Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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EL JESÚS Y LOS EVANGELIOS

(Extractos literales de EL ANTICRISTO)

 Friedrich Nietzsche

 

              Lo que a mí me interesa es el tipo psicológico del redentor. Ese tipo podría estar contenido, en efecto, en los evangelios, a pesar de los evangelios, aun cuando muy mutilado o sobrecargado con rasgos extraños: como el de san Francisco de Asís está contenido en sus leyendas, a pesar de ellas. No la verdad acerca de lo que él hizo, de lo que él dijo, de la manera como en realidad murió: sino el problema de si su tipo es todavía imaginable en absoluto, si está ‘transmitido’ […] (Parágrafo 29)

             He dado por anticipado mi respuesta al problema. El presupuesto de esa respuesta es que el tipo del redentor no nos ha sido conservado más que en una gran desfiguración. Ésta tiene en sí mucha verosimilitud: por múltiples razones tal tipo no podía permanecer puro, íntegro, libre de añadidos. En él tienen que haber dejado huellas tanto el milieu [medio] en que esa figura se movió como también, aun más, la historia, el destino de la primera comunidad cristiana: partiendo de ese destino, el tipo fue enriquecido de manera retroactiva con rasgos que sólo son comprensibles desde la guerra y las finalidades de la propaganda. Aquél mundo raro y enfermo en el que los evangelios nos introducen –un mundo que se diría salido de una novela rusa, en el cuál parecen darse cita los deshechos de la sociedad, las dolencias nerviosas y un idiotismo ‘infantil’– tiene en todo caso que haber vuelto más grosero el tipo: los primeros discípulos en especial, para llegar a comprender algo de él, tradujeron primero a su propia crudeza un ser que flotaba totalmente en símbolos e inaprehensibilidades, –para ellos el tipo sólo estuvo presente después de ser uniformado dentro de formas más conocidas… El profeta, el mesías, el juez futuro, el maestro de moral, el taumaturgo […] No infravaloremos, por fin, lo proprium [peculiaridad!] de toda veneración grande, principalmente sectaria: ésta borra del ser venerado los rasgos e idiosincrasias originales, a menudo penosamente extraños –ni siquiera los ve […] Justo la tradición tendría que haber sido fiel y objetiva […] De momento se abre una contradicción entre el predicador de la montaña, del mar y de los prados, cuya aparición produce el efecto de un Buda en un terreno muy poco indio, y aquél fanático del ataque, aquel enemigo mortal de teólogos y sacerdotes […] Yo mismo no dudo de que esa abundante cantidad de bilis (e incluso de espirit [ingeniol]) ha sido trasvasada al tipo del maestro a partir únicamente del excitado estado de propaganda cristiana: de sobra es conocida, en efecto, la falta de escrúpulos de todos los sectarios para componerse su propia apología a partir de su maestro. Cuando la comunidad primitiva tuvo necesidad, contra los teólogos, de un teólogo juzgador, litigante, colérico, maliciosamente sutil, se creó su ‘Dios’ de acuerdo con sus necesidades: de igual modo que, sin la menor vacilación, colocó también en su boca aquellos conceptos completamente ajenos al evangelio de lo que ahora ella no podía prescindir, el ‘retorno’, el ‘juicio final’, toda especie de expectación y promesas temporales.- (Parágrafo 31)

             Yo me opongo, dicho una vez más, a que el fanático sea introducido en el tipo del redentor […] Con cierta tolerancia en la expresión se podría llamar a Jesús un ‘espíritu libre’ –ninguna cosa fija importa: la palabra mata, todo lo que está fijo mata. El concepto, la experiencia ‘vida’, única que él conoce, se opone en él a toda especie de palabra, fórmula, ley, fe, dogma. Él habla meramente de lo más íntimo: ‘vida’ o ‘verdad’ o ‘luz’ son sus palabras para designar lo más íntimo, –todo el resto, la realidad entera, la naturaleza entera, el lenguaje mismo no tienen para él más valor que un signo, un símbolo. –En éste lugar no es lícito en modo alguno equivocarse, aun cuando sea muy grande la seducción que hay en el prejuicio cristiano, quiero decir, eclesiástico: semejante simbolismo par excellence está fuera de toda religión, de todos los conceptos del culto, de toda experiencia del mundo, de todos los conocimientos, de toda política, de toda psicología, de todos los libros, de todo arte –su ‘saber’ es justo la tontería pura en lo referente a que algo así exista. (Parágrafo 32)  

             […] Que la humanidad esté postrada de rodillas ante la antítesis de lo que fue el origen, el sentido, el derecho del evangelio, que haya canonizado en el concepto de ‘Iglesia’ justo aquello que el ‘buen mensajero’ sentía por debajo de sí, por detrás de sí –en vano se buscará una forma mayor de ironía histórico universal… (Parágrafo 36)

             […] Es evidente que la pequeña comunidad no entendió precisamente lo principal, lo ejemplar en ese modo de morir, la libertad, la superioridad sobre todo sentimiento de ressentimient: –¡signo de cuán poco de él llegó a entender! En sí Jesús no pudo querer con su muerte otra cosa que dar públicamente la prueba más fuerte, la demostración de su doctrina… Pero sus discípulos estaban lejos de perdonar esa muerte, –lo cuál habría sido evangélico en el sentido más alto; y menos todavía de ofrecerse a una muerte idéntica, con una suave y afable calma de corazón… Fue justo el sentimiento menos evangélico de todos, la venganza, el que de nuevo se impuso […] (Parágrafo 40)

             […] Se inventó una historia del cristianismo primitivo. Aún más: falsificó otra vez la historia de Israel, para que apareciese como la prehistoria de su acción: todos los profetas han hablado de su ‘redentor’… Más tarde la Iglesia falseó incluso la historia de la humanidad, convirtiéndola en prehistoria del cristianismo… El tipo del redentor, la doctrina, la práctica, la muerte, el sentido de la muerte, incluso el después de la muerte– nada quedó intacto, nada continuó siendo siquiera parecido a la realidad… (Parágrafo 42)

             Los evangelios no tienen precio como testimonio de la ya incontenible corrupción existente dentro de la primera comunidad […] La humanidad entera, incluso las mejores cabezas de las mejores épocas – (exceptuando uno solo, que quizás sea un simple monstruo–) se han dejado engañar […] Es preciso no dejarse llevar al engaño: ‘No juzguéis!’, dicen, pero ellos mandan al infierno todo aquello que los estorba. Al hacer que Dios juzgue, son ellos mismos los que juzgan, se glorifican a sí mismos […] Léanse los evangelios como libros que ejercen seducción con la moral: la moral queda confiscada por esas gentecillas, ¡ellas saben cuánta importancia tiene la moral! ¡Con la moral es con lo que mejor se lleva a la humanidad por la nariz! (Parágrafo 44)

             –¿Qué se sigue de ésto? Que uno hace bien en ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La cercanía de tanta suciedad casi compele hacerlo. (Parágrafo 46)   

 

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