Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LA ENVIDIA

 

            Desde su etimología, podríamos comenzar diciendo que, antes que nada, la “envidia” es un “mirar” (vedeor) “hacia” (in) otro, pero desde uno. Es decir, es una suerte de consideración y comparación subjetiva en la que desde cierta consideración de nuestro ser y tener, nos comparamos con el otro, que, según creemos, y lo admitamos o no, tiene algo que nosotros no o mucho más que nosotros.  

 

            La envidia puede tener un fundamento más o menos real, hay cierta “envidia real” y cierta “envidia ilusoria”, en efecto está muy vinculada ésta con la autoestima propia y la mirada de a existencia. Lo cierto es que, en ninguno de los dos casos, de ninguna manera nos exime de dos singulares “injusticias” o “males” que comete el “víctima de la envidia” o envidioso. El primer mal es autoreferencial: nos hace no ver y no valorar en su justa medida lo que somos y tenemos, en general. El segundo mal, es que nos va convirtiendo en asiento de un sentimiento negativo hacia otra persona por el solo hecho de “ser o tener” verdadera o falsamente, algo que nosotros no somos o no tenemos, y deseamos. Nos existe la “sana envidia”, la envidia nunca es “sana”, puede ser “leve”, esto es, dejarnos vivir, pero nunca es un sentimiento sano, esto es una maldita expresión que se forjó siguiendo el esquema de la “venialidad” de algunos pecados, pero que nada tienen que ver con la sanidad psíquica. El envidioso sufre, por lo que otro es o tiene! Esto nunca puede ser sano. Una cosa es desea poseer lo que otro, otra es envidiar a otro por poseer, de modo real o ilusorio para nosotros.

 

            “La envidia” es uno de los sentimientos que, de la manos de los celos, nos hace desenfocarnos, descentrarnos, y nos traslada a un ámbito que, poco a poco, nos va despersonalizando: el ámbito del afuera, del otro. Sabemos que las comparaciones nunca son provechosas, pues son pulseadas estériles, formas sutiles de competencia, y de victoria o fracaso de las cuales podemos obtener resultados innecesariamente negativos para nuestra vida. Son diálogos entre nuestra autoestima o bienes y la existencia y los bienes de otro, en la que “el que envidia” o envidioso pierde siempre, quedando sumido en una tristísimo e insoluble insatisfacción.

 

            Es cierto que muchas veces las comparaciones surgen de modo natural, pero la obsesión por lo que otro es y tiene es una patología que requiere, en cambio, de nuestro mirar continuamente en y al otro. Por eso, digo que el resultado es siempre la sumisión en la pobreza. –Y nótese aquí que no importa cuánto se tenga, puesto que el envidioso siempre querrá poseer lo que el otro, no importa de qué se trate.

 

            Una de las difíciles soluciones a éste sentimiento pobre y empobrecedor, parece ser la gratitud con lo que somos y tenemos, habiendo reconocido nuestra “envidia” y habiendo realizado un previo redireccionamiento de nuestra mirada hacia nuestro ser y tener. Y aceptar, con sencillez, lo que nos ha tocado en suerte.

 

Desde ya que no se trata nunca de forjar ni fomentar una psicología del conformismo, pues continuamente debemos esforzarnos por conseguir lo que aun no somos ni tenemos, siempre y cuando no se trate de algo perjudicial y en su obtención no perjudiquemos a nadie, pero siempre debemos hacerlo con referencia a nosotros mismos, y aprender el arte, lo que implica ir procurando el sano hábito, de alegrarnos siempre por el bienestar del otro y por “aquello” que nosotros tenemos, y el otro no. Y nunca abandonar la lucha y la búsqueda de aquello que nos falta y podrá hacernos cada vez más plenos y satisfechos, pero siempre desde y con nuestra realidad, a fin de no claudicar en la tarea de mejorar cotidianamente nuestro bienestar.

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

 

 

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