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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
EL “INDIVIDUO” EN LA “TOTALIDAD” Prof. Pablo H. Bonafina
En su obra OCASO DE LOS ÍDOLOS *, Friedrich Nietzsche se dedica a “pasar en limpio” y expresar de modo inequívoco algunos pensamientos que había manifestado desde su juventud –y que se encuentran en perfecta armonía con EL ANTICRISTO y ECCE HOMO, escritos con muy poca diferencia de tiempo, al punto de tornarse controvertida su ubicación exacta en sus ediciones definitivas, a la luz de los apuntes “en paralelo” hallados entre sus escritos. Los lectores acostumbrados a leer al Filólogo saben que él no cree en la “libertad” pues considera a ésta como una ficción más de tantas que los hombres se han inventado para degenerarse en su especie y dejar lugar a la responsabilidad y concomitante culpa y castigo (tal como se torno flagrante en el capítulo sobre “el error de la voluntad libre”, en Los cuatro grandes errores, 7:74). Y, desde este punto de partida ‘antropológico’, los conceptos se han ido entrelazando formando una urdimbre destructible sólo en bloque. Pues no es posible realizar un aggiornamiento del pensamiento o ‘cosmovisión’ actual (‘occidental’, diríamos) pues, en tal caso, sólo cabe, y hasta es menester, acometer una revisión de todo; una transvaloración integral. Y en éste contexto es en el que el filósofo trata de contextualizar una vez más la existencia del hombre. En el marco de la única realidad existente: el Devenir en y de la “Totalidad”, para decirlo de algún modo.
En efecto, para Nietzsche, “el individuo es un pedazo de fatum [Destino], de cabo a rabo, una ley más, una necesidad más para todo lo que viene y será” (Moral como contranaturaleza, 6: 66). Y, “se es necesario, se es un pedazo de fatalidad, se pertenece a la totalidad, se es en la totalidad” (Los cuatro grandes errores, 8:76). Con lo que no queda lugar a ninguna duda. Nada de “necesidad hegeliana”; nada de “naturalismo feuerbachiano”; tampoco nada de “evolución darwineana”; y mucho menos de “progreso francés”. La noción nietzschena es del “Devenir heracliteano”, en tal caso. Un Devenir que es Totalidad y se da en ella; una Unidad indisoluble, que siempre fue y será; que es porvenir y Retorno; y en la que el “individuo” existe, y de la que toma su existencia, no fija, esto es, en devenir, y no dual, sino monista.
El pensamiento de Nietzsche es límpido, sin dobleces ni laberintos, simple –aunque para llegar a él haya que desandar siglos y ríos de literatura cuasi fantasmagóricos. Es genuino, puro y concreto. En cierto sentido, tan siquiera admite abstracciones ni elucubraciones de ningún tipo: ni teológicas, ni racionalistas, ni empiristas, ni cientificistas de ninguna clase. La única tierra firme que se puede pisar es que el Devenir es, y que la Totalidad es un modo de llamar al Devenir o Fatum permaneciendo incosificado, esto es, en su más radical dinamismo. No es una noción metafísica ni abstracta sino un modo de habérselas con la percepción, considerada no fragmentariamente, indivisiblemente.
Pero el hombre no conoce ni “su ser” ni “su mundo”. Fatum, Devenir, Totalidad, Voluntad, Instinto… es el ámbito en el que se dan todos los existentes. Y “en” ellos el hombre cobra su verdadero “valor” y “sentido”, como “perteneciendo a”, como “siendo relativo a”. La sentencia heideggeriana se debe reposicionar (¿o desechar?) a la luz del pensamiento nietzscheano. El hombre, en efecto, no es un “ser relativo al fin” o muerte (SER Y TIEMPO, § 51 y 52), sino un “ser relativo al Fatum” que no es lo mismo. Para Nietzsche, el “fin” es un invento del hombre –al igual que toda teleología lo es. Y el hombre solo logrará quitarle “dramatismo” a su existencia singular cuando “se comprenda” no a la luz del “fin” sino a la luz del “eterno comienzo” o “retorno”; del Fatum, del Devenir.
Así, paradójicamente, Nietzsche no deja al hombre encerrado en un “callejón sin salida” sino que lo abre a toda “su real posibilidad” que trasciende la “cotidianeidad” y “su mundo” y lo encarrila en la corriente de “Necesidad” a la que todo queda sometido. Y he aquí el lugar en el que la noción de “Fatum” adquiere su sentido exacto, y se presenta, no como “lo fatal”, en nuestro habitual sentido negativo, sino como “lo vital”, pero en un sentido nuevo y desconocido, original y originante, en el que consiste la esencia del pensamiento de Nietzsche, malinterpretado y maltransmitido hasta el presente, seguidos por nihilistas que no supieron penetrar en la “filosofía positiva” del filósofo y se quedaron con el solo martillo.-
* Biblioteca Nueva, Madrid, 2002. Traducción de Daniel Gamper.
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