Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LA MISIÓN DE LA FILOSOFÍA

Y LA NEGACIÓN DE LA "NATURALEZA"

 

            La negación de las naturalezas en general ha llevado a la filosofía a un callejón sin salida. Es constatable en la historia que la admisión de una natura (entendida metafísicamente) trajo como consecuencia un sinnúmero de intérpretes de la misma, y cada uno, con su bagaje doctrinal ha querido imponer su creencia o perspectiva a los demás. Y fue esa misma pretensión (cerrada) de “verdad” la que provocó en la mayoría de los filósofos modernos la necesidad de negarla. Pero esta negación, si se analiza detenidamente, ha conducido a la Filosofía hacia una dirección contraria a la que se encaminó la misma Modernidad. Sólo a manera de ejemplo notemos cómo hasta el existencialismo moderno más radical admite existencias, sustancias y esencias, identificándolas entre sí, aunque siempre acompañada esta admisión del carácter insondable del ser. Mientras el nietzscheanismo advierte sobre la pluralidad de perspectivas y la imposibilidad de establecer criterios metafísicos absolutos (cum fundamentum in re), el heiggedegerianismo pretende abrir al hombre al horizonte del misterio ontológico a-dogmático. Pero, evidentemente, ontología es ya suposición de existencia, y existencia implica categorías. ¿Cómo complementar lo que aparentemente la Modernidad contradice? Conciliando, sin duda, lo que, en apariencia, en contradictorio, y no es sino complementario. 

            Para Vattimo, Heidegger es el intérprete más acabado de Nietzsche (y a éste hay que leer desde aquel). Para Nietzsche “objeto (o naturaleza) y sujeto (que percibe) están en esferas diferentes” e inconciliables, in-adecuables (para contradecir a la gnoseología clásica de corte aristotélico-tomista). Para Heidegger, el ser (la existencia) es un misterio al que se accede por medio de la contemplación de aquello que sale a nuestro encuentro. Y para Wittgenstein, genealogista a su modo, hay que arremeter contra los límites del lenguaje y de las palabras, y “mejor callar de lo que no se puede hablar”.  

La mayoría de los filósofos coinciden en la repulsión a la violencia de los sistemas metafísicos clásicos, pero, al parecer, no dejan abierta la posibilidad para el bosquejo de una ontología positiva (no violenta), a fin de nos disponer al surgimiento de un nuevo monstruo. Entonces, la pregunta fundamental sería la siguiente: ¿Es posible una metafísica abierta (tolerante)? Y su respuesta es: Sí, en la medida en que se sepa perspectiva, y No, en la medida en que busque la imposición dogmática, y destrucción de lo que excede a las perspectivas singulares.  

Históricamente, parece que ha sido necesaria la negación de la existencia en general para que caigan los sistemas que se erigían en intérpretes infalibles de la misma. Pero, a la postre, perdió la frágil realidad, corriendo la maldita suerte que sólo merecían los violentos. Y todavía queda el hombre mismo. Al caer la existencia en general se derribó la del hombre mismo en particular, sujeto de la perspectiva y escenario espontáneo de la experiencia del misterio. Y así cayó todo, hasta el mismísimo perspectivismo (expresión que prefiero a la de “relativismo”).  

Por eso, la tarea filosófica más difícil de nuestros días es acometer el recogimiento de los escombros de la inefable realidad e intentar acometer una madura reconstrucción pasiva. La realidad se encargará, por su parte, ella misma, generosamente, de mostrarse. Y el filósofo, por su parte, debe encargarse, pasivamente, de mostrarla en su dinamismo y misterio, guardándose de fijarla en dogmas.  

            Luego de la necesaria y admirable tarea de los destructores de los grandes sistemas dominantes, no podemos permitirnos volvernos a equivocar. Debemos conocer el límite de nuestra misión. En efecto, como dijo Jaspers, “la filosofía no da, (solamente) muestra” y estamos seguros de que debe limitarse a seguir mostrando a la realidad, sugiriendo nomás.

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

          

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