|
Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
CUANDO EL INFIERNO ESTÁ ADENTRO Son muchos los que creen que son víctimas de sus propios pensamientos. Es verdad que algunos pueden tener una tendencia obsesiva, obsesiones concretas, fijaciones traumáticas o un trastorno obsesivo bien instalado, pero, el grueso de los mortales es todavía dueño del poder ejercer dominio sobre sus pensamientos. Por qué algunos no pueden dejar de pensar “en eso” habría tal vez que descubrirlo, si no se puede solo, con ayuda, pero, a decir, verdad, son muchos los que no quieren, y por alguna maldita razón se aferran a sus pensamientos como si fuera su propia salvación, construyendo, de ese modo, su propio tormento diario. A quien padece “ansiedad, miedo y angustia difusa” y, además, pretende encontrarle un “por qué” a todo aquello no hay para aconsejarle más que esto: hay que dejar de vivir irrealidades. El pensamiento no está por encima de la existencia concreta (por eso no puede estarlo!), y no se alejará del infierno (símbolo nefasto que nos han legado, sin correlato en la realidad) quien no se acerque a lo concreto. Y una camino genuino para acercarse al universo concreto es tratando de buscar ocupaciones (lejándose así de las “pre/ocupaciones”, esas otras formas de irrealidades) en las que poder instalar la atención y hasta, por qué no, la misma psicoafectividad. Ciertamente, no es fácil entrenar a la mente, pero hay que aprender el arte de desviar el pensamiento cuando su contenido es inconveniente, es decir, cuando surge recurrentemente en el momento y lugar inapropiado, y nos asfixia. “Es más real pensar en la materia que estás cursando que en las posibles muertes que podés sufrir en cuanto salgas a la calle”. Y no es que ignoro el sentimiento y el drama de esta persona… Bien que sé… Pero aprendí… Cada cosa en su lugar: en la cotidianeidad las cosas cotidianas y en la terapia las causas del conflicto. No hay que pensar todo lo que se nos ocurre. Porque nuestros pensamientos son el resultado de un proceso complejo en el que intervienen nuestros miedos, necesidades, percepciones, conflictos irresueltos de diversa índole, hasta participan en su formación idioteces que por alguna razón extraña nos han resultado (aunque tal vez inconscientemente) interesantes, y no se puede andar abriendo la puerta a cada antojo mental. Hay que aprender el arte de seleccionar. Tenemos “cierto” dominio sobre nuestra capacidad reflexiva, claro que no sobre las ocurrencias fugaces (muchas de las cuales son persistentes y hasta violentas) pero sí podemos decidir sobre aquello a lo que dedicarle tiempo. Pero, no: lo pensamos, dejamos y volvemos, y lo seguimos pensando, hasta dañarnos, y obsesionarnos. Y a esto podemos habituarnos. Se llama hábito a aquél acto que realizamos de modo automático (como si fuera natural) pero que procede (originalmente) de nuestra voluntad libre. Las primeras veces, aunque podemos estar condicionados, ‘tendenciados’, somos libres, pero muy pronto se instala el mecanismo perverso: no podemos dejar de ‘eso’. Y el “hábito” puede volverse una suerte de monstruo que nos domina a su antojo. Pero en el origen del hábito está nuestra mismísima salvación. Especifiquemos. Contra el pensamiento determinista y fatalista que se respira por todas partes, el ser (y más todavía el humano) se revela dinámico, abierto al cambio. Generalmente, podemos por nosotros mismos cambiar nuestros hábitos iniciando el proceso de remoción de los mismos y comenzar, aunque no sin un gran esfuerzo y contando con una paciencia importante, el movimiento o tendencia contraria. No solo podemos sino que debemos comenzar a gobernar nuestros propios actos, entre los que se encuentran aquellos interiores llamados pensamientos, y aprender a reemplazarlos por otros alternativos, neutralizando la tensión que nos produce la presencia de aquellos que nos afectan y taladran la mente. Debemos mantener nuestras manos y mente ocupadas. Debemos entrenarnos en la capacidad de fijar la atención en otras cosas. Si hay actividades que nos gustan, o gustaban antes de que todo esto sucediese, pongamos en ellas nuestra atención, al menos de modo provisorio. Si no tenemos nada que hacer, procurémonos de actividades que nos ayuden a descentrar la atención de “esas” cosas que no nos conducen a nada sino a tormentos imposibles. Se impone la necesidad de que tomemos como una tarea impostergable el desafío de educar en lo cotidiano nuestros pensamientos (así como nuestros actos y demás expresiones), aceptando con paz los que vienen, al tiempo que conjurándolos con la indiferencia –y pidiendo ayuda, psicológica y/o psiquiátrica, si es preciso, hasta que podamos amaestrar a nuestra propia mente –tal vez pueda ser que necesitemos de algún “bastón químico” antes de comenzar a gozar de nuestra libertad. Pero admitamos siempre nuestra impotencia con serenidad y esperanza, sin tantos “por qués” cuyas respuestas no llegan nunca, y que, aunque lleguen, tal vez no podrán solucionarnos nada. No se trata de preguntar y seguir alimentando la obsesión desde otro lugar, se trata de cada vez ir adquiriendo mayor autoconocimiento y libertad. Pues la libertad, para quien quiere mejorar, sigue siendo lo que nos mueve a caminar de cara a la meta, y a tomar fuerzas hasta el final.- Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2006
|