Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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EL FILÓSOFO Y LA FILOSOFÍA

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

 

 

Es impensable creer que la tarea última del filósofo sea la de estudiar y enseñar, aunque sea con minuciosa fruición, los textos y pensamientos de los grandes autores de la historia y descifrar sus sistemas de ideas a fin de exponerlos con total dedicación y fidelidad. Eso podrá ser quizá un ejercicio inicial, un modo de darle al entendimiento objetos diferentes con los que despertarse y no fosilizarse, incluso puede llegar a ser una contribución en la adquisición de una mayor inteligencia de lo leído en el acto de enseñanza o exposición, pero no mucho más.

 

La finalidad de la Filosofía, si cabe alguna, es la de disponer, y ser ella misma, un espacio en donde se pueda dar el riguroso, rumiante y contemplativo pensar: análisis del lenguaje, de lo que se dice con el mismo y de su referencia a lo real… De manera que si no regresa sobre su nacimiento y vocación fundante e inicial; si no se vuelve a la espontaneidad del cotidiano acontecer, o de lo que acontece espontáneamente en la cotidianeidad, así como a los actuales interrogantes surgentes en su devenir, el filósofo corre el riesgo de caerse, y quedar atascado en su labor… por quedarse en el sistema de pensamientos adquirido desde los demás y dedicarse no más que a ver y pensar desde allí, desde su no yo. Pero ver con los ojos de otros no es de filósofo sino de quien se contenta con vivir en la vulgaridad –y en el pensamiento ajeno. Se puede estudiar y enseñar a los grandes genios y genialidades de la razón humana (en todas sus manifestaciones culturales) pero para ser filósofo con esto no basta, es preciso “asombrarse y contemplar por sí mismo”; es preciso “crear”… y para ello hay que abandonar las matrices y certidumbres que se nos han adherido, y que tal vez tanto trabajo y tiempo nos hayan costado conquistar, y atreverse a recomenzar una vez más, desde abajo, desde el principio, desde la mismísima y única y casi inefable realidad sin creer que hemos visto lo suficiente, o algo ya. En efecto, filósofo es quien siempre está contemplando una vez más –y acaso otra más, y guardándose de dejarse engañar por todas aquellas convicciones que hayan podido adherirse a su razón, despojándose de continuo de todo intento de referencia a algo diferente de aquello que se le está entregando a sus sentidos e inteligencia, y a cada instante, en su estado puro e individual.

 

También el oficio del filósofo es abandonar la vanidad del rigor (de las palabras) y la elegancia ajenas (del exponer y hacer pensar) y convidar, entregar a los demás el fruto de sus entrañas, su “propio pensamiento” como una mirada, una y otra vez sometido a examen, y que haya o vaya surgiendo de su experiencia directa con la realidad, sea del tipo que sea, pero brindando con todo autoridad y modestia, como es propio de quien percibe y piensa por sí, habiendo ingresado “en la mayoría de edad”, en la y tiene cabal conciencia de que él sólo es un punto alrededor de “un objeto”, ciertamente inamovible en su lugar, aunque de modo provisorio, siempre abierto y dispuesto a la novedad.

 

 

 

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