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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
LA SUERTE DE LA “VERDAD” (De los griegos a la Modernidad)
La palabra “verdad” es herencia latina que procede del vocablo “veritas”, pero su semántica originaria se remonta a la cultura griega, más precisamente, al término griego alétheia, palabra compuesta que, a su vez, designa a “aquello que no tiene velos” y queda desnudo ante el hombre: la existencia concreta, la realidad. En efecto, los griegos consideraban “verdad” al (acto generoso del) “desnudarse de una existencia” ante la contemplación asombrada y pasmada, reverente, de lo que no podría explicar pero sí contemplar. Los latinos, por su parte, aprendieron a llamar “verdad” a la “existencia vestida de lenguaje”, abstraída y vestida, arropada en palabras y de perennidad (expresiva). De este modo, mientras el antiguo contemplativo griego necesitaba “seguir mirando en silencio a la realidad”, el retórico latino no necesitó en un momento ya más de aquella realidad, pues la des-materializó con su entendimiento y en él, y comenzó con ella a jugar, comenzándola a inventar, desde su perspectiva parcial. Algunos dicen que fue con Platón y Aristóteles que se formalizó su doctrina; que con los medioevales se conservó y arraigó, y que con los escolásticos se justificó y creció en la mente de los hombres… ella: la “verdad”. Sabemos que ejerció ella (pero ya “cosificada”) su imperio desde la antigüedad hasta la modernidad --época en que el racionalismo y el empirismo dejaron al conocimiento y a las “verdades adquiridas” en el tiempo frente a frente, en un duelo mortal que encontrará su eco más contundente en el contradictorio (sistema de) Kant y su doctrina de la “cosa en sí” y el “fenómeno”. Por otra parte, en la Modernidad, nos consta que los materialistas se quedaron con la sola “cosa (objetiva) en sí”, y que los subjetivistas llamados idealistas optaron por el sujeto, por su yo (espíritu) y su fenómeno representado (al que dieron el nombre de materia -cosa inexistente en la realidad), según se lee en Berkeley. Pero todos sabemos que fue Hegel quien provocó el mayor escándalo, pretendiendo hacer explotar a la Filosofía entera con la identificación entre el ser y el concepto; y de allí, el concepto con la verdad, la existencia con la idea, el “ser en sí y para sí” (existente y consciente) con un Espíritu Absoluto, Racional, Ideal, Divino… Para algunos, estas conclusiones fueron excesivas para ser inferidas de Kant.
Pero la inquietud filosófica sobrevivió al idealismo, y hubo otro cauce que supo encontrar el pensamiento de Kant. Toda la Filosofía occidental, y la fusión de ésta con la oriental, en una (pero otra) Modernidad enterada (ésta sí) del evolucionismo, se dio cita Alemania del siglo XIX, para engendrar a dos de los filósofos más singulares y extraordinarios de la Historia: Schopenhauer y Nietzsche. Por un lado, Schopenhauer llevó hasta el extremo el subjetivismo berkeliano y kantiano, y lo expuso en su tesis de que el mundo es representación del sujeto, realizada por el entendimiento, a través del tiempo, del espacio y la causalidad (dejando sólo a éstas en pie del gran elenco de formas puras y categorías del entendimiento sistematizadas por su maestro alemán). Por otro lado, retomando la filosofía oriental brahmánica y veda, afirmó que el mundo, además de ser representación, podía ser considerado, bajo otro aspecto, como voluntad, como un Organismo uno, lleno de fuerza y vida; o, al decir, del platonismo, poseyendo una Alma (del mundo). El sujeto, con su entendimiento, activamente produce los objetos, puesto que ellos no son sino hechuras de sus “tres categorías”, aunque con un fundamento intuitivo, intuición que engendra a la percepción. Con su voluntad, el sujeto, quiere realizar su naturaleza, toda ella modelada con la arcilla de aquella Voluntad que lo envuelve, contiene y determina, en cierta manera. Por eso es que el pulso, en tanto signo vital, de la voluntad del hombre se manifiesta en sus im-pulsos y deseos. De modo que en adelante el hombre quedó unificado en su naturaleza (pues se diluye el antiguo dualismo alma-cuerpo) y asumido en la Voluntad; en esa Vida (sustantivada) que todo lo abarca y trasciende, y, al mismo tiempo, quedó explicado el origen del conocimiento humano en él y por él mismo (pues se diluyó también el clásico dualismo objeto-sujeto). Nietzsche leyó a Schopenhauer, y a la luz de este a la “filosofía oriental”, y revió toda la tradición occidental, asumiendo las dos temáticas schopehuarianas. Para él también la Voluntad de poder, de fuerza y de vida es el elemento (irracional) fundamental a considerar en todos los aspectos de la vida. En efecto, por esta Voluntad los hombres ejercen los más crueles dominios e imponen los más pesados y vergonzosos yugos, ya sea con dogmatismos religiosos, morales, filosóficos u otros de cualquier tipo. Los valores y la verdad fueron creaciones del hombre de Occidente, ávido de poder y frustrado en la realización de su impulso vital, cosa que no sucede en la Filosofía oriental. En cuanto a la verdad, Nietzsche propone, no ya la subjetividad, sino la pluralidad de perspectivas y el abandono del mundo logizado por los metafísicos infames. La existencia se manifiesta de modo espontáneo al hombre y debe permanecer en el devenir el acontecer, por su misma naturaleza, y no ser fijado en palabras y fórmulas lógico-ontológicas perennes. Todo es acontecer, devenir, y lo único que cabe es un interpretar ese acontecer. Religión-y-Moral y Metafísica-Lógica son el nombre de los dos más grandes y monstruosos edificios que han quitado el aire y el sol a los hombres: el monumento humano a la mentira, y el consecuente cenotafio a la Vida. De éste modo quedó invertida “la realidad” del hombre y su mundo, y todo patas para arriba. ¿Qué hijos no han engendrado estos dos padres del nuevo filosofar? Mencionemos sólo dos de los más grandes continuadores de ésta obra filosófica sugerente más que concluyente, tales como lo fueron Freud y Heidegger. Mientras el primero trabajó sobre la naturaleza-instinto del hombre (desde la “verdad”-consciente hasta la auténtica naturaleza desconocida, impulsiva e irracional), y el segundo reabrió el interrogante entorno a la mismísima existencia (yendo desde el Ser al ente y desde estos hasta la nada). Los dos persiguieron una dimensión de aquellos grandes filósofos: uno siguió los rastros de la Voluntad, y llegó al Inconsciente, el otro desde la representación y el acontecer, llegó hasta el Ser del ente y su manifestación. Pero la amenaza no se va… Permanece latente el deseo de los albañiles, alertas están los cuervos y sepultureros, y persiste el riesgo de la edificación de una nueva dogmática, y parricidio filosofal… –Guardémonos, filósofos, de dar a luz y proclamar una “nueva y definitiva verdad”, pues ya saben cuánto le ha costado al hombre tierra firme llegar a pisar.
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