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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
LA AUTOESTIMA
Así como algunos psicoanalistas han adquirido la certeza de que solucionando los conflictos sexuales se estaría solucionando la mayor parte de los conflictos de una psiquis, del mismo modo y con el mismo convencimiento, hoy, prácticamente todas las doctrinas psicológicas contemporáneas están de acuerdo en que la mayor parte de los conflictos psicológicos se originan en la autoestima, por no decir todos. Hablando con mayor rigor, deberíamos decir que la cuestión de la “estima propia” queda determinada por la “resolución” de la misma “en cada uno”.
Comencemos poniendo el tema en su dimensión antropológica adecuada para que no suene a psicologismo barato cuanto sigue. Lo que, en cuanto hombre, somos “por esencia” necesitamos serlo, como personas individuales, “por existencia”. Digámoslo de otro manera para que no se enojen los existencialistas: lo que somos virtualmente debemos serlo actualmente. Puesto que somos con inteligencia, afectividad y voluntad libre. En efecto, no es para nada violento afirmar que debemos ser pensantes, afectivos y electores para realizarnos como aquello que somos, o para que nuestra personalidad vaya desenvolviéndose lo más fluidamente en sus ciclos o etapas de evolución y maduración. Tenerle miedo al poder de la propia inteligencia o a la pérdida de la conciencia, a los afectos o a su ausencia, a la libertad o falta de ella, constituye un fenómeno humano habitual. Hay gente con conflictos psicológicos severos, hay esclavos de diversos “señores y dioses”, y hay autosubestimados. Los tres, si guardan conciencia, sufren. Los tres, si no tienen conciencia, viven sin vivir.
Aquí llamamos “autoestima” a esa manera singular de vernos y relacionarnos con nosotros mismos. La experiencia me ha enseñado que no siempre hay que considerar que la autoestima depende, además, y sobretodo, de la estima que hayamos recibido a lo largo de nuestra vida (como casi siempre aquí se constatan experiencias de profundo dolor es muy frecuente que suelan desatenderse lo suficiente como para ni poder tratarlas ni curarlas, por temor tal vez al ser vistas de frente, pues ya han sido vividas y sufridas suficientemente). En efecto, no es preciso que hayamos recibido desprecios formales para tener herida la autoestima. Recién hoy en día los psicólogos caen en la cuenta de que, incluso, imperceptibles dichos y hechos, de niños y/o adultos, pudieron afectar más de lo que pudiésemos imaginar nuestros corazones en crecimiento, necesitados de cuidados especiales en esos tiempos primeros, ya sea bajo la forma del cariño o de la protección.
Todo aquello que perciba o viva el hombre-niño/adolescente (tenga o no consciencia de ello) deja en él sus huellas, con mayor o menor fuerza, y tendrá repercusión ulterior, que variará en las personas según su disposición natural o adquirida. Mientras el consciente es el escenario actual y presente de la realidad, el subconsciente, en donde reside la memoria, aloja, contiene, como función propia dentro del psiquismo humano, todos aquellos elementos percibidos o construidos a partir de éstos (pues el subconsciente también posee una capacidad constructora de fantasías). De allí que nuestra “máquina registradora” nos cobre, de algún modo, lo que haya pasado por ella. Y, sabiéndolo, podemos adelantarnos a saldar cuentas…
Somos esencialmente seres afectivos, y de allí se sigue nuestro “necesitar” ser tratados afectuosamente y nuestra necesidad de recibir afectos. Y esta es la base de nuestro segundo necesitar, o el mismo, pero concretizado: el necesitar ser aprobados, desde chicos, por otros, por los demás. Generalmente uno busca la aprobación de quienes considera referentes de su propia vida, con seres queridos, habitual pero no necesariamente. Por eso, tenemos que poner el tema de la autoestima (de los tratos personales, “mimos”, paciencia y consentimientos, dados a sí mismo y a los demás) en el centro de nuestra autorreflexión, y la solución que haya alcanzado entre los temas principales a solucionar en cualquier terapia psicológica.
Hay un detalle que no quisiera que pase inadvertido. La “autoestima baja” no solamente es una cuestión personal sino que es siempre un asunto interpersonal, y no sólo por las “valoraciones o estimaciones que hayamos o no recibido” de los demás, sino porque vivimos en sociedad, y estamos rodeados y condicionados por los demás, aunque ni siquiera ellos se enteren de que existimos.
Por ejemplo, una joven con bulimia y anorexia tiene algo más que un conflicto interior subconsciente. No seamos ciegos, pues tiene, de continuo, modelos concretos exteriores que le abofetean su figura corporal (hasta que la diferencia, la admiración, el deseo, la “envidia”, puede llegar hasta el odio de sí, y el desprecio absoluto de todo aquello que, es voluntario, y contribuye al cuadro total de imperfección, de defectuosidad, de monstruosidad). Más allá de todos los mecanismos intrapsíquicos que hayan contribuido en generar una de estas “enfermedades” hay patrones físicos por los que se rige esta persona, con los que se compara, y que se constituyen en “palas de sepulturero”, pues con ellas se hunde, y sepulta su figura, ensalzando la de la otra joven. Pero estas “enfermedades adolescentes” que hoy están a la orden del día, son simbólicas, y no son los únicos símbolos de conflictos en las relaciones y en las autoestimas. Los varones también tienen lo suyo. Ellos también se identifican con patrones y los necesitan, al igual que el afecto y el justo reconocimiento, y tenemos “símbolos masculinos” cada vez más frecuentes: adolescentes permanentes o aniñados infantiles, homosexuales (no nombramos antes a las, cada vez más, jóvenes “lesbianas”), jóvenes dogmáticos de autoritarismo hereditario, soberbios, caprichosos o agresivos, borrachos y drogadictos, y la lista sigue y sigue.
El hombre puede, y ésta es su tarea fundamental, volverse conocedor de sí y de su subconsciente, conquistando de éste modo cada vez más su propia naturaleza integral. Muchas patologías se originan con la escisión cada vez más profunda entre las dos instancias psíquicas fundamentales (conciente y subconsciente) y/o con la escisión paulatina de la conciencia de la realidad, que se percibe como aislamiento, la forma moderna del autismo. En efecto, todo conflicto psíquico es un conflicto relacional en donde existe un objeto (real o fantaseado) y un sujeto (que sabe o ignora el conflicto) que tiende a manifestarse o simbolizarse de algún modo. Por eso es que hablaba de “enfermedades o conflictos simbólicos”. No hay un problema, en sí, necesariamente, con la comida, con el pene, con la pobreza y la verdad. Hay un problema más profundo que es el que habrá que tratar de dilucidar.
Lo cierto, y una constante, es que quien tiene la autoestima dañada puede volverse tanto víctima como victimario, o las dos cosas; puede arruinarse la vida y arruinarla a los demás con sus acciones, procedentes de “esa fuente” de dolor, de tristeza o de frustración incurada. Un padre autoritario basta para mutilarnos en nuestra estima y crear un mecanismo forzado de agrado combinado con un temor creciente, fuente de continua tensión y autoexigencia, y volvernos los seres más permisivos del mundo, tanto con nosotros como con los demás, como los seres más tiranos y manipuladores de las vida de los demás. Un padre sin autoridad basta para que ensaye un niño modos de llamarle la atención, pues puede la poca autoridad coincidir o interpretarse con el desinterés, y el joven buscará modos de castigar ese percibido, ya haya sido real o no, desinterés.
Siempre que hablemos de autoestima importa que tengamos en cuenta que no importa nada, excepto lo que hayamos sentido e interpretado nosotros, en la más estricta subjetividad. La realidad no importa en absoluto a la percepción afectiva. La inteligencia no interviene, la libertad tampoco, aunque sí los condicionamientos y los mecanismos de percepciones que se van gestando desde esta temprana época.
Una Psicología Nueva considera que la autoestima es un asunto “siempre pendiente”, por estar siempre “latente” –así como la sexualidad para Freud. Se puede tratar un conflicto desatado por ella, pero habrá que aprender a mirarla de cuando en cuando, y atenderla, no dejándola que caiga, que se lastime o que reciba una “herida” (que en griego se dice “trauma”). Hasta que nos muramos procuraremos, si mantenemos la sanidad somatopsiquica, conocer, amar y elegir, y querremos salir del no saber, escapar o enfrentar a quien no nos quiere y rechazar a quien nos subyuga.-
Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2007
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