica también por qué, en su momento, según nos consta, Freud fue demonizado por la mayoría de sus oyentes o lectores y venerado solo por unos pocos seguidores. Casi a lo largo de treinta siglos “Dios” ha sido venerado indiscutidamente, pero desde hace un siglo, más o menos, con más frecuencia es negado, como si desde hace un tiempo hubiese más lugar, más contexto o “fundamentos” (?) para la negación. En lo que a mí respecta, me parece que, en el fondo, una suerte no tan disímil han corrido Dios y Freud –espero se bieninterprete la analogía.

 

 

            Tal vez, para ayudar al advenimiento de una Filosofía Nueva, haya que realizar un acto de reconciliación de elementos que algunos plantean de modo antagónico: el hombre, la libertad y los condicionamientos humanos; el inconsciente y la conciencia. Y sobretodo, no hay que ceder a la tentación de abandonar la búsqueda de la “verdad” que suele esconderse tras las letras y pensamientos de los hombres; inclusive tras la Naturaleza, y la singularidad de la existencia humana, y la libertad, y también, por qué no, tras el universo del inconsciente que Freud quiso mostrar y tras el universo de lo divino que la religiosidad del hombre de todos los tiempos quisieron expresar.  

 

            Todo, en este enigmático Universo, y en el nuestro personal, puede tornarse un símbolo a interpretar. Conocemos muy poco con certeza –es hora ya de reconocerlo. Desarmémonos, pues, del dogmatismo que nos acecha, y no nos permite trascender la propia perspectiva, y escuchemos también a los mitólogos, a los de antes y a los de ahora, pues todos quieren contribuir a la comprensión de una “realidad” que supera a todo el género humano junto.

 

            La apariencia dogmática de todo mito debe ser vista sólo como el sentimiento de posesión de una verdad mítica definitiva, pero el mito mismo debe ser la fuente para la interpretación de un símbolo perenne que, en cada época, tiene algo nuevo para decir y enseñar. Muchas dogmatizaciones de las interpretaciones de los grandes mitos no puede ser considerada sino como el comienzo de su propia aniquilación, y la quita de la posibilidad de considerarlos como puntos de partida para un nuevo filosofar, pues la Filosofía tuvo y tiene, desde siempre, su matriz mítica, y en la medida en que se apartó de la “poesía” cayó muy prontamente en puras racionalizaciones y abstracciones de las más extravagantes fantasías.

 

            Freud sacó al hombre de la excesiva confianza en su “autoconocimiento” consciente, advirtiéndole que su existencia y obrar están condicionados por una dimensión que, desde adentro suyo, lo puede llevar, involuntariamente, a realizar  acciones insospechadas, cuyas motivaciones resultan absolutamente desconocidas. Pero tal vez todavía no se haya dicho lo suficiente o definitivo acerca de la psicología humana. Nosotros no podemos saberlo. Tal vez tengamos que seguir profundizando en los mitos profanos, religiosos, filosóficos y en los nuevos psicológicos que ya los vemos venir, a lo lejos...

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

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