Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LAS CIRCUNSTANCIAS Y LAS SITUACIONES LÍMITES

 

            Hay quienes hacen proyectos y hay quienes no los encuentran. Hay quienes esperan el porvenir para recrear lo que advenga de posible o potencial en la contingente existencia, y hay quienes no esperan nada, “de nada ni de nadie” –al decir de ellos. Pero entre estos hay algo en común, y es que más allá de su obrar o quietismo, la última palabra nunca parece ser la de ellos –-salvo que estemos ante algún “idiota” que le encuentre sentido a lo absurdo o ante un necio que rechace un sentido que le salga a su encuentro y se le ofrezca para salir de su infierno.

 

            Las circunstancias existenciales juegan un papel protagónico en las situaciones de nuestras vidas. Siempre nos condicionan, casi siempre nos coaccionan y, algunas veces, suelen determinarnos. Y uno no puede sino disponerse ante ellas, abandonando, en principio, toda pretensión de libertad y derechos.

 

            Principio de la serenidad y sensatez es el de comprender que somos esto, y que muchas veces podemos muy poco… En las “situaciones límites”, estamos –-por así sentirnos–- absoluta y espantosamente solos. Las presencias y palabras, y con frecuencia hasta las esperanzas mismas, resbalan de nosotros y se vuelven estériles, hasta molestas, a veces, por indeseadas. Y sucede que ingresamos en una dimensión de la existencia que no sabíamos, cuya piedra se corre solo ante la palabra (impronunciada) o el sentimiento mágico llamado, comúnmente, “sufrimiento”. Y es ahí cuando el abismo abre sus fauces a nuestra vulnerable existencia, y nos invita y tienta al arrojo, al salto a la nada, y a la caída en brazos de la desesperación. Pero, curiosamente, según testimonio de muchos, también surge, aunque a nuestras espaldas, otra enigmática visión: una grandísima tormenta cubriendo todo nuestro alrededor y que avanza como una nube compacta, negra y densísima, amenazante y aterradora hacia el que sufre, pero que permite el fenómeno de una extraña “ilusión óptica”. Muy al final de la tormenta aparece un punto luminoso, casi imperceptible, en el que, si se centra en él la mirada, entre tanta tiniebla, dicen, se vuelve cada vez más verdadero...

 

            Sin sucumbir al fatalismo, reconocemos que las más de las veces disponemos del poder orientarnos al abismo o la crasa tormenta; y que podemos, respetando la cadencia del miedo, la angustia y el dolor, tener un instante para considerar las circunstancias de la vida, de ésta vida, nuestra concreta y cercada vida, y elegir la dirección por la cuál transitar. Contra reflejo podemos voltearnos y enfrentarnos a la tormenta o dejarnos llevar por el dinamismo de la caída. Es cierto que las circunstancias, por su parte, suelen ponernos y llevarnos al límite, pero también es cierto que a nosotros nos queda la palabra y decisión definitiva: salir de la delgada línea y echarnos a andar tras la búsqueda de esa ilusión diminuta, que se confunde con lo inverosímil, o despeñarnos en el vacío.

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

 

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