Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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NOTICIAS DEL PENSAMIENTO DE JACQUES LACAN

(Síntesis de un texto del Prof. Jorge Eduardo Freiría)

 

 

Jacques-Marie Émile Lacan (1901-1981) fue un médico psiquiatra y psicoanalista francés, freudiano y estructuralista confeso que propuso la necesidad de elaborar una nueva presentación de la concepción teórica de algunos elementos capitales del sistema freudiano, lo que le valió ser excomulgado por el Dr. Lagache en 1963 de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, al ser acusado de “pervertir” el sentido teórico del psicoanálisis. En efecto, Lacan, quiso introducir la Fenomenología para explicar teóricamente las instancias psíquicas, y entre sus afirmaciones fundamentales cuenta aquella de que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” –afirmación que fue acompañada de la facticidad de la constitución del individuo en consonancia con su discurso. En efecto, su pensamiento pone el énfasis en el discurso y no en las conductas (de aspecto estrictamente biológico).

 

Como punto central de su doctrina debemos considerar el hecho de la adquisición del lenguaje e incorporación del orden simbólico de parte del niño. En cuanto al complejo de Edipo, para Lacan, si se constata la renuncia del niño a la unión con su madre (atravesamiento del Edipo por el lenguaje) entonces se da el ingreso al orden simbólico y entramado de reglas (mundo socio- cultural). Para él también la situación edípica es la estructura fundante y fundamental del individuo humano, y se resuelve en la aceptación de la metáfora paterna; que es la aceptación de la ley que impide la satisfacción de su deseo incestuoso (y narcisista, pues la madre era percibida como parte de sí). De esta forma, con la aceptación de la ley, el niño, del registro imaginario (propio de la etapa edípica) pasa al registro simbólico, en donde se da el acceso al lenguaje. Allí comienza a estructurarse como sujeto, una vez que abandona la demanda de satisfacción inmediata y pasa a vivir en el mundo de las mediaciones simbólicas (sociales) del lenguaje.

 

El Nombre-del-Padre (así llama a la metáfora paterna) refiere a la función simbólica del padre, habida cuenta de las estructuras del parentesco, concede que el sujeto humano se construye en el marco de la ley. En efecto, el paso de la naturaleza a la cultura se da con la ley universal que prohíbe el incesto (Lévy-Strauss). Es a causa del Nombre-del-Padre que el individuo se separa de la madre y entonces, el individuo puede constituirse como tal debido a la intervención del padre en el triángulo simbólico [relacional, dialógico existencial] entre madre-niño-padre. Se inaugura la dialéctica de la terceridad con (la mirada de la madre a la autoridad paterna y su ley, y con) la ruptura de la unívoca relación y recíproca mirada madre-niño. Esta dialéctica de la terceridad constituye el inicio del registro simbólico en el individuo, y se inicia con la palabra del padre (que se constituye, para madre e hijo, en ley). Se trata de la ley primera del significante (elemento del signo que refiere al contenido) y de la conversión del niño en sujeto de cultura.

 

La significación y el orden simbólico expresados por el lenguaje presiden y fundan la estructuración del sujeto humano, siendo constituyentes del mismo. Un signo posee dos elementos significante, que es lo que refiere a cierto contenido, y un significado, que es aquello a lo que se está haciendo referencia. En este sentido, el signo es presencia y ausencia e invita a una asociación entre percepción y el concepto (referido).

 

El signo es referencia, pero no es algo. La naturaleza del significado se define por una carencia que confiere a lo perceptible su carácter de significante. Por otro lado, el significado no existe fuera de su relación con el significante. Por esto mismo, un significado sin significante es inexpresable e impensable, pues carece de existencia simbólica, con lo que se revela la primacía del significante sobre el significado.

 

No es posible aprehender el valor significativo del signo sin ubicarlo en una red de relaciones, en una cadena significante. Un sentido, por su parte, está multideterminado por la arbitraria relación significante-significado que establecen (De Saussure) y por el sentido de las demás palabras que rodean y las que podrían haber aparecido en ese lugar. En efecto, el proceso lingüístico pone en funcionamiento un doble mecanismo: el de comparación con unidades semejantes, y el de relación con unidades coexistentes (Román Jakobson). Y estos dos mecanismos (denominados en lingüística tropos) constituyen las bases de las figuras lingüísticas más empleadas, la metáfora y la metonimia (selección y combinación), que se presentan aquí como los ejes del lenguaje, pues, para Lacan, el sentido toma su lugar en el significante por acción, precisamente, de la metáfora y la metonimia. Y vincula estos mecanismos fundamentales con los dos freudianos ya conocidos en la producción que del sueño hace el inconsciente: la condensación y el desplazamiento, respectivamente.

 

La metáfora es el surgimiento de una cadena significante, de un significado llegado desde otra cadena, que produce un efecto en el sentido. Mientras la metonimia es el empleo de un significante para designar algo que solo tiene relación existencial con lo referido.

 

Para Lacan el inconsciente opera con estructuras y reglas análogas a las del lenguaje. Mediante el despliegue de metáforas y metonimias, condensaciones y desplazamientos, las formaciones del inconsciente aparecen disfrazadas en el discurso, pudiendo ser analizadas por las referencias que subyacen al enunciado. El sujeto, por su parte, debe ser situado en el intersticio de las relaciones mencionadas de sustitución y combinación que unen un significado con otro.

 

El sujeto humano esta escindido, configurado por el Yo y el Otro. Este Otro es el gran descubrimiento freudiano, aquello que queda afuera de la conciencia. En efecto, el objeto del psicoanálisis es un sujeto dividido, configurado por: el Yo pensante, sede del discurso conciente, en donde el Yo del sujeto hace de articulador y escenario del enunciado y del habla, y el Otro enajenado, el que enuncia y habla, y aparece por medio de un significante o representación; su motor es el deseo (de aquello que falta). Ese Otro que integra el sujeto es el que habla y su discurso es el inconsciente, por lo que el sujeto debe ser ubicado con relación a éste. De esta manera, Lacan presenta al inconsciente como el discurso del Otro; discurso propio del registro imaginario hasta que el sujeto sujetado (a la Ley) ingresa en el orden simbólico.

 

El Yo lacaniano es especular y su génesis arranca en la identificación imaginaria, mientras que la constitución del sujeto humano se lleva a cabo por la identificación simbólica a través del lenguaje. La instancia yoica brinda una autonomía ilusoria al sujeto en donde se resiste el saber que proviene del otro y de su discurso. El Yo, en cuanto forma imaginaria, es una parte del sujeto que se arroga a la totalidad e intenta enajenar al otro elemento constitutivo del mismo. Aparece como el emisor de la palabra pero esto es imaginario, pues el Yo es solamente sede del enunciado y lugar desde donde se habla.

 

En cuanto a la función del Yo y su carácter imaginario, Lacan, propone el estadio del espejo. El encuentro del infante humano con el reflejo de sí le aporta una primera imagen total que le permite una identificación que implica cierta transformación producida en el sujeto al asumir una imagen. “El Yo se precipita en una forma antes de surgir en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le proporcione su función de sujeto”.

 

Lacan presenta una estructura tópica de la realidad a partir de tres registros que corresponden a su estructura: imaginario, simbólico (Levi-Strauss) y real.  La esencia de lo imaginario es definida como una relación, como un desdoblamiento en el espejo. Refiere además a la relación especular con los demás, e incluye el enamoramiento, lo afectivo y es propio de la neurosis. “Imaginario implica predominio de la imagen por eso toda relación imaginaria esta fundada en el engaño”. “Nos definimos por medio de la Ley, nos situamos en la cultura a través del intercambio de símbolos”. La cultura es el interjuego humano que se funda en el discurso y su acceso a ella se da gracias a la simbolización e integración del sujeto del sistema simbólico. La expresión registro simbólico designa la ley estructurante de la realidad humana, por eso, “la simbolización, en otras palabras, es la Ley”. Lo real es aquello que no ha sido revestido desde lo imaginario ni tiene posibilidad de acceso al orden simbólico, de manera que define un campo fuera de la significación, algo que queda excluido del símbolo y queda inaccesible al pensamiento.

 

Para Lacan, el Otro es un objeto de interrogación permanente al estar condicionada ésta por la indestructibilidad del deseo. Por otro lado es el inconsciente el que produce los síntomas, los sueños y los actos fallidos, entre otros fenómenos, y su discurrir se ocupa más de los significantes que del significado. El deseo, movido por la necesidad, es el que inclina al sujeto a determinado objeto y es el motor del dinamismo psíquico. Está aferrado a lo prohibido (por la Ley) pues su fuente es el Otro. El deseo se humaniza cuando el niño nace al lenguaje. Por otra parte, distingue Lacan, entre instinto y pulsión, según su ámbito de pertenencia, ya sea al ámbito biológico o humano. 

 

Finalmente, Lacan también realiza un abordaje psicoanalítico de la psicosis. Ésta refiere a aquello que carece de significación, es decir, lo que aparece en el sujeto pero sin un símbolo, como si fuese aquello que se rompe de una trama, e inscrito en lo real. El mecanismo propio y fundante de la psicosis es la forclusión (una suerte de recusación), cierta expusión desde el interior del sujeto que retornará desde el exterior al sujeto mismo como, por ejemplo, una alucinación. Se trata del fracaso del ingreso al orden simbólico en el que el sujeto permanece adscrito a lo real, pero investido desde lo imaginario. No podemos dejar de mencionar en el origen de la psicosis que es el fracaso de la metáfora paterna el que brinda la condición fundamental para su origen.-

 

 

Cfr. Jorge Eduardo Freiría, En EL-NOMBRE-DEL-PADRE (Jacques Lacan),

En: PSICOLOGÍA FUNDAMENTAL 1. Ediciones Siete Colores, Bs. As., 2001.

Capítulo 5, páginas 207 a 218. [La síntesis fue realizada por el Prof. Pablo H. Bonafina]

 

 

 

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