Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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ÉL Y EL FIN DE LA FELICIDAD

 

           El problema lo tuvo él hasta que se dio cuenta de que en este mundo no lo aguardaba esa Felicidad que se afanaba, de día y de sueño, en alcanzar.

 

           Una vez despierto de su ensueño falaz, se rebeló contra la obsecuencia, esa extraña sucedánea del desencanto, y se preguntó qué hay más allá de ese maldito deseo de ser feliz; qué hay más allá de la triste verdad.

 

           Y es que el maldito infeliz, durante años, siguió ensayando vanos intentos de hallazgo (no le fue fácil convencerse de aquella conclusión a la que había llegado, después de largas horas de dolor y peleas, casi mortales, con esa vieja soledad que lo buscó siempre, caliente con él, por puta que es).

 

           Y, como no podía ser de otra manera, a su conato le siguieron sufrimientos inenarrables, los cuales no me atrevo a escribir, por respeto –o lástima– al muy caprichoso mortal.

 

           ¿Fue preciso tanto desgarro incurable? ¿No que alcanza a uno con una par de bofetadas y tajos en el alma para darse cuenta de que con eso no se juega? (Yo creo que sí). Pero si la vida no se puede seguir jugando, a pesar de las conclusiones lamentables, y provisorias, entonces, es un juego absurdo, en el que siempre perdemos, y con el que no vale la pena apasionarse...

 

           La cuestión es que él no era de esos. Ni se quedaba en la ruidosa congoja, ni se lanzaba –necio– hacia imposibles, era un hombre que gozaba de una inteligencia que a veces lo asistía, y esta fue una de esas veces.

 

           Una acción, por la misma naturaleza de la conclusión, exigía ser realizada. Así fue como, sin desesperarse demasiado, se esmeró en buscar el arma adecuada para matar a aquel que, desde adentro suyo, no le dejaría vivir en paz en adelante. Buscó, buscó… hasta que encontró. El remedio contra su enfermedad, la salida para su laberinto, fue una palabra: No. Y, como le parecía poco argumento, buscó sinónimos, quizá para no obsesionarse hasta la locura con lo breve e incisivo de la respuesta: Basta, No-Hay-Eso, No-Poseeré-Plenitud, No-Seré-AsídeFeliz-Nunca, y otras similares.

 

           Cualquiera diría que este hombre de buena e intachable voluntad, mas de conclusiones demasiado profundas para sus prójimos, hasta hoy, trata de vivir, como puede, aceptando de buen grado alegrías que duran lo que un latido, y sobreviviendo, a pesar suyo, pero no fue así.

 

           La conclusión fue sólo el comienzo del reestreno de su existencia:“La felicidad no existe” -concluyo, y se dedicó en adelante a apresar instantes, alegrías sutiles que intentó eternizar con el disfrute más profundo que le era permitido por su nueva naturaleza realista, y algunos goces -entonces, sólo entonces- los encontró de modo grata y sorprendente perennes.

 

           Abandonó de modo definitivo las frases hechas, los universales, las utopías, la espera de Lo-perfecto-que-nunca-llegaba (esa expectativa devoradora de ilusiones y de ganas de seguir)... Y así, los diferentes "ideales" que lo habían destruido en años fueron para él el camino más genuino para que a su vida miserable, por angustiada y en frustración, adviniera un poco de luz.

 

           Como sería previsible, a todo aquello nuevo no le quiso jamás poner palabras... tampoco pretendió adueñarse demasiado de ello, por si acaso. Lo que sí se sabe con certeza es que a partir del reestreno de su existencia comenzaron a dibujarse algunas sonrisas en su alma, sonrisas que se extendieron hasta sus ojos...

 

 

 

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