Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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GENEALOGÍA IGNORADA DEL “AMIGO” Y LA “AMISTAD”

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

 

 

Nunca se me había, ni habría, ocurrido considerar la palabra “amigo” (“amicus”, en latín) surgiendo de la lengua griega… Es decir, nunca había concebido en la mente el intento de pensar la “a” de “a-migo” como si fuese una “a” privativa en griego –es decir, como aquellas “a” que, al principio de algunas palabras, niegan, más que afirman (como “a-theós”, “a-gnoéin” –siendo, en griego, “theós” algo así como “creyente en dios”, y “gnoein”, “conocedor”…). Pues, si dejamos de lado esa “a” con la que comienza “amigo” y nos quedamos con la palabra afirmada, llegamos al verbo “mígēn” que es el tiempo aoristo 2º (o sea, el pretérito imperfecto en Español), en su forma épica, del verbo “méignymi”, que significa “mezclar, unir, combinar, trabar o confundir en, llevar a, meterse en…” En efecto, y según lo dicho, en éste caso y sentido etimológico, podríamos decir que, un “amigo”, sería un “no mezclado”, un “no unido” con algo, o con uno (!).Pero... ¿cómo puede ser ésto? si, precisamente, todo lo contrario pensamos cuando pensamos en un “amigo”!

 

Sucede que si seguimos buscando en la lengua griega, llegamos a la palabra “amigēs” que significa “lucha, rivalidad”, con lo que podríamos conceder a lo anterior y perdernos, pero ahora sí, de modo definitivo y, hasta un poco, fundamentado. Pues, de este modo “un amigo” es “quien nunca –quien no– llega a unirse a uno, a estar en uno y con uno, es decir y en definitiva, a ser uno con uno”, confundiéndose... “porque rivaliza con uno, lucha con uno” de modo continuo. Pregunto… ¿no les resulta curioso que lo que cualquiera esperaría hoy como una supuesta “definición de amigo” sea, precisamente, aquello contrario a lo que habitualmente se entiende por ello? Por eso, mejor conceder y seguir buscando...

 

Vez pasada escuché que una persona estaba diciéndole a otra: “¡Ah, vos sí que sos un amigo!…” –y tenía este sentido irónico la expresión! (¿o el etimológico más antiguo?). ¿No podrá ser que se haya invertido el sentido de la palabra y que ahora signifique lo contrario a lo que significaba antes? ¿no podrá ser que, mucha palabra, pero que, en el fondo, no sepamos, incluso aun hoy a quiénes llamar o llamamos “amigos”?  

 

Está bien. Dejemos de lado esta interpretación... Terminemos con el antiguo griego… –y sigamos una línea diferente, más “moderna”, a ver qué encontramos.

 

En latín, la palabra “amicitia” (amistad) parece proceder de “amisi”, que es el tiempo verbal perfecto del verbo latino “āmitto”, que quiere significar la acción de “despreciar, alejar, echar” a alguien, de allí que pueda decirse que la palabra en latín “amor” proceda de “amotio” que significa la “acción de alejar o apartar”. Incluso hasta podríamos decir que la palabra “amigo” puede proceder de “a-mihi”, algo así como “no-conmigo, no-por mí, no-para mí”… Pero, ¿otra vez aquí?!!! Otra vez “amistad” no es lo que habitualmente entendemos y llamamos amistad! –éste texto y ésta investigación a nadie gustará! Por eso me voy a esmerar aun más y voy a agotar mis conocimientos lingüísticos y filológicos en este día y presentar otro posible (?), el último, la ultima acepción, la última posibilidad, de seguro será hoy más grata a la sociedad y lectores que las que venimos presentando como posibles génesis etimológicos de “amigo” y “amistad”. 

 

La única que nos queda es que “amigo” sea una palabra que proceda del latín “amixi”, que es el tiempo perfecto del verbo “amicio”, que quiere decir “cubrir, envolver” (confieso que esto es lo que menos sentido tiene pero más les va a gustar a todos los amigos…). Con lo que podríamos decir que “ser amigo” es “cubrir, envolver a alguien”. Pero, ¿con qué? ¿con amor? Ya dijimos arriba, y esto lo debemos mantener!, que “amor” significa apartar! –Ah!, ya sé cómo salvar la palabra… Veamos cómo sale esta “apología final”…

 

“Amicus” (“ser amigo”) es quien “amicet” (“cubre” a alguien) con su “amīcitia” (amistad) –esto encaja porque los romanos crearon la palabra “amistad” (“amicitia”) y “amigo” (“amīcus”, y “amīcābilis”, “amīcābiliter”, “amīcālis”, “amicē”, “amīculus”)! Es muy probable que de ésta “acción” proceda otra, simbolizada con un verbo más tardío, secundario y más raro, en latín… tal como es el verbo “amo” (de donde procede el sustantivo “amor”), que significa: “tener afecto” –y lo contrario de “amōlior”, que, volviendo con todo lo anterior… significa “alejar, dejar a un lado”… Ahora bien, si nos quedamos con esta posible genealogía, debemos conceder, al menos, que aquello que llaman “amor” los romanos, es un acto que sigue a la “amīcitia”. Es decir –y con esto no puedo asegurar que no haya concedido a lo que querían leer–… “amar” no es más que cubrir o envolver con “amistad” a alguien, y no hacer nada para “alejarlo”, sino involucrarse, cada vez mejor y más, en su existencia; mezclarse con él, llegando a ser un uno con el “amigo-amado”, tan apreciado, que no se pueda alejar ya (iam) más.

 

Ahora sí. En éste último sentido, tal vez podamos hoy rever nuestra “amistad” y modo de concebirla y vivirla, sabiéndola, por última acepción de etimológica definición, una realidad que, antes que nada, precisa de un objeto al que amar, y, por otro, que exige una vida, o un tiempo cualquiera, pero un compromiso existencial. Un posible hallazgo, a propósito de la “amistad” en esta mañana tal vez sea que si no hay elección y manifestación formal de un continuo (deseo de) estar, de des-hacerse en una continua mezcla, en una verdadera unión, no habrá amistad... –-ah!, una cosa más, de paso: si no hay “amistad” no hay “amor”, no al revés! 

 

 

Ciudad de Buenos Aires © 20 de Julio del 2009.-

 

 

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