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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
HERENCIA Y PATOLOGÍA
Una patología psíquico-social que padecen muchos hombres y mujeres, en algún momento de sus vidas, son las de génesis familiar, las hereditarias, y lo son, precisamente, a causa de las dificultades que traen el desarraigarlas del todo de la inteligencia, pues durante mucho tiempo han anidado en la conciencia.
No es del todo “sano” –para decirlo de alguna manera sutil– “comprender” a una persona, su obrar y su pensar, cuando se conoce a su familia. “Ahora entiendo”, decimos, pero no es una sentencia ante la que debamos conformarnos sin más. Por más orgulloso y agradecido que esté alguien con la educación que haya recibido debe saber que ese “orgullo” también fue generado, como un mecanismo de defensa de la propia identidad familiar –si cabe el término–, y que forma parte, también él, de algo que debamos examinar. Entiéndase bien que no estamos en contra ni de la educación familiar ni de la tradición, sólo de las consecuencias negativas que trae a las personas la ausencia de un proceso de desidentificación de la “herencia ideológica”.
Muchas personas viven toda su vida apoyados en “aquello que recibieron” a través de su educación o socialización primaria –tal como los sociólogos llaman al proceso de educación familiar– sin percatarse de la carencia de la originalidad de su personalidad, y otros, en algún momento, se enfrentan con el descubrimiento de estar “viviendo una vida ajena”. Lo que sucede es que la educación que recibimos ha calado tan hondo en nosotros que, ¿cómo desarraigarla? Y después, ¿por qué extirparla?
En verdad, no se trata de “extirpar” nada. Somos, bastante más de lo que tenemos conciencia, lo que han hecho de nosotros, y esto es una innegable realidad. Pero parece necesario atravesar, en algún momento de nuestra evolución psicológica –que no se da siempre a una misma y determinada edad, pues varía según cada persona y sus circunstancias existenciales– por un proceso de “crítica a lo recibido” o “heredado”, a fin de edificar, pero en una mayor conciencia, nuestra propia manera de ver y ser, asumiendo algunos elementos y dejando de lado algunos otros. Dicen que el niño admira, asume y asimila todo; que el adolescente critica y cuestiona todo, y que el hombre maduro extrae de lo recibido aquello que sirve y aquello que no, y que por todas estas etapas hay que atravesar.
En la mayoría de los casos, es alguien con quien nos encontramos en la vida quien nos enfrenta con nuestra más cruda realidad, y nos damos cuenta de que nuestra personalidad está montada sobre lo que recibimos en nuestra educación, tal como se ha podido según nuestras relaciones interpersonales (amistades, entre otras) acomodar, cosa que depende, además, de la aceptación y educación de los demás. Pero, en el fondo, todavía no ha llegado el proceso de desidentificación necesario para el armado de “nuestra propia personalidad”. Quizás admiración excesiva, o miedo a contrariar, o hábitos profundamente arraigados, o muchas otras cosas más pueden ser el origen de este proceso de “traslación de una personalidad”. En efecto, decimos “traslación” de cara al dinamismo real del proceso psicológico que se constata: se adhiere a la “ideología” de otro, sin someterla (a veces nunca) a una crítica profunda. Desde ya, tal vez no sea mala esa “ideología hereditaria”, pero, lo cierto y más normal, es que pase por la crítica personal, por el tamiz de la propia inteligencia, y de los propios criterios que se vayan formando en el contacto con los otros miembros de la sociedad –proceso que los sociólogos llaman de “socialización secundaria” –, y no por una cuestión de tolerancia nomás, sino porque hay otros valores más allá de los aprendidos, de los que nos han inculcado, por la sencilla razón de que en una persona, o familia, no cabe “la verdad”.
A muchos que caen en la cuenta de esto, muchas veces les parece que no se podrán librar jamás de la “personalidad heredada”. Pero la experiencia ha revelado conversiones asombrosas, cambios radicales, hasta destrucción integral de las estructuras adquiridas a lo largo de muchísimos años. No hay nada que temer. Estamos a salvo si tenemos ayuda afectiva a nuestro lado. Pues este proceso no carece de un profundo dolor, y angustia, y sensación de desorientación total para aquel que lo está atravesando. Es como descubrir que no sabemos quiénes somos, a pesar de tener toda una vida ya montada, porque hemos vivido siempre alimentados de un cúmulo de creencias, convicciones y valores (elementos constitutivos de las ideologías) acerca de las cosas que van constituyendo una visión de la realidad en general (cosmovisión) que no son nuestros, pero a partir de los cuales se va estructurando y afianzando nuestra personalidad. La generalidad indica que los que padecen este “golpe a la herencia” son personas que enraizaron su personalidad en una “ideología” y no es su “afectividad”. –Por eso necesitarán, quienes tengan esta “patología”, de mucho cariño para sostenerse, y poder empezar a mirar las cosas de una manera diferente; de un modo inédito.
No hay peor enemigo para una persona que el (propio) “dogmatismo heredado”, que la intransigencia incuestionada, que el defender los ideales de otro (aunque ese otro sea y represente para nosotros “todo”), que el no haber podido hacerse de sus propios ideales. Nada justifica la adhesión total y permanente a una “ideología heredada”, es preciso cuestionar, examinar, discernir. Aprender a tomar distancia… Pues el mundo que tenemos enfrente no es del modo como nos lo han enseñado, nunca. La realidad supera siempre cualquier perspectiva.
En algún momento el cataclismo debe llegar, y si no llega hay que provocarlo. No podemos pasarnos la vida viviendo en un mundo infantil, compuesto –a priori– de “buenos y malos”; de gente preciable y despreciable; de gente “como uno” y gente “diferente” –la tolerancia social y no cordial, de corazón, es una máscara que nunca nos ayuda a madurar y de veras aceptar. En efecto, forma parte del aprendizaje esencial de la vida el reconocimiento de la igualdad y dignidad de TODAS las personas, más allá de sus acciones, y mucho más allá aun de sus gustos, hábitos y pensamientos. Somos TODOS iguales. Sólo en las historietas hay “bandos”, y estas están buenas para la infancia, y hay que dejarlas a cierta edad. Pues en la vida real hay que aprender a estar cómodos con todos y en todas partes y, sobretodo, aprender a callar y a pensar en los demás –tal vez haya alguien, “extraño”, que pueda colaborar con algún ladrillo para la edificación de mi propia personalidad, alguien de quien no esperaba más que la tendencia interior a criticarlo y rechazarlo.
Pero, no hay que asustarse, puesto que la “patología hereditaria” puede no ser mortal. Si nos molesta el “distinto” es porque estamos afectados e infectados de un “virus hereditario” que siempre estamos a tiempo de aniquilar. Ni todo está bien ni todo está mal de cuanto nos han enseñado, solamente que es preciso, en algún momento de la vida, si no hemos hecho ya, aprender a valorar, y estar abiertos y dispuestos a la diferencia y a la revisión de la propia personalidad, a fin de conquistar cada día un poco más nuestra propia autenticidad.-
Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2007
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