Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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de “ESCRITOS PÓSTUMOS”

de Friedrich W. Nietzsche

 

 

FILÓSOFOS Y FILOSOFÍA

 

            Cuando ya habían pasado los mejores tiempos de Grecia llegaron los filósofos morales; a partir de Sócrates todos los filósofos griegos son en primer lugar y en lo más profundo, filósofos morales. Esto quiere decir: buscan la felicidad –¡qué lamentable que tengan que buscarla! Filosofía: esto es desde Sócrates aquella forma suprema de inteligencia que no desatina en lo relativo a la felicidad personal. ¿Acaso ganaron mucho con esto? Cuando pienso en que el dios de Platón existe sin placer ni dolor y en que el más sabio se le aproxima: entonces no es esto sino un juicio personal; Platón experimentó el total ser-indiferente como su más grande beneficio: ¡seguramente le fue deparado muy rara vez! Aristóteles concibió su dios como puramente cognoscente, sin sentimiento alguno de amor: y él mismo tuvo seguramente sus mejores momentos cuando gozó fría y claramente (y alegremente) del voluptuoso vértigo de las más encumbradas generalidades. Sentir el mundo como sistema y esto como la cima de la felicidad humana: ¡como se delata aquí la cabeza esquemática! Y Epicuro: ¿de qué desfrutaba sino de que el dolor cesara? –ésta es la felicidad de alguien que sufre y que seguramente también está enfermo. 25[17]

 

            Lo que nos separa de Kant, así como de Platón y de Leibniz, creemos exclusivamente en el devenir, también en el espiritual; somos históricos de pies a cabeza.

 

            Este es el gran giro Lamarck y Hegel -Darwin es sólo una repercusión posterior. La forma de pensar de Heráclito y Empédocles ha resucitado. Tampoco Kant superó la contradictio in adjecto del “espíritu puro”: nosotros, sin embargo...  34[73]

 

            Hay cabezas esquemáticas, de aquellas que tienen un conjunto de pensamientos por más verdadero si se deja inscribir en esquemas o tablas de categorías previamente diseñadas. Innumerables son las formas de engañarse a sí mismo en este terreno: casi todos los grandes “sistemas” tiene aquí su lugar. El prejuicio fundamental es, sin embargo: que el orden, el carácter sinóptico, lo sistemático tendrían que ser inherentes al verdadero ser de las cosas y que, por el contrario, el desorden, lo caótico, lo imprevisible solamente se presentarían en un mundo falso o tan sólo incompletamente conocido –en una palabra, que son un error–: –lo cual es un prejuicio moral extraído del hecho de que el hombre veraz y digno de confianza suele ser un hombre del orden, de las máximas y en general previsible y pedante. Ahora bien, que el en-sí de las cosas se comporte conforme a esta receta de burócrata ejemplar es, sin embargo algo, completamente indemostrable. 40[9]

 

            Aparte de las institutrices, que aún hoy en día creen en la gramática como veritas aeterna y, por lo tanto como sujeto, predicado y objeto, nadie es hoy todavía tan inocente como para colocar a la manera de Descartes el sujeto “yo” como condición de “pienso”; antes bien, a raíz del movimiento escéptico de la filosofía moderna, es de suponer lo inverso, a saber, el pensamiento como condición tanto del “sujeto” como del “objeto”, de “substancia”, de “materia”. Lo inverso se nos ha hecho más verosímil; lo cual no es quizá sino el tipo contrario de error. Lo que es cierto es que: hemos renunciado al “alma”, y en consecuencia al “alma del mundo”, a la “cosa en sí”, al igual que a un comienzo del mundo, a una “causa primera”. El pensamiento no es para nosotros un medio para “conocer”, sino para designar, para ordenar, para hacernos manejable el acontecer para uso nuestro: así pensamos hoy sobre el pensamiento, mañana quizá pensemos de otra manera. No comprendemos ya cabalmente por qué habría de ser necesario el “comprender”, menos aún, cómo debió haber surgido; y aunque nos veamos constantemente en la necesidad de valernos del lenguaje y las costumbres del entendimiento vulgar, la apariencia de contradecirnos continuamente no dice todavía nada en contra de la legitimidad de nuestra duda. Asimismo en lo que se refiere a la “certeza inmediata” no se nos puede contentar ya tan fácilmente: todavía no vemos que haya oposición entre la “realidad” y la “apariencia”, hablaríamos antes de grados del ser –y, tal vez preferentemente, incluso de grados de la apariencia: , y aquella “certeza inmediata” v.gr. de que pensamos y de que por tanto el pensamiento tiene realidad, la correríamos aún con la duda acerca de qué grado tiene ese ser; de si no seremos como “pensamientos de Dios”, reales ciertamente, pero efímeros y aparentes como los arco iris. Y dado el caso de que existiera algo engañoso, burlón y embaucador en al esencia de las cosas, entonces ni siquiera la mejor voluntad de onmibus dubitare al estilo de Descartes, nos preservaría de caer en las trampas de esta esencia; y justamente aquel recurso cartesiano podría ser un artificio clave para que se haga burla de nosotros a fondo y se nos tome por bufones. E incluso en el caso de que, en efecto, según la opinión de Descartes, tuviésemos verdadera realidad, tendríamos que ser, en cuanto realidad, de alguna manera partícipes de aquel fondo embaucador y engañador de las cosas y de su voluntad primordial: –suficiente, “no quiero ser engañado” podría ser el recurso de una voluntad más profunda, más sutil, más básica, que quisiera precisamente lo inverso, a saber, engañarse a sí misma.

 

            In summa: hay que poner en duda que “el sujeto” pueda demostrarse a sí mismo –para ello tendría que tener precisamente un punto fijo fuera de sí, ¡y ese punto no existe! 40[20]

 

            N.B. “Se piensa: por lo tanto hay algo pensante” –a esto es a lo que apunta la argumentación de Descartes– pero no es la realidad de un pensamiento la que Descartes quería. Él quería llegar, más allá de la “imaginación”, a una susbtancia que piensa y se imagina. 40[22]

 

            Seamos más cuidadosos que Descartes el cual quedo preso en la trampa de las palabras. “Cogito”, es sin duda, una sola palabra: pero significa algo múltiple: algunos fenómenos son múltiples y nosotros echamos mano de ellos tosca y atolondradamente en la buena fe de que se trata de uno solo. En aquel famoso cogito se halla: 1) ello piensa, 2) y yo creo que soy yo el que piensa, 3) pero aun suponiendo que este segundo punto en cuanto asunto de fe se mantuviera en suspenso, aquel primer “ello piensa” contiene también una fe: a saber, que “pensar” sería una actividad a la que se le tendría que pensar además un sujeto, por lo menos un “ello” –¡el ergo sum no significa más que esto! Pero ésta es la fe en la gramática, aquí ya se ponen “cosas” y sus “actividades”, nos hallamos lejos de la “certeza inmediata”. Así pues, dejemos de lado también este problemático “ello” y digamos cogitatur como hecho puro sin artículos de fe inmiscuidos: nos engañamos entonces una vez más, pues también la forma pasiva contiene artículos de fe y no sólo “hechos”: in summa, precisamente el hecho no puede ser presentado en su desnudez, el “creer” y el “opinar” se encuentran contenidos en el cogito del cogitat y cogitatur; quién nos garantiza que con ergo no estamos extrayendo algo de este creer y opinar y que  entonces queda restando: algo es creído, por consiguiente algo es creído - ¡una falsa forma de deducción! Por último tendríamos que saber ya siempre qué es “ser”, para inferir un sum partiendo del cogito, tendríamos asimismo que saber es saber: ¡se parte de la fe en la lógica –¡en el ergo antes que nada! Y no de la mera presentación de un factum! –¿Es posible la “certeza” en el saber? ¿No es quizá la certeza inmediata una contradictio in adjecto? ¿Qué es el conocer con relación al ser? Para quien trae consigo dogmas de fe ya listos para estas preguntas la precaución cartesiana no tiene ningún sentido: llega demasiado tarde. Antes de la pregunta por el “ser” tendría que resolverse la pregunta por el valor de la lógica.  40[23]

 

 

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