Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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Querido amigo:

            Con mucho pesar --y hasta confusión, diría-- quedó mi corazón luego de la visita hecha el otro día y del diálogo que durante ella hemos mantenido. Me parecía demasiado honda tu angustia, y demasiado tonta una inmediata respuesta a la pregunta que me formulaste sobre el sentido de la existencia. Aquel día creí que lo más sensato de mi parte era callar y escucharte, pero hoy, siento la necesidad de hablarte. Entonces, consideré viable hacer con esta necesidad una carta.       

            Después de mucho pensar, querido amigo, me parece que lo único que puede contrarrestar el sinsentido de la existencia, manifiesto en la falta de deseo de vivir o en el deseo de no existir más, es el sentido de vivir. Esta cuasi redundancia, desprovista de toda pretensión de elocuencia, sólo es la expresión de una certeza primigenia, tanto, que puede aparentar una perogrullada. Por que llama naturalmente a una nueva pregunta: ¿se puede desear vivir? En verdad, creo que sí. Se puede desear vivir, pero este movimiento parece ser tan natural, que sólo es tratado cuando se considera su antítesis, tal como es el deseo de dejar de vivir. ¿Qué nos lleva a desear el aniquilamiento de todo deseo? La ausencia de un deseo o amor profundo. ¿Y qué nos lleva a la pérdida de deseo? La incapacidad para disfrutar de lo que nos es dado a gozar en la existencia, comenzando por el existir mismo. 

            ¿Por dónde comenzar? Sin duda alguna que debe comenzarse por las pequeñas cosas, pues las grandes no suelen a todos suceder. Las pequeñas cosas son las que nos salvan y nos van convidando, poco a poco, un sentido. Sentido, dirección, meta y fin son algunos de los términos con los que solemos designar a los “motores de nuestros deseos”. Ciertamente que si el deseo es a no sufrir estamos ante un problema serio, porque la vida conlleva siempre una cuota de sufrimiento --y muchas veces, esta cuota es importante, según sabes me tocado en suerte en mi propia vida. Quien vive sufre; quien quiere dejar de vivir no quiere sufrir; pero quien sufre aprende, necesariamente, a vivir, a dilatar su capacidad de vivir, y también su esperanza.  

            La desesperación y la desesperanza son dos fenómenos curiosos; convencimientos dictatoriales de nuestro displacer que se pueden instalar en nuestras existencias y empezar a socavarlas en sus mismos cimientos. El esperar es una actitud de apertura, y el desesperar es un signo de cerrazón. Pero la vida es, así lo creo honestamente, amigo, siempre apertura; pues siempre puede suceder “algo”, “algo” puede cambiar y llevarnos a un estado que no esperábamos, y que nos salve. 

            … De todo lo que te está matando, una de las peores cosas es la cuantidad...; ese perverso y mecánico pensar, o ese mecánico hacer. Parece cosa manifiesta que quien piensa mucho o mucho hace termina automatizando su existencia, y de esta manera ésta va perdiendo su dinamismo, vivacidad y espontaneidad. La vida es un vino añejo que debe beberse despacito… Aunque parezca un vino ordinario, te juro que es un buen vino, y podrá llegar a serlo si sabemos ubicarlo y resguardarlo de aquello que puede “picarlo” o desvirtuarlo. Sin ser expertos tomadores, entre nosotros, por ejemplo, está prohibido el “fondo blanco”. Del mismo modo, hay que aprender a disfrutar, a gozar, a apresar instantes, pues en esto consiste la felicidad --si ésta es posible--: en apresar instantes. 

            Y así como la vida está compuesta de instantes, también contiene en sí pequeños y sencillos “sentidos”. Amigo, son las pequeñas cosas las que nos pueden salvar, mientras que las esperas de y en las “cosas importantes” pueden sumergirnos en la más honda desesperación. No hay que esperar sino poder seguir gozando de lo que escogemos para el transcurso de nuestros días. La tarea fundamental, y no solo tuya sino también la mía, es tener en cuenta que la vida hay que aprender a disfrutarla, y centrarnos en la cualidad vivificadora, en donde sí hay lugar para la profundidad. Porque, mientras la cuantidad nos vuelve superfluos, la cualidad o calidad nos va ayudando a entrar en un contacto más profundo con “lo poco”, y si frecuentamos “lo concreto” terminaremos, si nos gusta, es claro, encariñándonos con “lo poco”, y en el cariño surgirá el amor, y el amor será el sentido… pues es el fin (o al menos, el anhelo) más elevado de la existencia humana. 

            Siento el imperativo de decir que quien no quiere vivir es un pésimo amante; es un egoísta, en el mal sentido, un gran superficial. Es cierto que muchos, por no decir todos, somos un poco así de fábrica, pero la vida nos propone y nos invita a una tarea mayor: a encontrarle un sentido a ella. Y esta, amigo, es una tarea impostergable y personal.  

            Nadie puede convidarte ni convidarme “su” sentido, tenemos que ir encaminando nuestras vidas hacia donde ellas nos inclinen, y tenemos que ir poniendo la voluntad y el corazón allí, a donde nuestros corazones mismos nos vayan  llevando. Por eso, el sentido es una tarea, y hasta a veces un desafío: hay que encontrarlo, pero antes buscarlo.  

            Continuamente tenemos que estar atentos al propio corazón, a los propios gustos, y tener las agallas para poder entregar la vida a lo que percibimos una fuente (aunque sea bajo la forma del destello, nomás) de luz, de placer, de bienestar. Pero esto no es demasiado complicado, creeme. Sólo hacer el esfuerzo de detenerse, y de dejarnos llevar, hasta que nuestro propio corazón, nos muestre hacia donde quiere ir. Después viene lo más arduo: iniciar la tarea de poner la vida entera en esa pequeña luz, y tratar de conducirnos, en el día a día, del mejor modo hacia ella. 

            Ojalá puedas detenerte en la pendiente y empezar a escalar, pues, detrás de la presión que te tira hacia abajo hay una vida que está gimiendo por salir a la luz.  

            (Gracias por compartir conmigo tu oscuridad.)

                                                                                           Cordialmente,

                                                                                                                           Pablo Bonafina.

 

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