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Actualización

30 de agosto

de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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GRANDEZA, MISERIA Y DESGRACIA DEL HOMBRE

Por Blaise Pascal (1623-1962)

 

         […] «§ 255. La grandeza del hombre es grande por el hecho de saberse infortunado. Un árbol no se sabe infortunado. / Saberse infortunado es, pues, ser infortunado; pero hay una grandeza en saber que se es infortunado.  § 256  No se es infortunado sin conocimiento: una casa en ruinas no lo es. Sólo el hombre es infortunado. Ego vir videns [“Yo, varón, que veo…” Lam 3:1]. § 257  El pensamiento hace la grandeza del hombre.  § 258  Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies, sin cabeza (pues sólo la experiencia nos enseña que la cabeza es más necesaria que los pies). Pero no puedo concebir al hombre sin pensamiento: sería una piedra o un bruto.

        

         § 260 Si un animal hiciese por inteligencia lo que hace por instinto, si hablase por inteligencia en vez de hablar por instinto, por ejemplo, de la caza, y para advertir a sus compañeros que ha encontrado o perdido la presa, también hablaría sobre las cosas que le atañen más directamente, como para decir: “Roed esta cuerda que me hiere y de la que no me puedo librar.”  § 262 La máquina de aritmética hace cosas que se parecen más al pensamiento que todo lo que hacen los animales; pero no hace nada que permita decir que tiene voluntad, como los animales.

 

         § 263 Pensamiento. Toda la dignidad del hombre está en el pensamiento. Pero ¿qué es ese pensamiento? ¡qué necio es! / Así, pues, el pensamiento es algo admirable e incomparable por su naturaleza. Para ser digno de desprecio necesitaría tener defectos prodigiosos; pero los tiene tales que no hay más ridículo. ¡Qué grande es por su naturaleza! ¡Qué vil es por sus defectos!

 

         § 264 El hombre no es más que una caña, lo más débil que existe en la naturaleza; pero es una caña que piensa. No es preciso que el universo entero se alce contra él para aplastarlo: un vapor, una gota de agua basta para matarle. Pero aunque el universo lo aplastase, el hombre seguiría siendo más noble que lo que le da muerte, puesto que sabe que muere y conoce la superioridad que el universo tiene sobre él, mientras que el universo no sabe nada.

 

Toda nuestra dignidad estriba, pues, en el pensamiento. Debemos apoyarnos en él, y no en el espacio donde debo buscar mi dignidad, sino en el orden de mi pensamiento. No tendré más poseyendo tierras. Por el espacio el universo me abarca y me absorbe como un punto; por el pensamiento, soy yo quien lo abarca.  § 266 La razón nos manda con más imperio que un amo; pues si se desobedece a un amo nos hacemos acreedores de un infortunio, pero si se desobedece a la razón nos hacemos necios.  § 267 […] Sólo el dominio y el imperio dan la gloria, mientras que la servidumbre proporciona vergüenza.

        

         § 268 La grandeza del hombre es tan visible que puede deducirse hasta de sus calamidades… pues, ¿quién se siente desventurado por no ser rey sino un rey depuesto?… ¿Quién se considera desventurado por no tener más que una boca? ¿o por no tener más que un ojo? Quizás nunca se nos haya ocurrido quejarnos de no tener tres ojos, pero nadie se consuela de no tener ninguno. § 269 Todas estas calamidades prueban incluso su grandeza. Son calamidades de un gran señor, calamidades de un rey depuesto.

 

         § 270 Deseamos la verdad y en nosotros solamente encontramos incertidumbre. / Buscamos la felicidad y no encontramos más que males y muerte. / Somos incapaces de no desear la verdad y la dicha. Se nos ha dejado este deseo tanto para castigarnos como para hacernos comprender que hemos caído de muy arriba.

 

         § 271 Dos cosas instruyen al hombre acerca de toda su naturaleza: el instinto y la experiencia. § 272 Instinto y razón: indicios de dos naturalezas. § 273 Instinto, razón. Tenemos una impotencia para probar que resiste a todo dogmatismo. Tenemos una idea de verdad que resiste a todo el pirronismo. / § 274 A pesar de la visión de todas nuestras calamidades, que nos hieren, que nos agobian, tenemos un instinto que no podemos reprimir y que nos eleva.

 

         § 275 El hombre no sabe en qué condiciones situarse. Está visiblemente caído y como perdido del verdadero lugar al que pertenece, sin poderlo volver a encontrar. Lo busca por doquier con desazón y sin fortuna en medio de las tinieblas impenetrables. § 276 La mayor calamidad del hombre es la búsqueda de su gloria, pero esto mismo es la mejor prueba de superioridad; pues, sea cual fuere la posesión que tenga sobre la tierra, por mucha salud, por mucho bienestar sustancial que goce, no se da por satisfecho si no disfruta de la alta estima de los hombres. Tiene una idea tan alta de la razón del hombre que, por buena que sea su situación en la tierra, no está contento si no ocupa también un lugar ventajoso en la razón del hombre. Es el lugar más hermoso del mundo: nada le puede apartar de este deseo, y es el rasgo más imborrable del corazón del hombre. / Y aquellos que más desprecian a los hombres, y que los igualan a las bestias, también quieren ser admirados y creídos, y se contradicen a sí mismos por lo que sienten; porque su naturaleza, que es más fuerte que todo, les convence de la grandeza del hombre con más energía de lo que la razón les convence de su bajeza.

 

§ 277 Gloria. Los animales no se admiran unos a otros. Un caballo no admira a otro caballo; entre ellos, cuando corren se da la emulación, pero sin más consecuencias; porque, una vez en las cuadras, el más lento y el que tiene por más estampa no cede su cebada al otro, como los hombres esperan que se haga. Su vigor se satisface a sí mismo.  /  § 278 Grandeza del hombre. Tenemos una idea tan alta del alma del hombre que no podemos soportar que alguno nos desprecie o que algún alma no nos estime; y toda la felicidad de los hombres consiste en esta última.» […]

 

 

«PENSAMIENTOS» (1660?), Parte Primera, Capítulo III, 1-2, § 255-278

[Selección de la Edición] de Planeta D’Agostini, Barcelona, 1996. Págs. 62-66.

 

 

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