Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LO QUE DENOMINAMOS “YO”

Friedrich Nietzsche (1881)

 

 

            El lenguaje y los prejuicios sobre los que éste se apoya, impiden muchas veces profundizar en el estudio de los fenómenos internos y de los impulsos, habida cuenta de que sólo disponemos de palabras para designar los grados superlativos de tales procesos e impulsos; pero de este modo nos hemos acostumbrado a no observar con exactitud allí donde carecemos de palabras, ya que sin ellas resulta extraordinariamente difícil discurrir con precisión. En otras épocas hasta se llegó a pensar que donde acaba el reino de las palabras terminaba también el de la existencia. Las palabras “ira”, “amor”, “compasión”, “deseo”, “conocimiento”, “alegría”, “dolor”, son términos que hacen referencia a situaciones extremas: los grados más mesurados e intermedios, por tanto, se nos escapan, y no digamos ya los grados inferiores que están en juego constantemente, aunque son los que precisamente tejen la tela de nuestro carácter y de nuestro destino. Esas manifestaciones extremas –e incluso el placer y desagrado más moderados de los que somos conscientes al degustar una comida, o al oír un sonido, forman parte, quizás, según una apreciación correcta, de estas irrupciones extremas– desgarran la tela y constituyen violentas manifestaciones, la mayoría de las veces como resultado de represiones. –¡A cuántos errores conducen éstas al observador y no en menor medida al hombre que realiza una acción! Ninguno de nosotros es tal como aparece según los estados para los que únicamente tenemos conciencia y palabras –por consiguiente, censura y alabanza. –Con arreglo a esas burdas manifestaciones, las únicas que conocemos, nos desconocemos a nosotros mismos; sacamos conclusiones a partir de un material en el que las excepciones superan a la regla; nos leemos mal en ese deletreo aparentemente sencillo de nuestro yo. Ahora bien, nuestra opinión sobre nosotros mismos, que nos hemos formado por esta vía falsa, el llamado “yo”, trabaja desde ese momento en la construcción de nuestro carácter y de nuestro destino. 

 

 

EL MUNDO DESCONOCIDO DEL “SUJETO”

 

            –¡No hay nada que le resulte más difícil de conocer al hombre, desde los tiempos más remotos hasta hoy, que el desconocimiento que tiene de sí mismo, y no sólo respecto al bien y al mal, sino también respecto a algo mucho más esencial! De acuerdo con una vieja ilusión, creemos saber con toda exactitud cómo se produce una acción humana en todos los casos posibles. No sólo “Dios, que ve en el fondo de los corazones”, y el hombre que ve y reflexiona sobre su acción –no, tampoco cualquier otra persona ajena pone en duda el hecho de comprender la esencia del proceso de la acción llevada a cabo por cualquier otro. “Yo sé lo que quiero, lo que he hecho, yo soy libre y responsable de ello, yo hago a los demás responsables, puedo designar todas las posibilidades morales, todos los movimientos internos que preceden una acción, ustedes pueden actuar como quieran– en este terreno yo me comprendo a mí mismo y los comprendo a todos los demás”. Así se pensaba antes y así se piensa ahora. Sócrates y Platón, que en esta cuestión se mostraron como grandes incrédulos y como admiradores innovadores, fueron, sin embargo, ingenuamente crédulos en lo relativo a este nefasto prejuicio: el profundo error de pretender que “al conocimiento recto tiene que seguir necesariamente la acción recta”. –A causa de este principio todos los hombres heredaron la locura y la presunción habituales de suponer que existe el conocimiento de la esencia de una acción. “Sería, en efecto, terrible que a la comprensión del acto recto no siguiera la acción recta correspondiente” –esto supone la única forma en la que esos grandes hombres consideraron necesario mantener ese pensamiento; lo contrario les parecía un acto impensable y absurdo –¡y, sin embargo, lo contrario es, precisamente, lo que corresponde a la verdad desnuda, tal como ésta aparece diaria y constantemente, desde tiempo inmemorial! ¿No es así una verdad “terrible” que precisamente lo que podamos saber de una acción no sea nunca suficiente para llevarla a cabo? ¿Que hasta hoy no se haya podido explicar en ningún caso el puente que va del entendimiento de una acción a la realización de la misma? ¡Las acciones no son nunca lo que parecen! Nos ha costado mucho llegar a aprender que las cosas exteriores no son como nos parecen –¡pues bien, lo mismo sucede con el mundo interno! Las acciones morales no son, en realidad, “algo diferente” –eso es todo lo que podemos decir–; y todas las acciones nos son, esencialmente, desconocidas. Sin embargo, la creencia habitual es y sigue siendo la contraria; en contra nuestro está el más inveterado realismo. Hasta hoy la humanidad ha venido creyendo que “una acción es como nos parece que es” (Al releer estas palabras, me viene a la memoria un pasaje muy significativo de Schopenhauer, que quiero citar como ejemplo de que él también seguía aferrado, sin el más mínimo escrúpulo, a este realismo moral: “cada uno de nosotros somos, en realidad, un juez moral, competente y perfecto, que conoce con exactitud el bien y el mal, santos por amar el bien y aborrecer el mal –pero cualquiera siempre y cuando no se trate de nuestras propias acciones, sino de las ajenas, en tanto sólo tengamos que aprobarlas o desaprobarlas y mientras recaiga sobre los hombros de otro la carga de su realización. Por esta razón, cada uno puede cumplir, como confesor, el papel de Dios”).

 

 

AURORA. Pensamientos sobre los prejuicios morales, § 115 y 116.

 

 

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