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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
DIOS, LA RELIGIÓN Y LAS RELIGIONES Por el Prof. Joachim Böffmann
La experiencia de siglos nos ha enseñado que no hay peor enemigo para la Religión o sentimiento de Religiosidad que las mismas religiones. En efecto, las religiones son interpretaciones subjetivas del fenómeno religioso que osan ponerle nombre y apellido a lo que entienden por Divino, dogmatizando su “pretendida objetiva percepción” (a la que llaman “revelación”) del Misterio. Por esto, nada juzgamos más violento que el intento de admisión y adhesión de todos (y en todos los tiempos y bajo todas las circunstancias) a aquello que se pretende experiencia y patrimonio propio de una cultura singular. La disyunción crucial es contundente: O lo Divino es patrimonio común de la Humanidad, y en ese caso todos tienen en cierta medida acceso a ello, o lo Divino es propiedad de una cultura (o grupo) particular, y nadie, entonces, sino aquel grupo de “elegidos” goza del privilegio, y del deber de “religarse” a su Dios. Si, por el contrario, la Religión es el resultado que surge del encuentro (“a mitad del camino”) entre una tendencia genuina a la trascendencia procedente de la naturaleza íntima del hombre (tendencia que podríamos denominar sentimiento antropológico-religioso) y la percepción (“subjetiva de la objetividad”) de la Presencia de la Fuente de su propio ser (y de la existencia en general), el hombre deberá abandonar, en nombre de la misma universalidad de la tendencia (que es suya y de todos los hombres), esas concreciones religiosas particulares (léase: religiones) que llevan a las instituciones o comunidades religiosas a provocar -a causa del rechazo como primer síntoma de la percepción de la violencia de quien pretende imponer algo- el más dañino escepticismo religioso. En efecto, si Dios existe no puede ser conocido en plenitud por nadie y nadie puede tan siquiera osar en pretender erigirse en intérprete único (ésto si verdaderamente cree que existe). Hace ya bastante tiempo que la existencia de “Dios” debió dejar de ser un asunto teológico y convertirse en un tema antropológico, porque refiere a una singular y primigenia experiencia antropológica universal, a menos que se constate el fenómeno de renuncia a la tendencia, ya sea por cultura, reacción ideológica y/o personal. “Dios” es un “asunto del hombre” (y esto no ya porque se trate de alguna proyección de la esencia escindida del hombre, ya sea bajo la forma del deseo de Dios o del mismo inferir la necesidad de su existencia) sino porque es la percepción de la fuente de (el sentido) de su existencia, que trasciende su propio ser (incluida su limitada inteligencia) y se manifiesta en su profunda inmanencia (interior). Ahora bien, se impone ya la especificación terminológica. Con el término “Dios” (theós), en filosofía, no queremos significar mucho más que esto: Causa o Principio, Ser-Superior, Hacedor o Artista. Toda otra “determinación” (entre las que se encuentran las infinitas características de este “Dios” que le atribuyen las teologías) pertenece al imperio de las religiones y no de la filosofía. La Filosofía sospecha firmemente que todo tiene una causa (aunque dicha causa se ignore o desatienda) pero no podría decir mucho más: “Existe una Causa de la existencia que no fue causada por otra” (ya que si hubiera sido causada no sería verdadera Causa original originante ni primera, y a aquello que llaman “Dios” se le atribuye ser Causa Primera o Principal de cuanto es). En efecto, con el término “Dios” (voz española procedente del Deus latino, y ésta del Zéus o Theus griego), en Filosofía, sólo se pretende referir al principio y/o causa de la existencia. [Creemos que a éste “Dios” la Filosofía debe recuperarlo, porque las religiones se lo han robado. Hay que rescatarlo del dogmatismo y de la “metafísica violenta” porque es un asunto del hombre y no de las religiones, siempre lo fue y debe volver a serlo si no se quiere mutilar la tendencia religiosa del mismo hombre. Sabido es ya que las religiones pretenden atraer adeptos, pero la Religión, a secas, sólo quiere, en cambio, convidarle al hombre las profundidades de su ser y un sentido último para su vida, porque lo intuye, lo palpa, lo siente y lo sabe] El misterio de la existencia y de la vida hace una continua aunque silenciosa invitación al hombre a abrir su espíritu y conciencia al suscitador de ese sentimiento religioso que está en perfecta consonancia con su naturaleza (y que de su seno más hondo procede). Tal vez, los que pertenecen a una determinada religión, por su parte, deban deponer sus dogmas frente a lo Inefable, y desarmarse doctrinalmente, a fin de dejar lugar al Misterio -no antes sin realizar un profundo acto de contrición. Y los que, sea por la razón que sea, no son religiosos, deban deponer su obstinación, no la inquietud y la pregunta, y disponerse a la escucha... Y todos, debemos tomar conciencia de que lo que objetiva y metafísicamente podemos decir acerca de “Dios”, como, por otra parte, de todo cuanto existe, es muy poco y casi siempre provisorio.
RELIGIÓN, TEOLOGÍA Y FILOSOFÍA Después de siglos de relaciones más o menos conflictivas, hay que terminar admitiendo, en nombre de la fidelidad a los acontecimiento de la historia, que la Filosofía y la Religión tienen un origen común. El asombro de los “antiguos poetas” manifestado en el pensamiento mitológico y en las teorías del principio de los “padres de la filosofía” indican cómo, en el Principio, el Universo y lo Divino estaban demasiado unidos. El hombre, desde muy antiguo, percibió que existía un principio superior al de su existencia finita. Mirando las cosas de alrededor alzó su vista hacia arriba (este es el modo de significar consideración de “lo que está por encima”, de lo superior, lo trascendente), hacia el cielo, y supo, sin más, con una extraña intuición certera que allí había un Alguien. Y no pensaron demasiado los “hombres antiguos”, no necesitaron de grandes deducciones sólo bastó con la intuición de que no estaban solos en este inconmensurable Universo. Después vinieron los intentos de comunicarse, de relacionarse, de ligarse a aquello que se percibía como “existiendo superior”. Y surgió, entonces, la religión, la mística, el intento de la criatura por unirse con lo que percibía como el origen y fin de su existencia y más tarde la teología. La teología nació el día en que el hombre comenzó a reflexionar acerca del ser divino. El hecho de que la teología sea una cierta visión de la divinidad explica la presencia de muchas y muy diversas -razón por la que habría que hablar de “teologías”, en plural. Por “Teología”, así, en mayúscula y singular, no se sabe a qué se refiere, puesto que cada Religión tiene la suya, procedente de su propia visión del Absoluto. “Teología” es un término equívoco, puesto que no hay “una teología” y la pretensión de construir una no es sino la ilusión de creer que es posible un acuerdo sobre lo inefable, lo que es un absurdo. Si un “Dios” ciertamente existe no es posible, ni justo, aplicarle a él pobres antropomorfismos ni categorías metafísicas (aunque nos atrevamos solamente con la primera, con la que refiere a su mismísima existencia). Su modo de existencia se escapa a nuestra pobre razón aunque pueda insinuarse en la contemplación y en el silencio. Una “ciencia de lo Divino” es un propósito imposible, sólo un idiota puede querer acometerla o sentirse satisfecho con su discurso y obviar aquella sentencia del profeta Oseas –frente a las más extravagantes proyecciones: “Soy Dios, no hombre” (11:9). Una Filosofía Nueva, no desprecia a priori ningún intento de aproximación a lo Divino. Sabe que el Universo tiene un origen, y, por lo mismo, sospecha en (un fin y) sentido de la existencia, pero permanece en la contemplación y a la escucha... Rechaza todo intento de teología formal de matiz pseudocientífico, aunque caiga en la trampa frecuente del pronunciar algunas palabras o pensamientos -siempre provisorios. Reflexiona también sobre el fenómeno religioso y sobre las instituciones religiosas, y, simplemente, sugiere, y advierte el mal que le hacen las religiones a la “Religión” y las teologías al “Dios”. Una Filosofía Nueva no desprecia nada, excepto los dogmas: a los dogmas religiosos considera contradicciones esenciales, verdaderos atentados al Misterio, y a los dogmas materialistas, a los que considera igual de necios que aquellos, y todo reconociendo siempre su límite; admitiendo la posibilidad de que sus propias conclusiones sean sólo provisorias.
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