|
Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
INTUICIÓN Y PERCEPCIÓN DE LA REALIDAD Por el Prof. Pablo H. Bonafina ©
Hace algún tiempo que la realidad se presenta de modo incuestionable a mi conciencia. Las cosas que contemplo en derredor son de una contundencia e imponencia poco refutables. Pero reconozco que esto es así sólo para mí. No perderé tiempo en tratar de convencer al mundo que “mi alrredor” está condicionado por “mi inrrededor”, y que mi perspectiva no es otra cosa que la generadora de mi percepción. Las percepciones no se discuten; se adquieren, surgen, aparecen a uno, y no siempre tenemos mucho que ver en eso. La “verdad” dejó de pertenecer al ámbito de lo trascendente, siendo considerada como una suerte de entidad separada y escindida de un sujeto o comunidad de sujetos alineados en una misma perspectiva, en un mismo ángulo contemplativo y reflexivo. Porque hace ya siglos que el “mundo objetivo” se ha hecho añicos –en vano querer volver sobre ese asunto. Y por ésta razón hoy hay que trabajar y aportar desde la propia percepción del misterio que se descubre a cada sujeto, con todas sus facultades senso-intuitivas. Estimo que las cosas son: o lo que a uno le enseñan, o lo que a uno lo predisponen a reconocer o lo que uno termina creyendo. Porque el acto de la intuición culmina con un “acto de fe” en la percepción adquirida. Por supuesto que puede reverse, pero si las cosas no son como uno cree, es porque: o se cree ahora en lo que otro indicó o en lo que los propios sentidos o intuiciones han dictaminado –sólo en éste último caso la revisión es válida, pues la indicación o sugerencia de otro debe culminar en la propia intuición a fin de ser abrazada o, al menos, considerada. La realidad es inasible, y misteriosa por su dinamismo, e insondable además. Y el conocimiento humano es limitado, también por su mismo dinamismo, que es estático: tendemos a fijar en esquema lógico-racionales, y de modo cuasi definitivo, lo que alguna vez percibimos como cosa o realidad (verosímil). Esto, no importa en absoluto, lo importarte es saber, estar convencido, de que uno también es un “hombre religioso”, y hasta, en algunos casos, dogmático, más o menos tolerante con “lo distinto” al pensamiento de uno o la propia cosmovisión. Así como las “religiones” –según dicen– “religan” a los hombres, los unen, con su dios, o aquello que consideran ellos “divino”, de algún modo y en algún sentido, los hombres también se “religan” con lo que creen “realidad” y hasta “objetivo”. Y si hacemos un recorrido desde lo que uno considera como “objetivo” a la construcción y ulterior creencia en un “objeto” nos encontraremos con un paso. Ninguna persona con genuina tendencia filosófica puede considerar que “una” percepción pueda contener a “las” cosas tal como son fuera del entendimiento. Sabemos –no lo disimulemos más– que la noción de “percepción” incluye la de “apropiación” y que la “realidad” es “aquello diferente a uno” que permanece siempre “estando fuera de uno”, aunque dispuesto, en cierto modo, a ser aprehendido. No debemos olvidar que la percepción es el resultado de una intuición singular, y que ni una persona, ni todas juntas siquiera, puede jamás agotar la riqueza de lo que no está al poder de ella, porque la trasciende. En efecto, la realidad, al estar siempre “afuera” de uno, no puede fijarse en una percepción. Reconocemos que la intuición puede acomodarse más o menos a lo que está afuera, pero también que las cosas no pueden ser demasiado definidas, salvo a balbuceos, con exposiciones limitadas y provisorias y siempre dispuestas a reverse ante la grandiosidad de su objeto, que no entra en el entendimiento, nunca. Y que juzgar lo adecuado de una percepción a la realidad es hacer ingresar a otra perspectiva en el acto de intuición, lo que complica, más que soluciona la cuestión. Salvo que estemos frente a algún caso de alucinosis psicopatológica –en cuyo caso el sujeto proyecta flagrantemente en las percepciones los contenidos psicológicos ficticios–, todos los hombres tendemos a intuir de modo singular las cosas, y es preciso indicar que no hay una jerarquía ni posible ni válida de perspectivas. Razón por la cuál, la Filosofía, para mí, es un incesante contemplar realidades que no se agotan nunca en mis reiteradas intuiciones, y posteriores percepciones; y un esbozar, por una interna necesidad, ciertas deficientes explicaciones, a las que llamaría “provisorias”; y, sobretodo, un conocer otras perspectivas más geniales o, al menos, más curiosas, al tiempo que diferentes a la mía, y poder presentarlas, a manera de insinuaciones, pues nadie puede comenzar a expresarse si no le enseñan previamente algún lenguaje, aunque luego lo tenga que abandonar para el suyo propio poder crear.-
|