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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
EL PROYECTO DE NIETZSCHE Por el Prof. Pablo H. Bonafina
Podríamos decir, en cierto sentido, que la Filosofía en general ha caminado bajo un suelo singularmente firme hasta Nietzsche –la mayoría de los filósofos anteriores a él no han hecho más que lidiar con fantasmas, incluso aquellos que aparentaron ser los más “revolucionarios”. Parece que desde sus comienzos hasta él los diferentes pensadores no han dejado de edificar lenguajes, conceptos y sistemas que han sido retocados o contradichos por los que siguieron, pero siempre ha girado, prácticamente, entorno a lo mismo o a lo vano o a lo enigmático e incognoscible. Ciertamente que tampoco ha sido menor la influencia de la mitología y la teología sobre ella, quien le ha inyectado sus nociones y creencias, a pesar suyo en la mayoría de los casos. La cuestión es que Ella bien se ha dejado infectar y, lo que es más, ha retocado y secularizado muchos de los conceptos de aquella y los ha utilizado a su antojo, esto es, según aquello que pretendía explicar, según su conveniencia –pero esos conceptos, válidos en muchos sistemas y pensadores contemporáneos, ya huelen a carne podrida... La Filosofía, no nos dejemos engañar por las apariencias, no ha caminado jamás, independientemente, por el mundo, a pesar de esos aires de heteronomía falsa con la que se ha querido presentar casi siempre. Desde los fantasmas de los mitos hasta de los inventados por las ciencias más rigurosas, ha dejado colar en sí elementos extraños y quiméricos.
Es necesario, y la necesidad se vuelve para Nietzsche evidencia ante una humanidad enceguecida, que una nueva época debe advenir, a fin de dejar atrás a la afectada cultura occidental, plagada de convicciones, creencias, valores y cosmovisiones judeocristianas. Y para esta tarea de edificación ha decidido convocar, hacer retornar, desde el ingenuo pasado, a un personaje misterioso (del siglo VII ? a. C.), a un místico y maestro oriental, que existió antes y transitó por otra vereda que los transvaloradores judeocristianos: Zaratustra, quien ha devenido en su pluma el mensajero más auténtico del superhombre. El bien y el mal, y con ellos toda moral, lo verdadero y lo falso (junto con lo objetivo y lo subjetivo), y con ellos toda gnoseología, el ser y la apariencia, y con ellos toda metafísica; los valores y el poder, el conocimiento y el instinto (de logizar y edificar verdad), Dios y el hombre; y con ellos toda teología y antropología han sido blancos de su crítica. El origen (génesis) de tantos ídolos ha intentado poner al descubierto... que algunos le han dado, por su tarea distintiva, el nombre de genealogista. Filólogo, exegeta, teólogo, poeta, filósofo, psicólogo, y más, ha sido este alemán de genio singular, que trató de plasmar en todas sus obras, de una u otra forma, su hallazgo capital. En efecto, el gran motor de todas las creaciones arriba mencionadas no ha sido sino el afán de (imponer la) voluntad de poder. Éste es para Nietzsche el instinto originario e incallable de vida que origina, paradojalmente, todos los conocimientos y valores (verdades y patrones de conductas) habidos hasta el presente. Con el tiempo y el ejercicio de esta fuerza que se hace más poderosa cuando es asumida como tarea por un determinado Pueblo, la prepotencia del instinto de supervivencia se refina y “civiliza” hasta convertirse en Filosofía, en Saber, en Cosmo-Visión. Pero él lo sabe: aquella no es más que voluntad de poder o, a su decir, voluntad de verdad, de imposición de una perspectiva aceptada y tomada como válida.
(Para Nietzsche) el “universo” es un caos logizado por la raza humana. El “hombre” no es más que una especie civilizada. El “lenguaje” es un invento que no es mucho más que portador de una cultura. La “cultura” no es más que una idiosincrasia histórica en continuo devenir que algunos se esmeran en perpetuar, pero que pasa, y junto con ella sus valores y saberes. El “mundo o realidad” está en continuo devenir, y no existe sino sólo la aprehensión del devenir, del acontecer. Aquello que llamamos “ser” no es sino la abstracción y fijación de una cosa que no cesa de acontecer de modo dinámico. La “verdad” es una perspectiva que ha sido aceptada, y previamente propuesta o impuesta. El “pecado” es la noción forjada por las religiones para manipular las conciencias. El “bien” es aquello con lo que los teólogos, mitólogos o moralistas quieren orientar las acciones de los hombres. Lo “objetivo”, si cabe, es incognoscible por el “sujeto” que se halla en una esfera totalmente distinta de aquello… Y así todo ha sido estipulado, creado, tergiversado, inventado por el hombre en contra de su “más genuina naturaleza”, que es instintiva, que se manifiesta en el instinto de vida, y que está, de suyo, más allá del bien y del mal.
La conclusión es que nos ha engañado, nos han inventado y hecho vivir en un mundo ficticio, y que nos ha hecho esclavos. Por eso es que debemos despojarnos de una vez por todas de todo signo de esclavitud y animarnos a ser libres –lo que en Nietzsche significa dejarse arrastrar y obrar consecuentemente por nuestro instinto espontáneo de vida. En efecto, no hay sino leyes que coaccionan nuestro obrar (cuya creación es una prueba más a favor de la necesidad de la supervivencia de esta especie a la que pertenecemos) individualmente. Pero, para el resto de las cosas, libertad… Y, desde ya, nada de culpas. En efecto, la “culpa” ha sido desenmascarada en la genealogía de la moral, y ha sido presentada como la más grande (y atroz, dañina) invención de la religión, es su (maldita) presencia escondida en las conciencias, es su palanca, su causa de coacción interior que muchos quieren declarar “natural”, pero que nos ha sido convidada por la tradición –de ella también debemos liberarnos poco a poco.
Nietzsche, contra lo que muchos lectores superficiales sostienen, es un pensador a favor de la vida, pero extremadamente áspero, por estar irritado profundamente con todos aquellos que, a lo largo de los siglos, le han quitado al hombre la posibilidad de superarse, de vivir, de “encarnar” sus pulsiones, pulsaciones o deseos. Por eso su nihilismo y conato obstinado de reducir a “nada” (nihil), a puros escombros, lo que era considerado todo por todas las ciencias y disciplinas humanas hasta su presente. Y todo con el fin de ayudar al hombre a alcanzar una “vida nueva”, pero ya sin valores ajenos sino con valores creados por uno y para uno, que sirvan de soportes provisorios del obrar espontáneo conveniente con la Voluntad de Vida que nos empuja hacia delante, con tanta fuerza, que nos obliga a abandonar todo lo que no “somos” nosotros; aquello en lo que “nos han” transformado…
Prof. Pablo H. Bonafina
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