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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
CONTRA EL ORGULLO Y LA INGRATITUD
Hay dos enfermedades que, de tan comunes, ya casi nadie les lleva el apunte, pero que pueden “engangrenar mal” una psicología en pleno desarrollo. Se trata de la ingratitud y del orgullo. Casi siempre ambas concurren juntas en una misma persona, en principio porque hay una estrecha relación entre el “creerse algo más de lo que se es” y el querer “hacer sentir al otro deudor de los favores propios”, y esperar recompensa, y aplausos, ya sean, curiosamente, de uno mismo o de los demás. En efecto, debemos saber que muchísimas son las personas que ayudan a los demás con el solo fin de ratificar algún “complejo de santidad”, o “de maldad extrema” o, simplemente, de “superioridad”. Pero el tema es un bastante complejo, así que trataré de acercarme mejor y un poco más.
Parece que el orgullo se esconde tras la gratitud, y que ésta pide la asistencia de aquél para poder fundamentarse y legitimarse. Aquí no estamos hablando de los “descuidados” o despistados, sino de los orgullosos e ingratos, de ese grupo de personas que pueden revestir muy diversas variantes: pueden ser quienes nunca dan las gracias porque sienten o creen (naturalmente) que a ellos siempre todos le tienen que dar y hacer, o pueden ser los habituales reprochadores, o los que necesitan hacer siempre algo para ser reconocidos –o de muchas formas más. Lo común es que en este tipo de patologías, una vez más asistimos a un proceso de autoafirmación de la personalidad a partir del otro; el orgulloso e ingrato “es siempre en relación a los demás”, en su soledad está perdido, necesita (lo sepa o no, lo piense o no) tener a su lado a quién subestimar (pues él no se atreve a subestimarse hasta el extremo, o no lo hace en absoluto o no soportaría hacerlo hasta el final y le sobreabunda el odio hacia sí, pues es tanto que se derrama hacia afuera).
Generalmente esta clase de personas necesita realizar, con cierta frecuencia, alguna “obra buena” porque su egoísmo y/o egolatría ha llegado hasta el colmo, y en algún momento ellos pueden percibirlo, aunque no estén dispuestos a soportarlo, y mucho menos a admitirlo. Se trata, aunque no puedan creerlo, de personas que están, de continuo, mirándose a sí mismas y necesitando la aprobación de los demás, pues son débiles, vulnerables y pobres, muy pobres, mucho más que todos los demás (según creen en el subconsciente); por eso así hacen sentir a los demás. Desde ya que tienen un conflicto psicológico severo, pero eso no los excusa, pues nadie dijo que a estos debamos soportarlos, sin más.
La peor, pero más efectiva forma de hacer bajar a un ególatra, egoísta, orgulloso y/o ingrato de su “pedestal” es tirándolo debajo, dejándolo tieso, pasmado y enfrentado a “la verdad”, es decir, al sentimiento que suele despertar en los demás y con el que frecuentemente los suele lastimar (algunos prefieren directamente referir a sus actitudes; a mí la vida me enseñó a desarmarlos desde el daño que suelen causar). Hay que ser pacientes y hacerles sentir, en el momento indicado y del modo adecuado, los sentimientos que suelen producir en los demás. Si funciona, a lo sumo, ganamos a una persona y la ayudamos a crecer, y si no, tal vez ni tengamos que lamentar que perdimos a alguien que nos usa con frecuencia, pero para quien no significamos, en el fondo, casi nada.
Mejor no existir para aquel que adquirió la costumbre del uso de nuestra persona, pues contribuye a nuestra autoestima debilitar, y bastante tenemos con nuestra vida y circunstancias como para que tengamos una ayuda más para podernos subestimar. Debemos tener en cuenta que sólo es preciso, en la vida, “ser y significar” para aquellos con quienes queremos entablar una amistad (están aquí incluidos los familiares, con quienes podemos entablar o no amistad, más allá del vínculo sanguíneo del que nunca podremos renegar). Pero todo el resto está de más. Podemos usarnos, si estamos de acuerdo, pero no puede en una relación haber una permanente disparidad o estúpida ingenuidad.
Podemos, y “debemos” en cierta medida, hacer el bien a los demás, cualquiera que éste sea, y podemos pedir un o varios favores, por necesitar de los demás. Pero eso no tiene que ver (no es conveniente que se lleguen a crear lazos) con esas pobres relaciones que nos hacen sufrir cotidianamente, y de las que solemos esperar algo más, y contribuyen a nuestra infelicidad. Hay que hacer el bien a todos, pero ser ciegos y concesivos con los orgullosos e ingratos no significa estar haciéndoles un bien, antes bien, es estar contribuyendo a uno de sus peores males y colaborando a agravar sus conflictos mentales.-
Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2007
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