Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LA CULPA Y LA CONCIENCIA

Por Joachim Böffmann

 

 

No tiene culpa quien no tiene conciencia –o quien la tiene, pero la ha “conjurado”... es decir, ha descubierto su verdadero “origen” y sus intenciones; o ha sabido desprenderse de ella como si fueran cadenas que lo arrastran hacia cárceles mórbidas de las que Memoria y Psiquis no salen ilesas nunca! Y no siente culpa quien no ha tenido una conciencia influenciada por ciertos patrones de comportamiento. En efecto, la culpa es un signo de aquello que está “bien y mal” y que nos han incrustado, tallado dentro del hombre, con sello cuasi indeleble, y que o coacciona su obrar o tortura la mente y los pensamientos de quien ha obrado contra los “valores” habidos en ella.

 

La conciencia se puede entender como algo sustantivo, como una cosa o capacidad que reside en la mente o bien como una manifestación psíquica ante un hecho realizado. Todos gozan de la primera, de la segunda sólo aquellos que se han infectado de valores desde la más tierna infancia –esa maldita época en que se enseñan que el bien y el mal existen y deben regir las acciones, y se debe dejar a un lado los “impulsos”. .

 

Para mí se me presenta –además pienso, sobre todo en la “mala conciencia”– el remordimiento, como un suplicio que hunde sus raíces en el orgullo humano. Muy soberbio hay que ser, y hay que poseer mucho afán de perfección moral para querer torcer el pasado y pretender modificarlo. El perdón puede llegar a posicionarnos existencial y psicológicamente frente a los demás, pero la culpa nos indica otra cosa: que padecemos de la enfermedad congénita del judeo-cristianismo o de la “antigua moral griega”, pues la culpa se asemeja en su aparecer a las helénicas Furias que venían, con toda su negrura, a atormentar a los humanos, hasta conducirlos a la muerte o a la locura!

 

Las religiones inventaron las morales, o al revés, poco importa cuando una y otra puede convertirse diametralmente. Ella a los valores. Y la cultura nos entrega, en la educación familiar y en la sociedad, los patrones de conducta y los valores. Todos ellos se cuelan en nuestra existencia y van sirviendo de patrones concientes y subconscientes de nuestra conducta, quitándonos, en mayor o en menor medida, en forma más o menos manifiesta, nuestra libertad, desde el principio de nuestras vidas. Antes de saber qué es la libertad, el ser humano siente culpa! ¿no es eso un hecho extraordinario?

 

Ésta es, en efecto, la consecuencia inevitable de la “moralina”: la culpa, el remordimiento, el flagelo por las acciones cometidas, el re-mordimiento (la conciencia con sus fauces mordiéndonos y devorándonos como presas menores!). Y mayores consecuencias hay que soportar cuando las acciones son impulsivas o instintivas... Pero sabido es hasta para el Derecho, que las acciones “involuntarias”, es decir, aquellas que son realizadas sin conciencia plena, son in-imputables. Y así, la abominación más atroz puede quedar sin castigo si fue realizada por un “demente” –aunque la pretendida “psicología sana” quiera alzarse pidiendo pena capital para el responsable de dicho acto, al no poder admitir ni reconocer que puede obrarse sin pensar, sin conciencia, por impulso.

 

De más está decir que la culpa por los hechos espontáneos no tiene razón de ser, es un atentado contra los instintos puramente humanos y no es portadora de vida (ni siquiera de moral) de ninguna clase –esto, no obstante, no exime, al que realiza tal acción de un resarcimiento adecuado a las circunstancias y acto mismo.

 

Por eso, hay que rever un poco nuestra tendencia a la “culpa”. Siempre las culpas son negativas, siempre dañan (aunque aparezcan con “justicia”). La mayoría de las veces son indicadores de una “conciencia enferma”, no de una sana e inmaculada –como nos han querido hacer creer. Uno tiene que hacerse cargo de las consecuencias de las acciones con coraje y fortaleza. Pedir perdón en caso de que haya sido dañino a alguien con su obrar, y seguir adelante. ¿Por qué los animales “superiores” (pero “inferiores” a los humanos) no tienen culpas? Tal vez la especie humana, en un acto de modestia, deba aprender mucho aun de ellos… Lastimar, devorar, pelear sólo para sobrevivir! –eso es propio de los animales… “El que pueda entender que entienda!”…

 

 

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