<%@ Language=Heredar de Web %> Prof. Pablo H. Bonafina ~ Filosofía Nueva

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27-03-11

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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OTRA PERSPECTIVA DE LA ANTROPOLOGÍA (NIETZSCHEANA)

 

         No es difícil imaginarse cuál había sido el grado de aceptación e instalación del pensamiento evolucionista en Europa, durante el siglo XIX, que se había asentado sobre la perspectiva filosófica de un universo en continuo progreso, no “creado” sino “deviniendo” y desplegándose en la Historia y alcanzando “momentos” de mayores y nuevas formas de perfección; legitimada, a su vez, por las conclusiones científicas que creían poder constatar el reconocimiento de un cosmos en continua expansión, que hasta brindó las condiciones para ver las especies animales y hasta las partículas biológicas mínimas en un movimiento creciente que se presentó como “causa de sí”, y no quedo ni fijo (tal como admitían algunos pensadores creacionistas que enarbolaron los relatos míticos del Libro bíblico del Génesis como relatos literales de acontecimientos acaecidos en un “tiempo primordial” en el que un “dios” creó, desde la nada especies y condiciones biológicas en estado de acabamiento y perfección). En efecto, éste fue el suelo propicio en el que Friedrich Nietzsche se ha formado y ha estudiado y adquirido su visión del mundo. Con la contundencia y profundidad de quien se halla seriamente a solas con la realidad y el sufrimiento personal, fue el más tenaz crítico de la cultura occidental cristiana y cristianizante. Controvertido hasta la repulsión, casi no tuvo lectores en vida (mucho menos seguidores! Comprendedores cabales y “de su altura”), más que un par de compañeros de pensamientos. Por eso corrió la suerte de quien se dedica a ser él mismo en su pluma, sin temor las consecuencias de lo “no publicado”, aunque fue un convencido de que sus pensamiento (como “flechas”) se le presentaba como una misión inevitable: desenmascarar los mecanismos de falsificación, las máscaras y los maquillajes con los que el individuo humano había creado un “mundo de ficciones” y se lo había creído, haciendo del mundo verdadero un mundo de fábulas!

 

         Tal vez una de las fábulas más curiosas sea aquella que, superando el mito y la acción de su Protagonista Divino, nos presenta al “hombre” de una modo sincrónico, en una suerte de corte axial o transversal, en el que se revela su naturaleza íntima, más allá de los cuentos, quedando definitivamente desnuda: un instinto encarnado que tiene su centro en la materialidad misma, cuya médula para Nietzsche es el “Sí-mismo” (der Selbst). El hombre es un existente singular que procede de los animales en cuanto a la inmediatez de su género. Podría haberse superado por su peculiar “capacidad cerebral o racional” pero ha quedado, y se ha posicionado a sí en una incomprensiblemente inferioridad de condiciones respecto del género o reino animal del que procede en el acto mismo de lo que ha decidido llamar la civilización, humanización, “domesticación”; el falseamiento al que se exponen unos a otros con el fin de subyugarse mutuamente con el peso de la (afirmación o negación de la) voluntad de poder y su arista más perniciosa, singular, que puja por conquistar, dañar y engañar de hecho, aunque tienda, de suyo, a fomentar y manifestar la Vida misma, que cobra en “el humano” las formas más curiosas y sublimes, sobre todo a través de la estética, en la que sobresalen la música, la danza y la poesía (el sonido, el gesto, la palabra, todo en sentido simbólico y no lógico!). Sucede que no ha optado por la vida y voluntad de vida, y ha asfixiado su hálito de vida, encerrándose en una cárcel inventada “ad casum”: un alma. El alma es la invención más perversa del autoengaño humano, del único ser que se degrada en la negación de su más íntimo y auténtico ser, y quiere crear, por encima de sí, una fantasía que lo contenga e impida liberarse a través de su carne, de su único principio existencial que es “él-mismo” –lo genuino degradado, bastardeado una y otra vez por los mecanismos de no asunción, de repulsa, de disfraz, de mentira, de estrangulamiento y asfixia existencial.

 

         A poco que recorramos la Historia del Pensamiento, veremos cómo la filosofía se ha encargado de falsacionar a la “verdad” (entronizada desde el Órganon aristotélico, o tal vez desde antes, desde el eidos platónico) entre tanta pretensión y expresión dogmática. La moral se ha encargado de evidenciar la ficción de las antítesis del bien y del mal (que desde las religiones creadoras de moral se remontan hasta la distinción de dos principios en lucha continua y encarnizada de la que el hombre es víctima, ya sea cósmica o psicológicamente, de acuerdo al dónde se ponga el escenario de la lucha de opuestos). Y es que todas las disciplinas humanas no han más que degenerado el instinto del individuo hombre, dejándolo al borde del ocaso de sus posibilidades, estupefacto, rígido, oprimido por su propia invención colateralmente autodestructiva. Muchos hombres a la muerte, y la niegan. Temen muchos hombres a la soledad, y la rehuyen. Temen hombres a la vida, y se ponen una máscara, e inventan el Teatro; y de éste modo, se anulan y aniquilan en vida, confinándose al “mundo de apariencias y ficciones”, a las historias que se han inventado y que se han vuelto esenciales para desenvolver su papel en la cotidianeidad, en este mundo trágico y cómico, lleno de bufones y caretas, por ellos mismos diseñadas y reinventadas.

 

Al final puede uno darse cuenta que los individuos humanos están casi siempre en otra parte, viendo, percibiendo, sintiendo, considerándolo todo desde una Certeza que se funda en un punto angular en el que se asienta una Idea, viciada por el lugar y sus supuestos. Se creó el humano “una naturaleza propia” tan diversa y compleja (comparada con el resto de los animales) que ya no tiene un medio en el que pueda estar “en casa”… Y por eso gime y vive insatisfecho en un autoexilio fatídico, en el que relumbra el lamento y disciplina impuesta por y de su existencia con la flagelación del “alma” con la culpa. En primer lugar, crea el alma, en segundo, la culpa, y así tiene la fuente de mayor aflicción, dominio y el fondo de muchas “compasiones”. El individuo humano crea la posibilidad de un “sentido fuera de sus días y mundo”, fuera de sí, un mundo de “dioses y felicidades” que le confunden y crean la insatisfacción continua en la que no caben sino la fe en la vida eterna (a la que hace disolver en el Devenir y Retorno eterno), en la doctrina del Profeta-en-Cruz (superado con creces por Zaratustra), la moral (que se desvanece en la trascendencia y aniquilación del bien y del mal), el deseo de vida (que frustra a la Voluntad de Poder, y sus movimientos envolventes, omniabarcadores de las naturalezas todas), la verdad (que muere ante la consideración seria y atención de cualquier “otra perspectiva”) y la religión (esa constante divinización del “Sí-Mismo” en sus rasgos universales que el hombre no asume y proyecta, de las más diversas y aggiornadas y reinventadas formas, a fin de permitirse evadir (sin sentir el peso de este abandono y cobardía) y de vivir bajo el amparo de un Otro, al que puede, según sea el caso, culpar o maldecir sin tan siquiera recibir Reprensión (porque ha llamado “OmniMisericordioso”, o a quien culpar de “Catigador o Justo” ante una consecuencia provocada por una acción no asumida), o, en última instancia, a Quien apelar cuando algo “no comprenda”, no le encuentre sentido o razones en el deseo de poderse adueñar, a cualquier costo, de una respuesta que no lo deje en el silencio –“silencio” que quizás sea el único escenario posible de “algo parecido a lo que llamamos verdad”.

 

 

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* Prof. Pablo H. Bonafina © 2006. Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

 

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