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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
DIÁLOGO INFORMAL (?) CON UN ANTROPÓLOGO Por el Prof. Pablo H. Bonafina
La semana pasada, en la Biblioteca de la Universidad, me encontré con un eminente, en su disciplina y en mi opinión, aunque desconocido, antropólogo. Y mientras conversábamos un café, me preguntó si “el interrogante acerca de la existencia de ‘Dios’ ” seguía ocupando y “desvelando” a los filósofos… (En principio, traté de explicarle que aun algunos filósofos “resistimos” al proyecto dogmático y sistemático de algunas “filosofías modernas” que seleccionan sus “objetos de tratamiento”, de acuerdo a sus capacidades intelectuales e intuitivas, inquietudes, intereses personales y creencias, y que consideramos el oficio del filosofar como el “estado-de-abierto-a-la-pregunta” –aunque esta incluya un objeto que se nos escape a nuestras inteligencias limitadas.) Luego, y casi en un mismo sentido, preguntó si los filósofos ya nos habíamos dado por vencidos y convencidos de que “Dios” era un “concepto vacío”, “llenado” de las “imágenes” más diversas procedentes de la fantasía humana; es decir, un invento antiquísimo, tan antiguo como las culturas mismas en donde encuentra su origen, y a las que él se dedica a estudiar, singularmente. Y le respondí que aun no todos, al tiempo que le pregunté si los antropólogos creían en las culturas que estudiaban y las consideraban como “algo existente” y “considerable”, y digno aún de ser estudiado. Y me respondió, entre sonriendo, que por supuesto. Proseguí y pregunté por qué, entonces, no estiman “digna de consideración” una de las invenciones de la fantasía e imaginería humana más curiosas –según él–; es decir, esa “Noción”, surgente en la cultura humana, tan “inconmensurable” como es la noción de “lo divino”. Y me respondió que, sencillamente, porque “inexistía su referente” (es decir, su fundamento en las coordenadas espaciotemporales). Le dije que, entonces, tal vez sea justo que “Lo Divino” corra la misma suerte que su (supuesto) origen, es decir, que las culturas mismas que han inventado, proyectado esa “SuperNoción”, sin ningún correlato real. (–Ahora se incomodó un poco y me miró extrañado.) Mas afirmó, sin perturbación alguna, que la “cultura” sí era “una realidad” tangible y contundente, pero que sus invenciones o elementos habidos en ella no lo eran… –y puso el ejemplo de las alucinaciones. Le respondí que, hasta donde se sabe y dice en las disciplinas que versan sobre cuestiones psicológicas y psiquiátricas, las diversas “alucinosis” eran una suerte de síntoma de una psiquis en un “estado singular”. Entonces –dijo–, análogamente a esto último, “la afirmación o percepción de lo divino” corresponde a un delirium de algunas mentes sometidas a algún tipo de “imaginería” singular, y que no se podía descartar una patología antropo-social (colectiva e inherente a la naturaleza humana toda, es decir, a la Humanidad) subyacente… Pregunté si no podría ese “síntoma” –al que llamaré aquí “invención de la divinidad”– ser “alguna forma de intuición” en vez de una alucinación o “estado patológico de la Humanidad contraído desde el momento mismo en que pudo imaginar y conceptualizar”, o sea: si podría tener “algún elemento o fundamento real”, aunque a un nivel creativo, compositivo, como lo tiene la materia onírica… (En efecto, si el hombre crea la cultura y Dios es una “idea auxiliar” de ella, persiste el interrogante acerca de si la cultura existe en verdad.) Sí, me respondió, “podría” ser como “un sueño”. Insistí, entonces, para saber qué sucedía con “lo divino”; ¿de dónde se nutre esa capacidad inventiva humana de imaginarse “creado”, criatura, esto es: ‘con-creador’? ¿de un mero deseo surgido “desde la nada”? ¿de una conciencia o “esencia autoescindida” nomás, y con esto queda acabadamente todo explicado? Concluyó, el antropólogo, que debería yo saber que no se puede conceder existencia a cuanta “invención mental” el hombre presente “en la historia” o proyecte en una obra –sea cual sea esta–, incluyendo “la gran obra” de la invención de los lenguajes, especialmente, el oral y escrito y leído.
El nivel de la conversa fue ascendiendo y me sentí habilitado para preguntar al científico si, dadas las circunstancias, el estado de la cuestión y el rigor epistemológico que nos obliga, no podría afirmarse que todo cuanto pueda afirmar la ciencia sea verdad y que nada verdadero al mismo tiempo –porque la “verdad”, así, a secas, no es sino perspectiva, esto es, nada –según sus propias palabras, y el gran Nietzsche al que se dignó citar con fines de congraciamiento... Y me interrumpió, endilgándome el estar llevando la cuestión inicial a un terreno inadecuado (yo no le dije nunca que él había partido de un intento de hablar del fenómeno de la “fe” o del objeto de la “teología” en “Antropología socio-cultural”, pero condescendí, por curiosidad)… Entonces, pregunté si no pudo el hombre haber creado al “creador” habiendo sido motivado por alguna sugerencia de “su naturaleza” (incluyendo la capacidad de imaginar misma, y todas sus regiones cerebrales superiores, incluso las psicológicas) o de “la que no es su propia existencia”, es decir: si el fenómeno de crear no puede ser nunca “poner por obra”, “dar materia o palabras a lo que se conoció”, intuyó o percibió “de algún modo” ciertamente empírico (pero no entendiendo la empeiría en el solo sentido fáctico-científico) y de modo pasivo, primero, y que luego haya urgido la necesidad de la expresión de su “visión”, aunque haya, para poder haber expresado esto, utilizado el auxilio de la imaginación y toda su fuerza y capacidad creativa “para ‘poner-en-expresión’ ‘lo divino’ percibido o experienciado” ... Y dijo, pero este vez un tanto incómodo que “todo puede ser, pues ya la Ciencia Antropológica se había convencido de que el animal humano tiene capacidades insospechadas y muy complejas de analizar, que, no obstante, algún día descubrirá” (–mientras tanto yo pensaba en otro concepto de experiencia, más amplio que el que habitualmente manejamos!, y de los modos en los que el animal humano podría, según el grado de evolución de toda su naturaleza, tener experiencia de algo, al ser un “individuo racional”!…) Pero mi colega recordó que llegaba tarde no sé a dónde, y me dejó solo, pensando y preguntándome… ¿por qué será que la Filosofía no se pregunta ya, más o en otros sentidos de los que hasta ahora lo ha hecho, sobre ‘dios’ o ‘la divinidad’?
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