Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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ACERCA DEL CONOCIMIENTO

            Desde muy antiguo, el hombre se interesó por saber (entendido como conjunto de conocimientos sustantivos) y por el acto mismo por el cuál sabe (y construye aquella realidad sustantiva). Es cosa evidente que las naturalezas están allí (que no esperan a uno para existir) y, no obstante, “ingresan” en (la mente de) el hombre de algún modo.  

            En la ciencia filosófica cada pregunta se debe formular en su ámbito propio. La pregunta por el conocimiento (en griego: gnósis) se hace en una disciplina llamada Gnoseología o Teoría del Conocimiento. Y de las respuestas que aquí demos a los sencillos y fundamentales interrogantes dependerán, nada más y nada menos que, la realidad objetiva (entendida como cosas, naturalezas existentes fuera de la mente), la conciencia, mente o espíritu (como escenario propio en el que aparecen nuestras percepciones), la inteligencia (como capacidad inmaterial propia del hombre), los sentidos, en su totalidad (como medios y ventanas a través de las cuáles podemos, o no, aprehender lo que nos rodea, tomando contacto con ello) y la verdad (su origen, su modo y la misma posibilidad de su existencia). Y según desde qué perspectiva se plantee esta cuestión última de la verdad, será aquella una cuestión metafísica, gnoseológica o lógica (o de la filosofía del lenguaje) 

            Así surge la gnoseología o disciplina filosófica que reflexiona acerca del conocimiento y sus dos protagonistas fundamentales: el objeto y el sujeto. Y al engendrarse estas nociones fundamentales se originará una de las distinciones más controvertidas de la historia de la filosofía: lo objetivo y lo subjetivo.

             Ante un tema tan franeleado como ha sido el “objeto del conocimiento” y su resultado (esto es, aquello que llaman “verdad”) cabe dejar asentado un presupuesto fundamental. Pues el dinamismo del conocimiento es más simple de lo que algunos filósofos parecen creer.      

            Los hombres conocemos el SER en cuanto APARECER (en determinadas naturalezas concretas existentes). Ni conocemos el ser-en-apariencia ni conocemos apariencias-de-ser sino el APARECER-DEL-SER, puesto que es una particularidad inherente a toda naturaleza existente imponerse a lo distinto de sí, y brindarse, entregarse (sin reservas) a la capacidad perceptora. El problema no radica ni en el SER, ni en el APARECER-DEL-SER que se sigue a su mismísima existencia actual, sino en la participación (creadora, constructora) de la capacidad gnoseológica de aquel a quien SE-APARECE una determinada naturaleza. Pues pueden los ESCENARIOS GNOSEOLÓGICOS (a los que se llaman conciencias o inteligencias) estar más o menos afectados, condicionados, por los prejuicios y experiencias gnoseológicas en el pasado vivenciadas o recibidas. De estos condicionamientos debe ocuparse la Psicología filosófica, no la gnoseología. A ésta sólo le cabe reflexionar sobre la posibilidad de conocer naturalezas, más allá de los sujetos condicionados.    

             Aquello que resulta del acto de conocer es la representación (de la cosa) en la conciencia o percepción. La percepción parece ser una realidad intermedia entre la naturaleza de una cosa (comúnmente llamada lo conocido) y el sujeto cognoscente. Del objeto del conocimiento se debe encargar la Ontología, y de los mecanismos de la mente concurrentes en el proceso perceptivo y de formación del concepto se debe encargar una Psicología filosófica (o gnoseológica), que brinde una doctrina organizada de los procesos mentales y del aparato mental integral mismo, así como de sus condicionamientos, y el protagonismo de ellos en el proceso de “confección de la realidad en la conciencia”, que es la formación de la percepción.

              El subjetivismo, en sentido estricto, no existe. Algunos llaman subjetivismo a la pretensión objetiva de un sujeto. Y aquello que hasta el presente ha recibido el nombre de “verdad” debe entenderse en cuatro sentidos: como verdad objetiva (que refiere a la existencia de una naturaleza, antiguamente designada “ontológica”), sujetiva (que refiere a la verdad captada por una pluralidad de sujetos con los sentidos y la inteligencia, antiguamente designada “lógica”), subjetivada (que refiere a la asunción de lo que se percibe desde la propia perspectiva o subjetividad) y objetivada (aceptada por una mayoría, en una determinada cultura, por cualquier tipo de consenso).

             Ciertamente el sujeto que percibe la realidad la percibe, a su vez, de determinada manera, pues él mismo es con una determinada inteligencia (condicionada de múltiples maneras por su experiencia personal o de otro, pero asimilada). Por eso, la tentación ejemplar de todo filósofo es querer inventar una verdad objetivada, a partir de la subjetivada, desatendiendo la sujetiva. La fuente de la verdadera filosofía es la verdad objetiva, el acceso directo a la realidad. La verdad sujetiva es aquella a la que todos tenemos acceso, es el “bagaje lógico” de una cultura que le permite comunicarse en una sociedad, es el conjunto de símbolos lingüísticos genuinos forjados, y el ámbito al que el filósofo puede contribuir, como miembro venerador de una única realidad.

           

 

Prof. Pablo H. Bonafina

 

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