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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
PRÓLOGO a MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL Friedrich Nietzsche
Suponiendo que la verdad sea una mujer –, ¿cómo?, ¿no está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida en que han sido dogmáticos, han entendido poco de mujeres, ¿de que la estremecedora seriedad, la torpe insistencia con que hasta ahora han sabido acercarse a la verdad eran medio inhábiles e ineptos para conquistar los favores precisamente de una mujer? Lo cierto es que ella no se ha dejado conquistar: –y hoy toda especie dogmática está ahí, en pie, con una actitud de aflicción y desánimo. ¡Si es que en absoluto permanece en pie! Pues burlones hay que afirman que ha caído, que toda dogmática yace por el suelo, más aun, que toda dogmática se encuentra en las últimas.
Hablando en serio, hay buenas razones que abonan la esperanza de que todo dogmatizar en filosofía, aunque se haya presentado como algo muy solemne, muy definitivo y válido, acaso no haya sido más que una noble puerilidad y cosa de principiantes; y tal vez esté muy cercano el tiempo en que se comprenderá cada vez más qué es lo que propiamente ha bastado para poner la primera piedra de esos sublimes e incondicionales edificios de filósofos que los dogmáticos han venido levantando hasta ahora, –una superstición popular cualquiera procedente de una época inmemorial (como la superstición del alma, la cuál, en cuanto superstición del sujeto y superstición del yo, aun hoy no ha dejado de causar daño), acaso un juego cualquiera de palabras, una seducción de parte de la gramática o una temeraria generalización de hechos muy reducidos, muy personales, muy humanos, demasiado humanos.
La filosofía de los dogmáticos ha sido, esperémoslo, tan sólo un hacer promesas durante milenios: como lo fue, en una época más antigua aún, la astrología, en cuyo servicio es posible que hayan invertido más trabajo, dinero, perspicacia, paciencia que los invertidos hasta ahora a favor de cualquiera de las verdaderas ciencias: –a ella y a sus pretensiones «sobreterrenales» se debe en Asia y en Egipto el estilo grandioso de la arquitectura. Parece que todas las cosas grandes, para inscribirse en el corazón de la humanidad con sus exigencias eternas, tienen que vagar antes sobre la tierra cual monstruosas y tremebundas figuras grotescas: una de esas figuras grotescas fue la filosofía dogmática, por ejemplo la doctrina del Vedanta en Asia y en Europa el platonismo. No seamos ingratos con ellas, aunque también tengamos que admitir que el peor, el más duradero y peligroso de todos los errores ha sido hasta hora un error de los dogmáticos, a saber, la invención por Platón del espíritu puro y del bien en sí. Sin embargo ahora que ese error ha sido superado, ahora que Europa respira alivianada de su pesadilla y que al menos le es lícito disfrutar de un mejor –sueño, somos nosotros, cuya tarea es el estar despiertos, los herederos de toda la fuerza que la lucha contra ese error ha desarrollado y hecho crecer. En todo caso, hablar de espíritu y del bien como lo hizo Platón significaría poner la verdad cabeza abajo y negar el perspectivismo, el cuál es condición fundamental de toda vida; más aun, en cuanto médicos nos es lícito preguntar: «¿de dónde procede esa enfermedad que parece en la más bella planta de la Antigüedad, en Platón?, ¿es que la corrompió el malvado Sócrates?, ¿habría sido Sócrates, por tanto, el corruptor de la juventud?, ¿y habría merecido su cicuta?» –Pero la lucha contra Platón o, para decirlo de una manera más inteligible para el «pueblo», la lucha contra la opresión cristiano-eclesiástica durante siglos –pues el cristianismo es platonismo para el «pueblo»– ha creado en Europa una magnífica tensión del espíritu, cual no la había habido antes en la tierra: con un arco tan tenso nosotros podemos tomar ahora como blanco las metas más lejanas. Es cierto que el hombre europeo siente esa tensión como un estado penoso; y ya por dos veces se ha hecho, con gran estilo, el intento de aflojar el arco, la primera, con el jesuitismo, y la segunda, por la ilustración democrática: –¡a la cual le fue dado de hecho conseguir, con ayuda de la libertad de prensa y de la lectura de periódicos, que el espíritu no se sintiese ya tan fácilmente a sí mismo como «penosidad»! (Los alemanes inventaron la pólvora –¡todos mis respetos por ello!, pero volvieron a repararlo–, inventaron la prensa.) Mas nosotros que no somos ni jesuitas, ni demócratas, y ni siquiera suficientemente alemanes; nosotros los buenos europeos y espíritus libres, muy libres –¡nosotros la tenemos todavía, tenemos la penosidad toda del espíritu y la entera tensión de su arco! Y acaso también la flecha, la tarea y, ¿quién sabe?, incluso el blanco…
Sils-Maria, Alta Engadina. En Junio de 1885.
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