Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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UNA NUEVA MIRADA SOBRE LA REALIDAD

           

            Hace un tiempo yo estaba rodeado de cosas –llamo cosa a todo aquello que existe y que percibo con todo mi ser y la totalidad de mis sentidos– y no sabía que eran más que eso que creía que eran: cosas. En efecto, es justo que sepan que hubo un tiempo en que para mí las cosas eran solamente cosas.

 

            Hace unos años ya que he descubierto que cuando digo cosa no sólo sigo diciendo de aquello que antes era para mí una cosa, sino lo que antes cosa era para mí, mas todo aquello que hoy representa para mí no sólo el término cosa sino también la cosa misma. De modo que cosa, en el presente, es algo bien distinto a lo que se viene a la mente cuando yo creía saber cómo eran las cosas, y, específicamente, qué ellas eran. Pues mientras antes “veía cosas”, y creía saberlas, en estos últimos tiempos, creo que mi conocimiento ha sido expuesto a un extraño desengaño: no sabía y, lo que es peor, creía saber.

 

            Las cosas que yo creía conocer, y que finalmente me descubrí ignorando –tenés que aprender desde el comienzo que el que no llega hasta el fondo de una cosa, no sabe acerca de ella– salieron al encuentro de mis sentidos y de mi espíritu y me regalaron su misterio. Cuando dispuse mi corazón a recibir el regalo de las cosas empecé a conocerlas. Pues el camino hacia el conocimiento perfecto se realiza en el amor, y no es difícil de constatar que uno no puede dejar de querer saber todo de la cosa que ama.

 

            Ciertamente, las cosas no son siempre como creemos, o como nos enseñaron, o como se nos presentan a primera vista, tan siquiera a las incontables vistas sucesivas. Conocer una cosa no es una tarea sencilla, pues lleva mucho tiempo y esfuerzo el educar la mirada para aprehender las cosas, y descubrir la propia perspectiva. Tenemos que, constantemente, vencer nuestros prejuicios, tanto los que heredamos como los que adquirimos –los peores enemigos de las cosas– y estar dispuestos a dejarnos enseñar por ellas, y no de una vez por todas. Por eso, una y otra vez, debemos saber y luchar contra ese creer que sabemos ya, esa falsa o verdadera pero parcial conquista de una porción del “saber”, para poder abrirnos al encuentro de la verdad, que está en las cosas y en el escenario de nuestro espíritu, “hablándonos”.

           

 

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