|
Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
NOTA PRELIMINAR
Mi experiencia docente me ha enseñado que a algunas personas les resulta sumamente difícil considerar algunos textos de Friedrich Nietzsche a causa de la difundida versión de que ellos han sido tomados como “fuente de inspiración” del antisemitismo alemán; especialmente por él, de quien se cree que devino, como es de harto conocimiento, una de las mayores aberraciones de la historia tal como fue el holocausto judío. Personalmente, me es difícil pensar en un Nietzsche “ideólogo del nazismo” pues él ha sido “sólo un filósofo”, sin desconocer el alcance de ésta afirmación.
Ante que nada hay que decir que aquellos que afirman que “Nietzsche es un nazi” incurren en un grave error y anacronismo, que se agudiza con la consecuente aseveración: “Él es co-responsable de la magna acción genocida”. En efecto, quienes así piensan manifiestan desconocer del todo el sustrato “ideológico-filosófico” del pensador alemán que se va revelando en las lecturas continuas de todas sus obras.
Por eso, hay que comenzar afirmando que Nietzsche adhiere al evolucionismo hasta sus últimas consecuencias. Esto es: sostiene que el hombre es un animal evolucionado. Y que la especie humana, como toda especie animal, se “debilita” con la cruza y la mezcla. Por eso, y desde esta perspectiva, se pronuncia a favor del mantenimiento de una “raza pura”, pues cree que en ella se da una “fuerza”, y una “autenticidad” mayor que en las demás. No es un planteo “racista” en sentido estricto, sino biológico-antropológico, y hasta fisiológico y genético, en cierto sentido, que, no obstante, incluye esta “dimensión espiritual” o cultural del animal humano. Por eso sostiene, desde esta convicción, que no es bueno que una “cultura pura”, genuinamente humana, se infecte con elementos religiosos y morales procedentes de otros pueblos.
Por otro lado, al afirmar que el hombre es un animal, afirma que posee características elementales símiles: instintos, brutalidad, irracionalidad, rivalidad, instinto de lucha por la subsistencia, etc. Y esto, guste o no a quien lo lea, es –para él– inevitable. Por más que se trate de “sociabilizar” al hombre seguirá siendo lo que es. Eso sí, en la raza humana, además de los instintos animales, se dan otros análogos a aquellos, tal como son los propios de su organismo más evolucionado, el instinto de verdad y la voluntad de poder, que va adquiriendo diversas máscaras. El animal lucha por su territorio y presa, el hombre por su propiedad e imposición de su perspectiva. Y también aquí gana el más fuerte, el que mayor voluntad de poder logra imponer. Y esto es lo que llaman “Humanidad”: animalidad “refinada”, que él aborrece, por falsa.
Entre los animales superiores de diversas y de una misma especie existen diferencias “de ánimo”, de temple, por decir de algún modo, según las fuerzas de cada uno. Pues cada uno hace valer su fuerza, su poder, y eso hace que en el reino animal no sea posible la igualdad. Ahora bien, desde esta consideración, Nietzsche sostiene que no existe igualdad entre los hombres, y que pretender haberla es algo “antinatural”. Somos diferentes, no sólo genéticamente, sino “en poder”, en fuerza, en posibilidades, y eso, no puede perderse de vista. Por más igualdad que se pretenda inventar, siempre habrá quienes impongan su fuerza y su poder. De modo, que somos iguales porque un grupo de poder lo ha decidido, pero esto es falso. Y el filósofo quiere terminar con toda falsedad.
Ahora bien, yendo a otro punto medular, tal como lo es el conflicto y desprecio de Nietzsche hacia el judeocristianismo, tenemos que decir que se trata de una cuestión teológica y filosófica (y moral), para enmarcarlo en un ámbito diferente al habitual. En efecto, es él anti-cristo, anti-semita; más precisamente, un anti-religioso, y anti-filosófico, anti-moral y anti-metafísico, pues es un crítico de toda la cultura occidental integral, y de sus fundamentos. Por otro lado, la creencia de la superioridad de la “raza germana” es una cuestión alemana y de aquellos tiempos, asunto trascendente al filósofo –aunque parezca cierto que Alemania toda se creyó, por entonces, superior al resto de las culturas. Pero, en lo que a nuestro filósofo concierne, tendríamos que ponerlo, incluso, en otra dirección, pues se confiesa anti-razista y más aun, según sus palabras, del todo desconocidas e injustamente desatendidas: “Estamos muy lejos de ser lo bastante alemanes, en el sentido corriente en que se utiliza hoy esta palabra, para convertirnos en voceros del nacionalismo y del odio racial, para regocijarnos con esa infección nacionalista por la que hoy los pueblos de Europa se atrincheran unos contra otros y se acuartelan. Somos demasiado desenvueltos para eso, demasiado maliciosos, demasiado mimados, pero también demasiado prevenidos, hemos ‘viajado’ demasiado… Nos sentimos poco inclinados a tomar parte en ese exceso y en ese engaño que es la autoidolatría racial que hoy se exhibe en Alemania como distintivo de las virtudes alemanas…” LA GAYA CIENCIA, § 377.
Si volvemos al carácter “demoledor” de su doctrina, quien está a acostumbrado a leer a los grandes pensadores ya toma como natural esa veta dogmática e intransigente con aquello que ellos consideran falso o contrario a sus propias creencias o teorías. De todos modos, algunas de sus afirmaciones resultan, para muchos, violentas (no es el caso del gran psiquiatra Víctor Frankl, por ejemplo, quien lo leyó y citó, a pesar de haber estado en un campo de concentración nazi, y de tantos genios judíos que supieron leer su crítica en sus justos términos).
Pero esta nota no es, de ningún modo, una apología del antisemitismo sino una introducción para poder abordar los párrafos que siguen con una mirada adecuada, y brindar algunas palabras paradigmáticas de su pensamiento, y poder llegar, de este modo, al núcleo de su crítica a la religión judía, la responsable, para él, de trastornar todos los valores en detrimento de la libertad del impulso de vida, de la famosa voluntad de poder, y a favor de una moral esclavizadora del hombre y sus instintos.
Prof. Pablo H. Bonafina
* * *
LA REBELIÓN DE LOS ESCLAVOS EN LA MORAL Según Friedrich Nietzsche
Los judíos –un pueblo “nacido de la esclavitud”, como dice Tácito [cfr. HISTORIAS, V, 8] y todo el mundo antiguo, “el pueblo elegido de entre los pueblos” [cfr. Salmo 105:43] como dicen y creen ellos mismos– los judíos han llevado a efecto aquel prodigio de inversión de los valores gracias al cuál la vida en la tierra ha adquirido, para unos cuantos milenios, un nuevo y peligroso atractivo; –sus profetas han fundido, reduciéndolas a una sola, las palabras “rico”, “ateo”, “malvado”, “violento”, “sensual”, y han transformado por vez primera la palabra “mundo” en una palabra infamante. En esa inversión de los valores (de la que forma parte el emplear la palabra “pobre” como sinónimo de “santo” y “amigo”) reside la importancia del pueblo judío: con él comienza la rebelión de los esclavos en la moral.
MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, Sección V, § 195.
La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se vuelve creador y engendra valores: el resentimiento de aquellos seres a quienes les está vedada la auténtica reacción, la reacción de la acción, y que se desquitan únicamente con una venganza imaginaria. Mientras que toda moral noble nace de un triunfante sí dicho a sí mismo, la moral de los esclavos dice no, ya de antemano, a un “fuera”, a un “otro”, a un “no-yo”; y ese no es el que constituye su acción creadora. Esta inversión de la mirada que establece valores –este necesario dirigirse hacia fuera en lugar de volverse hacia sí– forma parte precisamente del resentimiento: para surgir, la moral de esclavos necesita siempre primero de un mundo opuesto y externo, necesita, hablando fisiológicamente, de estímulos exteriores para poder en absoluto actuar, –su acción es de raíz reacción. Lo contrario ocurre en la manera noble de valorar: ésta actúa y brota espontáneamente, busca su opuesto tan solo para decirse a sí a sí misma con mayor agradecimiento, con mayor júbilo […]
LA GENEALOGÍA DE LA MORAL, Tratado I, § 10.
|