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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
JESÚS Y EL ANTICRISTO Por el Prof. Joachim Böffmann
Para aquellos que nos hemos dedicado al estudio de los manuscritos bíblicos y nos hemos permitido escuchar todas las críticas, no pudimos dejarnos de cautivar por una muy singular y ponerla en primer lugar. Se trata de aquella que ha bosquejado Friedrich Nietzsche, y plasmado en toda su obra, especialmente en aquella última titulada el “Anticristo. Maldición sobre el cristianismo”. Tanto aquí como en el resto de sus obras, el filósofo manifiesta su aborrecimiento al sentimiento generador de la debilidad judeo-cristiana menos provechosa para una Humanidad en evolución, y encaminada hacia el hombre superior: la compasión. Pero no siempre ha sido bieninterpretada la raíz de su crítica al cristianismo.
Lo que Nietzsche entiende por compasión, es lo que se ha entendido y dado entender en su tiempo: anulación de la voluntad e instinto de vida personal e inclinación inevitable, ciega, y lacrimosa hacia quien sufre, sea pobre, enfermo, pecador, rico, fanático religioso, o hacia cualquiera que presente la debilidad en cualquier forma posible.
Al filósofo no le molesta tanto el sufrimiento humano (del que él mismo, personalmente, desde joven, ha sido víctima) como la mutilación y descuido de la propia existencia (que es voluntad de vida). Pero, curiosamente, esto parece estar en consonancia con el núcleo esencial del mensaje de Jesús de Nazareth.
Todo el obrar del discípulo de Jesús es un obrar siguiendo ciertos y determinados valores que por él han sido convidados; valores por Jesús revelados, no deducidos, ni de ley natural alguna ni de la ley judía, sino entregados originalmente (aunque muchos se empecinen, por conveniencia, en reconocer en Jesús al continuador de un mensaje judío, que sólo ha sido aggiornado, y no al fundador de una nueva forma de religiosidad; una religiosidad estricta y eminentemente espiritual…) Ahora bien, estos valores se vuelven en una primera escucha imperativos (órdenes, deberes), y este mismo es el deseo profundo del Zaratustra, el profeta de Nietzsche, de abandonar el cielo y dedicarse a las cosas de la tierra y del hombre mediocre que debe ser superado… y ponerse a inventar el propio ideal, los propios valores, rechazando los que rigen en su presente. Y es que parece demasiado evidente que Zaratustra es el Jesús que Nietzsche no pudo leer, el que deseó, pero que a su vez sí existió, y que aun subsiste oculto tras el Cristo que las religiones han inventado, tal como reconoce en el Anticristo.
Agudicemos la consideración partiendo de la premisa de que todo imperativo se dirige siempre a un yo (que tanto en griego como el latín se dice ego, cambiando sólo el acento). Y, en consecuencia, básicamente las posturas se reducen a dos. Una afirma que el imperativo que mueve el accionar de un yo proviene de afuera de uno, y esto se da cuando hablamos de un imperativo revelado o algo por el estilo (tal como parece darse en el caso del mensaje de Jesús). Otra perspectiva afirma que puede uno inventarse los valores, tal como es el caso de Nietzsche. Lo que parece, de todos modos, darse en ambos casos, es la procedencia del imperativo “por encima” del yo, pues siempre viene de algún lado diverso –en el caso de que el yo se lo invente, debemos recordar que el yo es, a su vez, invento, según el filósofo, del cuerpo e instinto… por lo que el imperativo sería un invento del instinto de vida. En el caso de Jesús, el imperativo viene del “Padre del hombre”, que lo ha inscrito, de algún modo, en la naturaleza, y que Jesús viene a manifestar.
El mensaje de Jesús es una palabra dirigida a un yo, mejor dicho, a cada yo. La decisión de vivir en Dios comprometido con un ideal superior al que ofrece el “mundo” es de un yo, de un ego, que se piensa y mira excesivamente, pero de una vez para siempre (y que hasta llega al abandono y desprecio de todo aquello que esté en desacuerdo con aquél sí pronunciado al mensaje evangélico), y que luego dirige toda su atención hacia la realización de aquella meta hacia donde se encamina el ego.
La compasión o misericordia, en el fondo, no importa en sí, lo que importa es la fuerza y el poder que proceden de Dios y de uno, y que terminan empujando al hombre-discípulo a superar (y eliminar) la miseria del “mundo”. Ahora bien, esta compasión evangélica ni es el resultado de la falsedad o hipocresía, que no es “yo”, ni de la lástima humana, pues tanto una como la otra no son sobrenaturales o superiores sino humanas, demasiado humanas. No se trata –como una vez escuché biendecir a un erudito teólogo– de una fe afectiva sino efectiva. Por lo que hay que ser compasivos si eso nos mueve a la acción y nos hace salir de nuestro excesivo mirarnos… Nada de sensiblería, fuera toda espiritualidad y moral religiosa que nos hagan caminar por una estéril debilidad de ánimo! (Tanto Jesús como el filósofo saben que no hay peor hipocresía que la de algunas misericordias y llantos, y tampoco más ejercicio maldito de poder que allí).
Otra cosa que repugna, tanto al filósofo como al profeta evangélico, y que éste vino a demoler es la moral de los esclavos. ¡Leamos de una vez por todas el Evangelio completo y sin glosas! En efecto, a brindar libertad vino el que se supo hijo de (un) dios y hermano de todos los hombres. Y a librar a los hombres de las cadenas religiosas y morales que los oprimían, proponiendo un yugo diferente, suave, llevadero! –muy diferente al propuesto por las religiones hasta entonces.
Nietzsche propuso el inventar valores y escuchar y ser discípulo de la voluntad de vida como un valor. Jesús propuso seguir ciertos valores que constituyen un ideal y ser discípulo de la voluntad de vida universal. No tan disímiles, no tan lejanos Nietzsche de Jesús, aunque sí del Cristo… El que pueda entender que entienda!
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