Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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 EL DESTINO Y EL AZAR

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

 

            Subsisten todavía hoy dos creencias muy antiguas que afectan la mente y el corazón de muchos hombres de nuestro tiempo: la idea de la existencia de un “Destino” y del “Azar”. Es muy frecuente constatar la manera extraña en que conviven estas nociones con otras creencias religiosas o filosóficas, de suyo, incompatibles con las mismas. Uno puede vislumbrar en el trato cotidiano con algunas personas en las que arraigan estas creencias, a veces implícitamente y otras veces no tanto, cómo influyen sorprendentemente en sus vidas, hasta llegar, en algunos casos, a  constituirse en auténticos condicionamientos que llegan a mitigar el uso de sus inteligencias y de sus voluntades libres. Por eso, considero conveniente convidarles una somera delimitación del sentido de estos términos, a fin de precisar, y poner al descubierto, estas “creencias” que tanto afectan a algunas conciencias.

 

            Si bien la noción de “destino” es de origen estrictamente “religioso” –hablo en un sentido amplio del término “religioso” (originariamente profano)– ésta noción muy pronto fue asumida y transformada por las grandes religiones institucionalizadas (bajo la creencia en la “predestinación” de parte de Dios), difundiéndose de muy diversas formas hasta llegar a nuestro presente, maquillándose casi siempre.   

 

            Lo que habitualmente se llama “destino” se relaciona con lo mágico, con lo fantasioso y con lo sobrenatural. Pero, lo que se quiere significar es una “existencia (ideal)” paralela a la vida (terrenal); una especie de “vida ficticia” (vivida, en cierta forma, ya), virtual (dibujada), que los hombres realizan (o que en ellos se realiza) de modo inevitable a través de sus acciones (o de la de los demás) y que está trazada (es decir, que ha sido ya pre-establecida) en alguna parte, y por “Otro”, ya sea por algún “ser superior”, o por “fuerzas sobrenaturales”, o por fuerzas de la misma Naturaleza o por “enigmáticas causas la Vida”.

 

            Lo cierto es que quien cree en el destino acepta, tácita pero formalmente, que todas sus acciones están ya, de antemano, “marcadas”, “cumplidas” en alguna “otra dimensión”, y que esta vida, en el fondo y en definitiva, ni es la real ni es la que demasiado cuenta ni pesa, pues esta vida es títere y víctima de “la otra”, que sería algo así como la verdadera protagonista de esta pseudorealidad. Este tipo de “creencia (de fuerza casi) religiosa” conduce a las personas, al menos a las que viven consecuentemente, a asumir la negación de la libertad personal y universal. Es evidente que, a poco que se considere todo esto, Destino y Libertad son incompatibles, pues se excluyen mutuamente y por su misma definición; y no pueden convivir en ninguna persona como creencias conciliables: o existe el destino, y no somos libres, sino ilusamente libres, o existe la libertad y el destino es una fantasía, muy atractiva, pero para nada real.

 

            Para analizar las noción de “azar” o “suerte” tenemos que remontarnos también a la Antigüedad, más precisamente, a la física antigua. Ya Aristóteles había afirmado que los hombres “llamamos azar a aquello de cuyas causas desconocemos”. –Y, a decir verdad, no se esperaba que después de esto alguien seguiría afirmando la existencia de un “azar” (recomiendo la lectura completa del Libro II de la FÍSICA del filósofo). Pero, como es evidente, esta sobria definición no ha prosperado, ni se ha difundido demasiado ni se ha encarnado en la mente de los hombres.

 

            Parece que al hombre de todos los tiempos le ha gustado la existencia de un “universo mágico”, creyendo, a este respecto, que, tal vez, de ese modo, la vida tendría posibilidades de producir variantes radicales y súbitas, que la arranquen de la monotonía de la rutina. Pero, la fe en el azar no muestra sino la pérdida del sentido de la responsabilidad y de la confianza personal para transformar las situaciones, y la espera en que “causas extraordinarias” modifiquen el curso de los acontecimientos. Pero, lamentablemente, aquí, como en el caso del Destino-y-Libertad, tampoco hay posibilidades de conciliación: o existen las causas o existe el azar, pues no parece haber sitio para ambas en la misma realidad (lo que, entiéndase bien,  no habla para nada de la existencia de la “necesidad” o “finalidad supraterrenal”).

 

            A muchas personas les gusta creer en “signos”, “presagios”, “destinos”, y vivir de una manera mágica la cotidianeidad. Algunos encuentran más atractiva a la ficción que a la realidad, pues consideran a ésta pobre y rica a aquella “fantaseda”, “imaginada”, que sale de lo habitual. Por eso será propio del hombre maduro comprender que la cotidianeidad tiene su magia en su parte más real, aunque pueda uno no encontrársela. La cotidianeidad, por ejemplo,  tiene su gran propia magia en la indeterminación absoluta del tiempo que aun no es. El por-venir, es la gran tarea a construir con nuestra libertad personal, y puede convertirse en una aventura si se la vive con “pasionalidad”.

 

            Quizás a muchos les resulte más cómodo abrigar la noción de “destino” a fin de tener, subconscientemente, un responsable de las “desgracias” de la vida que no sea uno o la misma realidad, y por eso proyectan en otra dimensión la responsabilidad del presente (fíjese qué curioso: los creyentes en Dios a él lo culpan de las desgracias, mientras que los “religiosos profanos” echan la culpa de sus “fatalidades” (palabra que proviene del latín fatum, que significa destino) a la “mala suerte”, al “azar” o al “maldito destino”, pero, en el fondo, es lo mismo, es el mismo deslindar y endilgar. Pero todo esto no es más que pura fantasía.

 

            Los griegos, en sus tragedias, han introducido el elemento “Destino” para explicar las terribles desgracias que sucedían a los pobres mortales que, en un primer momento, resultaban humanamente inexplicables e incomprensibles, pero no es preciso que en el siglo XXI conservemos ese modo tan singular y primitivo de explicar la realidad, pues el conocimiento humano, en veinticinco siglos nos ha enseñado que hay más elementos para admitir la libertad condicionada que el Destino, engendrador, además, de todas las concepciones deterministas con las que el hombre de todos los tiempos se ha deslindado de su participación necesaria en la modificación y transformación de todos los ámbitos de la realidad, incluida la suya personal.

 

            Entiendo que también entusiasma la idea de que exista el “azar” o la “suerte”. Pero es preciso notar que también el mundo, con los avances maravillosos de todas las ciencias, ha podido explicarse bastante ya por sí mismo y no requiere ya de una realidad enigmática, sobrenatural, y que incluso, sería capaz de decirse con sinceridad: “Desconozco aun la causa de tal o cuál hecho o realidad, pero no por eso la voy a inventar o imaginar”. En efecto, todo lo que no encuentra aun una explicación sensata y rigurosa es a causa de nuestra limitación intelectual natural, tal vez provisoria, tal vez definitiva (que deberíamos de buen grado aceptar), pero no a causa de un “azar”.

 

            Algunos pensadores contemporáneos han querido, contrarrestando las corrientes deterministas y “finalistas”, concederle una mayor participación al “azar” (Cfr. J. Monod, EL AZAR Y LA NECESIDAD) a la hora del origen de la cosas explicar. Pero, más allá de la literatura, aquello que llamamos “azar” es nada (o, mejor, no es algo); es desconocimiento de las causas de un hecho, a causa de su complejidad e incomprensión, nada más. El “azar” no existe, y tampoco el determinismo o Destino. Todo lo que sucede en este mundo tiene una causa, aunque se la pueda desconocer y no poder explicar. No es necesario que el hombre todo lo comprenda, puede haber un margen para lo desconocido, y en esto consiste, precisamente, el lugar que ocupa lo indeterminado, lo verdaderamente inexplicable, lo que no recibió ni podrá recibir nombre, y que llamamos “el misterio” de la realidad. 

 

            Yo entiendo... Tristemente he constatado cómo a la mayoría de la gente no le importa reflexionar. Aunque, por momentos, puedan asentir con sus cabezas a todo esto, no están dispuestos a reflexionar hasta las últimas consecuencias sobre este asunto, y les conviene más esa extraña fe conservar en el Destino y el Azar. Los antiguos creían en estas cosas movidos por el asombro extremo, o por el temor a los poderes o a las fuerzas del más allá, en el fondo, más sencillamente, por desconocer la realidad. Pero quien, en el presente, se obstine en mantener estas creencias debe mucho sobre sí y sus convicciones reflexionar.

 

            Ya es sabido que el universo se rige por sus propias leyes, así como la vida humana por la libertad y sus condicionamientos, y que el “misterio auténtico” es que exista un universo, devenido en la actualidad, armónicamente establecido, y que la mente pueda descubrir sus causas, y que el hombre sea “libre” para poder algunas situaciones modificar.

 

            Es preciso recordar que no será posible el surgimiento de una Filosofía y de una vida Nueva hasta que no se abandonen, entre otras, las nociones de Destino y de Azar, esos dioses tan antiguos que, con nuevos o viejos atuendos, los hombres no dejan de venerar.-

 

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