Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LA MÍSTICA NIETZSCHEANA

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

 

                    

           El título original de éste breve ensayo iba a ser “espiritualidad nietzscheana”, pero muy prontamente advertí que Friedrich Nietzsche sentiría náuseas con tan solo leer el título –pues, para él, el “espíritu” es una de las tantas ideas auxiliares o solidarias de la moral judeocristiana, instrumento de la Voluntad de Verdad, de Poder o Dominio”. Por eso prefiero en éste contexto hablar de “mística”, y desde aquí tratar de presentar algún aspecto de su interpretación de la Realidad, del Devenir Universal.

 

En efecto, mística” fue lo que encontró Nietzsche en la antigua religión oriental persa, de la que, en un momento, fue un símbolo Zaratustra (o Zoroastro, como también se lo llamaba) y también en el pensamiento filosófico más genuino, tal como fue considerado por el filósofo-psicólogo, el pensamiento del filósofo Heráclito de Éfeso (Asia Menor). De éste último extrajo las ideas del Cosmos en continuo devenir, del lógos, que es el devenir mismo, y del eterno retorno. [ En cuanto a Zaratustra, notemos que de él quiso hacer una rectificación en su evangelio. Y si bien aquel profeta no estuvo infectado por el JudeoCristianismo, no obstante tal como lo reconoce en ECCE HOMO terminó fundando una religión, una moral (o una moral religiosa o religiosa moral). A causa de este hecho fundacional que percibe el filósofo y teólogo, asume la tarea de renovar la antigua “religiosidad” desde el Profeta mismo de la que procedió: va a la fuente (se convierte en la voz del profeta) para brindar a los hombres que quieran superarse a sí mismos un nuevo manantial místico y sotereológico. ]

 

            Considerar a la realidad misma como inexistiendo es el punto de partida de la cosmovisión nietzscheana. Y aprehenderla en su dinamismo, esto es, en su devenir, es la única posibilidad y perspectiva posible –aunque las perspectivas sean tantas como las interpretaciones del Devenir mismo. En efecto, es evidente que el Universo está en continuo devenir, y nada puede decirse que no sea provisorio y haya que contradecir al tiempo, pues lo que se dice cosifica el objeto de lo que se expresa, y sucede que esto, en cuanto se pronuncia, ya devino otra cosa… Por lo tanto, imposible pronunciar más que interpretaciones del acontecer (y no del “ser”), que no es sino un término para designar al Devenir mismo –por lo que el “ser” no resulta ser más que el viento…

 

            El hombre forma parte del Devenir Universal, y éste, en forma cíclica, nos muestra todo volviendo a ser lo mismo… El “eterno retorno” es el manifiesto contra la logización y “metafisicación” de una realidad que no responde al lenguaje precario de los que pretenden apresar lo inasible, esto es: lo que deviene y fluye, lo único verdadero.

 

            La libertad es una ficción de la conciencia para nada genuina y consecuente con la naturaleza humana; es el invento del hombre moral, una tesis que pide su antítesis, su negación: la responsabilidad, que se resuelve en la culpa, y que encuentra su síntesis… Con la culpa el hombre moral ha encontrado el modo más eficaz para manipular a su especie. Pero no es más que otra treta del hombre decadente; una ficción que es preciso abandonar para comenzar con la tarea de liberación… La libertad no existe, y de la afirmación de su existencia hay que libertar a la Humanidad engañada.

 

            La “naturaleza humana”, término que utilizaremos de modo provisorio, es “una”… y la misma: “Sí-mismo”, Cuerpo, Instintos, Voluntad, Querer, Un impulso de vida que la moral ha querido complementar con otro polo dialéctico: el alma o espíritu, a fin de dominar a éste, y quitarle su espontaneidad, su “animalidad”, su naturalidad, lo único que de genuino hay en ella, y que se ha considerado, hasta el día de hoy, necesario reprimir, gobernar u “ordenar”, a fin de convertirnos en hombres buenos”.

 

            De Sócrates a Kant (paso especial por Aristóteles), en filosofía, no ha habido más que cosificación de lo aprehendido en su devenir. De Zoroastro o Zaratustra a Lutero (paso especial por el Judeo-Cristianismo) no ha habido más que el intento de fundar religiones, morales, sistemas ficticios, con las imaginarías e ídolos más extravagantes a fin de dominar a las conciencias. Del Idealismo al Marxismo tampoco ha habido más que creación de nuevas ficciones o utopías. De los libres penseurs hasta los existencialistas inclusive no ha intentado el hombre sino creerse libre (o jugar a serlo) e intentar cargar sobre la Humanidad cargas que ellos no han podido, ni podrán jamás, mover tan siquiera con un dedo… –de ahí la “doctrina nietzschena del amor fati (amor del Destino).

 

            La Historia no es dialéctica (ni hegeliana ni marxistamente concebida) sino un Devenir… un eterno retorno de la Fuerzas de la Naturaleza hacia sí. Tan siquiera el monismo darwineano ha comprendido la marcha del Universo. La Ciencia sigue adormeciendo, como otrora las religiones, las inteligencias o conciencias con un opio nuevo, y la deja a la espera de especies superiores que advendrán en un futuro, mientras el hombre sigue pudriéndose… supurando… agonizando, al tiempo que, paradójicamente, vigoroso en su mentira, obstinado en su mundo falso construido a lo largo de los siglos, y  en el que llegó a sentirse seguro y a salvo, como en su casa –pero ese mundo que construyó está maldito, y debe huir antes de él a fin de no seguir involucionando...

 

            En fin, llamo “mística nietzscheana” a una actitud frente al DevenirUn decirle “sí” (con la totalidad de nuestra existencia) a lo que adviene, sea lo que sea, a sabiendas de que nada puede hacer el pobre individuo para torcer la Voluntad del Devenir -en efecto, ese mismo Devenir tan siquiera existe, pues se está gestando mientras tú lees ésta página. De allí la invitación de la mística nietzscheana, realizada a cada instante, a (re)interpretar todo de un modo nuevo, y a (re)significar nuestro propio devenir en la subjetividad del que es capaz de aprehenderlo en su existir inefable, inexorable e incosificable.-

 

 

Por el Prof. Pablo H. Bonafina

 

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