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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
EL AMENAZADODe EL ORO DE LOS TIGRES, 1972
Es el amor. Tendré que escaparme o que huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa mascara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño? Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz. Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos me cercan, las hordas (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.) El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.-
EL REMORDIMIENTO De LA MONEDA DE HIERRO, 1976
He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado la sombra de haber sido un desdichado.-
AUSENCIA De FERVOR DE BUENOS AIRES, 1923
Habré de levantar la vasta vida que aún ahora es tu espejo: cada mañana habré de reconstruirla. Desde que te alejaste, cuántos lugares se han tornado vanos y sin sentido, iguales a luces en el día. Tardes que fueron nicho de tu imagen, músicas en que siempre me aguardabas, palabras de aquel tiempo, yo tendré que quebrarlas con mis manos. ¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar en que se hunde.-
1964 De EL OTRO, EL MISMO, 1964
I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. Ya no compartirás la clara luna ni los lentos jardines. Ya no hay una luna que no sea espejo del pasado, cristal de soledad, sol de agonías. Adiós las mutuas manos y las sienes que acercaba el amor. Hoy sólo tienes la fiel memoria y los desiertos días. Nadie pierde (repites vanamente) sino lo que no tiene y no ha tenido nunca, pero no basta ser valiente para aprender el arte del olvido. Un símbolo, una rosa, te desgarra y te puede matar una guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa. Hay tantas otras cosas en el mundo; un instante cualquiera es más profundo y diverso que el mar. La vida es corta y aunque las horas son tan largas, una oscura maravilla nos acecha, la muerte, ese otro mar, esa otra flecha que nos libra del sol y de la luna y del amor. La dicha que me diste y me quitaste debe ser borrada; lo que era todo tiene que ser nada. Sólo me queda el goce de estar triste, Esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.-
ABRAMOWICZ De CONJURADOS, 1985
Esta noche, no lejos de la cumbre de la colina de Saint Pierre, una valerosa y venturosa música griega nos acaba de revelar que la muerte es más inverosímil que la vida y que, por consiguiente, el alma perdura cuando el cuerpo es caos. Esto quiere decir que María Kodama, Isabelle Monet y yo no somos tres, como ilusoriamente creíamos. Somos cuatro, ya que tú también estás con nosotros, Maurice. Con vino rojo hemos brindado a tu salud. No hacía falta tu voz, no hacía falta el roce de tu mano en mi memoria. Estabas ahí, silencioso, sin duda sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir. Estabas ahí, a nuestro lado, y contigo las muchedumbres de quienes duermen con sus padres, según se lee en las páginas de tu Biblia. Contigo estaban las muchedumbres de las sombras que bebieron en la fosa ante Ulises y también Ulises y también todos los que fueron o imaginaron que fueron. Todos estaban ahí, y también mis padres y también Heráclito y Yorick. Cómo puede morir una mujer o un hombre o un niño, que han sido tantas primaveras y tantas hojas, tantos libros y tantos pájaros y tantas mañanas y tantas noches.
Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.
NO ERES LOS OTROS De LA MONEDA DE HIERRO, 1976.
No te habrá de salvar lo que dejaron escrito aquellos que tu miedo implora; no eres los otros y te ves ahora centro del laberinto que tramaron tus pasos. No te salva la agonía de Jesús o de Sócrates ni el fuerte Siddharta de oro que aceptó la muerte en un jardín, al declinar el día. Polvo también es la palabra escrita por tu mano o el verbo pronunciado por tu boca. No hay lástima en el Hado y la noche de Dios es infinita. Tu materia es el tiempo, el incesante tiempo. Eres cada solitario instante.
DESCARTES De LA CIFRA, 1981.
Soy el único hombre en la tierra y acaso no haya tierra ni hombre. Acaso un dios me engaña. Acaso un dios me ha condenado al tiempo, esa larga ilusión. Sueño la luna y sueño mis ojos que perciben la luna. He soñado la tarde y la mañana del primer día. He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron Cartago. He soñado a Lucano. He soñado la colina del Gólgota y las cruces de Roma. He soñado la geometría. He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen. He soñado el amarillo, el azul y el rojo. He soñado mi enfermiza niñez. He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo en el alba. He soñado el inconcebible dolor. He soñado mi espada. He soñado a Elizabeth de Bohemia. He soñado la duda y la certidumbre. He soñado el día de ayer. Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido. Acaso sueño haber soñado. Siento un poco de frío, un poco de miedo. Sobre el Danubio está la noche Seguiré soñando a Descartes y la fe de sus padres.
FRAGMENTOS DE UN EVANGELIO APÓCRIFO De ELOGIO DE LA SOMBRA.
o imposible, fijar la frontera que los divide.
OTRO POEMA DE LOS DONES de EL OTRO, EL MISMO (1964)
Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas que forman este singular universo, por la razón, que no cesará de soñar con un plano del laberinto, por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises, por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad, por el firme diamante y el agua suelta, por el álgebra, palacio de precisos cristales, por las místicas monedas de Ángel Silesio, por Schopenhauer, que acaso descifró el universo, por el fulgor del fuego que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, por la caoba, el cedro y el sándalo, por el pan y la sal, por el misterio de la rosa que prodiga color y que no lo ve, por ciertas vísperas y días de 1955, por los duros troperos que en la llanura arrean los animales y el alba, por la mañana en Montevideo, por el arte de la amistad, por el último día de Sócrates, por las palabras que en un crepúsculo se dijeron de una cruz a otra cruz, por aquel sueño del Islam que abarcó mil noches y una noche, por aquel otro sueño del infierno,
de la torre del fuego que purifica por Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres, por los ríos secretos e inmemoriales que convergen en mí, por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria, por la espada y el arpa de los sajones, por el mar, que es un desierto resplandeciente
y una cifra de cosas que no sabemos, por la música verbal de Alemania, por el oro, que relumbra en los versos, por el épico invierno, por el nombre de un libro que no he leído: Gesta Dei per Francos, por Verlaine, inocente como los pájaros, por el prisma de cristal y la pesa de bronce, por las rayas del tigre, por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan, por la mañana en Texas, por aquel sevillano que redactó la Epístola Moral y cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos, por Séneca y Lucano, de Córdoba
que antes del español escribieron por el geométrico y bizarro ajedrez, por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce, por el olor medicinal de los eucaliptos, por el lenguaje, que puede simular la sabiduría, por el olvido, que anula o modifica el pasado, por la costumbre, que nos repite y nos confirma como un espejo, por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio, por la noche, su tiniebla y su astronomía, por el valor y la felicidad de los otros, por la patria, sentida in los jazmines o en una vieja espada, por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema, por el hecho de que el poema es inagotable
y se confunde con la suma de las criaturas
por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio, por los minutos que preceden al sueño, por el sueño y la muerte, esos dos tesoros ocultos, por los íntimos dones que no enumero, por la música, misteriosa forma del tiempo.-
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