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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
PERFIL DEL HOMBRE CONTEMPORÁNEO: UN INDECENTE, UN FALSO [Y AÚN] CRISTIANO * Por el Dr. Friedrich W. Nietzsche
No puedo en este punto contener un suspiro. Hay días en los que me atormenta un sentimiento más oscuro que la más oscura melancolía: el desprecio a los hombres. Y, para no dejar lugar a duda, voy a aclarar qué desprecio, a quién desprecio: es el hombre de hoy, el hombre del que soy fatalmente contemporáneo. El hombre de hoy; me asfixio en su respirar impuro… Frente a lo pasado tengo una gran tolerancia, igual que todos los entendidos, es decir, me obligo magnánimamente a mí mismo: transito con una tenebrosa cautela a través del manicomio del mundo, de milenios enteros, llámense “cristianismo”, “fe cristiana” o “iglesia cristiana”; me cuido de no responsabilizar a la humanidad de las enfermedades de su espíritu. Sin embargo, mi sentimiento se remueve, irrumpe en cuanto ingreso a la época moderna, a nuestra época. Porque nuestra época conoce… Aquello que entonces era meramente enfermo hoy es indecente; es indecente ser cristiano hoy. Y aquí comienza mi repugnancia. Miro a mi alrededor: no quedó ni una palabra de aquello que entonces se llamaba “verdad”, ya ni siquiera soportamos que un sacerdote ose siquiera poner en sus labios la palabra “verdad”. Incluso con la más humilde pretensión de probidad hay que saber que un teólogo, un sacerdote, un Papa, no sólo se equivocan con cada frase que expresan sino que mienten; hay que saber que ya no tienen permitido mentir por “inocencia”, por “ignorancia”. También el sacerdote sabe, como tan bien lo sabe cualquiera, que ya no hay “Dios”, ni “pecador”, ni “redentor”, que “libre albedrío”, “orden moral del mundo” son mentiras: la seriedad, la profunda superación del espíritu sobre sí mismo, ya no le permite a nadie ser ignorante al respecto… Todos los conceptos de la Iglesia están reconocidos como lo que son, como la falsificación más maligna que hay para desvalorizar la naturaleza, los valores de la naturaleza; el sacerdote mismo está reconocido como lo que es, como la especie de parásito más peligrosa, como la auténtica araña venenosa de la vida… Nosotros sabemos, nuestra conciencia sabe hoy, qué valor tienen, para qué sirvieron aquellas tremendas invenciones de los sacerdotes y de la Iglesia, con las que se alcanzó aquel estado de difamación de sí misma en la humanidad que puede producir repugnancia al ser presenciado; los propios conceptos “más allá”, “juicio final”, “inmortalidad del alma”, “alma”, son instrumentos de tortura, son sistemas de crueldad en virtud de los cuales el sacerdote se convirtió en señor, permaneció como señor… Cualquiera sabe esto: y, sin embargo, todo queda como entonces. ¿A dónde fue a parar el último sentimiento de decencia, de consideración a sí mismo, si incluso los hombres de Estado, una clase de hombres hoy muy desprejuiciados y totalmente anticristianos de hecho, se llaman hoy todavía cristianos y van a comulgar? Un joven príncipe, al mando de sus regimientos, faustoso como expresión de egoísmo y altanería de su pueblo. Pero, ¡sin el menor pudor de declararse cristiano!... ¿A quién niega pues el cristianismo? ¿Qué significa “mundo”? Ser soldado, juez, patriota; resistir; sostener el honor propio; perseguir la propia ventaja; estar orgulloso… La práctica de todo instante, todo instinto, toda valoración que se vuelve una acción, son hoy anticristianas: ¡qué engendro de falsedad ha de ser el hombre moderno, que a pesar de todo no se avergüenza de llamarse todavía cristiano!...
Retomo la cuestión: estoy relatando la auténtica historia del cristianismo. Ya la palabra “cristianismo” es un mal entendido; en el fondo hubo sólo un cristiano y murió en la cruz. El “Evangelio” murió en la cruz. Lo que a partir de ese instante se llama “Evangelio” fue ya lo opuesto a lo que él vivió: una “mala noticia”, un disangelio. Es completamente falso ver acaso en la fe en la redención a través de Cristo la señal distintiva del cristiano: solamente la práctica cristiana, una vida, como la que vivió el que murió en la cruz, es cristiana… Hoy todavía es posible una vida así para ciertos hombres es incluso necesaria: el auténtico cristianismo, el cristianismo originario, será posible en todos los tiempos… No una creencia sino un hacer; un no hacer muchas cosas, sobre todo un ser distinto…
EL ANTICRISTO. MALDICIÓN CONTRA EL CRISTIANISMO. Trad. Laura Curagati (Biblos, Bs. As., 2008), § 38 y 39, pág. 90-93.
[ * El título es un añadido mío –Pablo Bonafina]
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