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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
LA NATURALEZA DEL HOMBRE Y “DIOS” [1] Friedrich Nietzsche
Nosotros hemos trastrocado lo aprendido. Nos hemos vuelto más modestos en todo. Al hombre ya no lo derivamos del «espíritu», de la «divinidad», hemos vuelto a colocarlo entre los animales. El es para nosotros el animal más fuerte, porque es el más astuto: una consecuencia de esto es su espiritualidad. Nos defendemos, por otro lado, contra una vanidad que también aquí quisiera volver a dejar oír su voz: según ella el hombre habría sido la gran intención oculta de la evolución animal. El hombre no es, en modo alguno, la corona de la creación, todo ser está, junto a él, a idéntico nivel de perfección... Y al aseverar esto, todavía aseveramos demasiado considerado de modo relativo, el hombre es el menos logrado de los animales, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos, desde luego, con todo esto, también el más interesante! –En lo que se refiere a los animales, Descartes fue el primero que, con una audacia digna de respeto, osó el pensamiento de concebir el animal como una machina: nuestra fisiología entera se esfuerza por dar una demostración de esa tesis. Nosotros, lógicamente, no ponemos aparte tampoco al hombre, como todavía hizo Descartes: lo que hoy se ha llegado a entender del hombre llega exactamente hasta donde se lo ha entendido como una máquina. En otro tiempo al hombre se le daba, como dote suya procedente de un orden superior, la «voluntad libre» –hoy le hemos quitado incluso la voluntad, en el sentido de que ya no es lícito entender por ella una facultad. La vieja palabra «voluntad» sirve únicamente para designar una resultante, una especie de reacción individual que sigue necesariamente a una muchedumbre de estímulos en parte contradictorios, en parte concordantes: –la voluntad ya no «actúa», ya no «mueve»... En otra tiempo veíase en la consciencia del hombre, en el «espíritu», la prueba de su procedencia superior, de su divinidad; para hacer perfecto al hombre se le aconsejaba que, al modo de la tortuga, retrajese dentro de sí los sentidos, interrumpiese el trato con las cosas terrenales, se despojase de su envoltura mortal: entonces quedaba lo principal de él, el «espíritu puro». También sobre esto nosotros hemos reflexionado mejor: el cobrar-consciencia, el «espíritu», es para nosotros cabalmente síntoma de una relativa imperfección del organismo, un ensayar, tantear, cometer errores, un penoso trabajo en el que innecesariamente se gasta mucha energía nerviosa, –nosotros negamos que se pueda hacer algo de modo perfecto mientras se lo continúe haciendo de modo consciente. El «espíritu puro» es una pura estupidez: si descontamos el sistema nervioso y los sentidos, la «envoltura mortal», nos equivocamos en la cuenta –¡nada más! ...
Ni la moral ni la religión tienen contacto, en el cristianismo, con punto alguno de la realidad. Causas puramente imaginarias («Dios», «alma», «yo» «espíritu», «la voluntad libre» –o también «la no libre»); efectos puramente imaginarios («pecado», «redención», «gracia», «castigo», «remisión de los pecados»). Un trato entre seres imaginarios («Dios», «espíritus», «almas»); una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica; completa ausencia del concepto de causas naturales); una psicología imaginaria (puros malentendidos acerca de sí mismo, interpretaciones de sentimientos generales agradables o desagradables, de los estados del nervus sympathicus [nervio simpático], por ejemplo, con ayuda del lenguaje de signos de una idiosincrasia religioso-moral, –«arrepentimiento», «remordimiento de conciencias, «tentación del demonio», «la cercanía de Dios»); una teología imaginaria «el reino de Dios, el juicio final la vida eterna). -Este puro mundo de ficción se diferencia, con gran desventaja suya, del mundo de los sueños Por el hecho de que este último refleja la realidad, mientras que aquél falsea, desvaloriza, niega la realidad. Una vez inventado el concepto «naturaleza» como anticoncepto de «Dios», la palabra para decir «reprobable» tuvo que ser «natural», –todo aquel mundo de ficción tiene su raíz en el odio a lo natural (–¡la realidad!–), es expresión de un profundo descontento con lo real... Pero con esto queda aclarado todo, ¿Quién es el único que tiene motivos para evadirse, mediante una mentira, de la realidad? El que sufre de ella. Pero sufrir de la realidad significa ser una realidad fracasada... La preponderancia de los sentimientos de displacer sobre los de placer es la causa de aquella moral y de aquella religión ficticias: tal preponderancia ofrece, sin embargo, la fórmula de la décadence...
Una crítica del concepto cristiano de Dios obliga a sacar idéntica conclusión. -Un pueblo que continúa creyendo en sí mismo continúa teniendo también su Dios propio. En él venera las condiciones mediante las cuales se encumbra, sus virtudes, -proyecta el placer que su propia realidad le produce, su sentimiento de poder, en un ser al que poder dar gracias por eso. Quien es rico quiere ceder cosas; un pueblo orgulloso necesita un Dios para hacer sacrificios... Dentro de tales presupuestos la religión es una forma de gratitud. Uno está agradecido a sí mismo: para ello necesita un Dios. –Tal Dios tiene que poder ser útil y dañoso, tiene que poder ser amigo y enemigo, –se lo admira tanto en lo bueno como en lo malo. La antinatural castración de un Dios para hacer de él un Dios meramente del bien estaría aquí fuera de todo lo deseable. Al Dios malvado se lo necesita tanto como al bueno; la propia existencia no la debe uno, en efecto, precisamente a la tolerancia, a la filantropía... ¿Qué importaría un Dios que no conociese la cólera, la venganza, la envidia, la burla, la astucia, la violencia?, ¿al que tal vez no le fuesen conocidos ni siquiera los deliciosos ardeurs [ardores] de la victoria y de la aniquilación? A tal Dios no se lo comprendería: ¿Para qué se debería tenerlo? Ciertamente: cuando un pueblo se hunde; cuando siente desaparecer de modo definitivo la fe en el futuro, su esperanza de libertad; cuando cobra consciencia de que la sumisión es la primera utilidad, de que las virtudes de los sometidos son las condiciones de conservación, entonces también su Dios tiene que transformarse. Ese Dios vuélvese ahora un mojigato, timorato, modesto, aconseja la «paz del alma», el no-odiar-más, la indulgencia, incluso el «amor» al amigo y al enemigo. Ese Dios moraliza constantemente, penetra a rastras en la caverna de toda virtud privada, se convierte en un Dios para todo el mundo, se convierte en un hombre privado, se convierte en un cosmopolita... En otro tiempo representó un pueblo, la fortaleza de un pueblo, todas las tendencias de agresión y de sed de poder nacidas del alma de un pueblo: ahora es ya meramente el Dios bueno... De hecho, no hay ninguna otra alternativa para los dioses: o son la voluntad de poder –y mientras tanto serán dioses de un pueblo– o son, por el contrario, la impotencia de poder –y entonces se vuelven necesariamente buenos...
EL ANTICRISTO. Maldición sobre el cristianismo, § 14,15 y 16.Alianza Editorial, Madrid, 1999. Pág. 43-47. Trad. Andrés Sánchez Pascual. * El título principal no pertenece al texto original de Nietzsche ni a su Traductor.
[1] NOTA ACLARATORIA. A diferencia de la “Antropología clásica”, Nietzsche sostiene que la naturaleza humana es –al igual que la de cualquier animal superior– carente de aquella “dimensión espiritual” que tratan de atribuirle desde hace siglos, sobre todo desde el judeo-cristianismo hasta todos los filósofos “cristianizados” o infectados, a su decir, por ésta doctrina. En efecto, es “en” el “espíritu” en donde hacían reposar los filósofos a “la libertad”. Pero para él dicha libertad no existe. Lo que ha sucedido es que el hombre, con una naturaleza psíquica más evolucionada, se ha inventado ficciones, resultados de su capacidad imaginativa y de su instinto: creó dioses, espíritus, valores, ideales, conciencia, etc. Así, el instinto humano inventó “realidades” inexistentes, tales como lo son el alma y la libertad. Ahora bien, para Nietzsche, entre “espiritualidad” y “instintualidad” no hay diferencia, la hay para aquellos que ratifican la existencia de “un soporte” o fuente de la libertad o espíritu. Por eso, propone, en los parágrafos que siguen, abandonar la creencia en la existencia de una “voluntad libre” e invenciones similares que no son sino el resultado de las necesidades humanas –necesidades que ya no existen, aunque se sigan considerando “verdaderas”, y que es hora de comenzar ya a “tras-tornar”, lo que implica: descubrir, desenmascarar y, finalmente, eliminar. [P. B.]
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