Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LOS MIEDOS Y LA RECONCILIACIÓN

 

Ya la psicología hace tiempo que se propuso desvincularse de la filosofía ética, sus criterios y categorías –aunque ciertamente no lo haya logrado de modo radical, tal como queda de continuo manifiesto en los hechos–. Esta es la razón por la que algunos psicólogos siguen apelando a las nociones de bien y mal, de lícito e ilícito, y otras por el estilo, tanto a la manera de “consejos” como en el ámbito “teórico”. Pero en una Psicología Nueva, que está más allá del bien y del mal y del lado del hombre nuevo, no hay ningún mal a priori pues a todo lo juzga humano, y con todo lo que esa afirmación ligera conlleva. Y es en este sentido que nos atrevemos a afirmar que no hay nada más humano que el miedo y el amor. Y puesto que la conciencia parece ser una de las notas distintivas del animal humano, debemos comenzar afirmando que no hay nada más humano que la autoconciencia del miedo, y el miedo a perder lo amado o a poseer lo odiado o indeseable. De este modo, el miedo se convierte en el signo de lo eminentemente humano que se manifiesta, aunque de modos muy variables, en todas las psiquis en su estado “natural”. En efecto, a nuestro parecer, el animal humano no tiene, en el fondo, miedo a otra cosa que no sea a la muerte. Curiosamente, contra lo que algunos objetan, parece que esto incluye a los suicidas, quienes se ven sobrepasados por la muerte en vida y se declaran formal y definitivamente, en un acto de su voluntad y psicología afectada, incapaces para enfrentar y sobrellevar una existencia sumergida en el sufrimiento. [1]

 

Es manifiesto que todos los miedos nos conceden la revelación del grado de conciencia que la muerte adquirió en nosotros. Así, por ejemplo, lo que se conoce con el nombre de fobias –cualquiera sean sus formas– son meras simbolizaciones, objetivaciones, proyecciones, encarnaciones, de aquello que, por alguna razón, generalmente desconocida para nosotros, nos amenaza y puede destrozarnos por completo, aniquilarnos. Por otra parte, podríamos mencionar lo que hoy se vulgarizó como pánico (de un panic attack) es el (pre)sentimiento de la inminente destrucción de nuestra existencia, edificada sobre un sistema psíquico endeble –mecanismo que se activa en un determinado momento ante hechos puntuales– y es el resultado del haber vivido en un mundo de ficción o dogmático (este es un pánico con un abultado historial) o de haber padecido un episodio traumático o shock. [2] Ya se trate de una fobia o del pánico, siempre, en ambos casos, y en cualquier otro, parece que estamos ante el mismo miedo natural del hombre al fin; ya sea al propio fin, o de lo que amamos (e incluimos aquí a las circunstancias y los estados placenteros o que brindan comodidad o seguridad) o de quien o a quienes amamos. Lo que sucedió, tanto en las fobias como en el pánico, es que el miedo natural se ha vuelto patológico y dañino.  

 

Lo que se presenta como la única solución posible, real y “definitiva” –hasta donde es posible esta palabra en el ámbito de la psicología– es la reconciliación con el límite. El único tratamiento, cotidiano e inmediato, posible es la asunción radical, seria y tenaz, de la ardua tarea de ponerle un fin a las falsas convicciones y conflictos reales, e iniciar un proceso paciente de reconciliación con la existencia, y con la nuestra y la no nuestra. En efecto, la reconciliación existencial nos conduce, poco a poco, y necesariamente, a la aniquilación de todos los miedos, los actualmente padecidos y todos los posibles porvenires, incluido, desde ya, el único miedo fundamental y fundante a la muerte. La clave estará, como casi siempre, en el redireccionamiento de nuestra conciencia a través, concretamente, de la educación de la inteligencia, incluida una revisión de las profundas creencias y un retorno a la realidad (objetiva), a fin de ir adquiriendo un gobierno cada vez más amplio e inmediato de nuestra imaginación y pensamientos. –En efecto, más allá de toda terapia, se impone la necesidad del autoconvencimiento intelectual de algunas cuestiones esenciales, sin las cuales no puede existir un terreno fértil para ningún tratamiento psicológico.-

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007


 

[1] Pero el miedo y el amor “natural” pueden –como todo lo humano– padecer diversos desequilibrios, y la persona pasar a ser víctima de lo que es natural, como sucede en todos los ámbitos de la vida. Uno de los desequilibrios más comunes es el que conocemos con el nombre de obsesión. Una obsesión es el resultado del proceso de fijación en un objeto concreto, y su origen suele ser complejo, debido a que no puede reducirse a una sola la causa, aunque se crea que ella se manifiesta de modo conciente. Por esta razón es preciso iniciar un camino de investigación por la historia del “obsesivo” para tratar de encontrar el “momento” en el que la atención se comenzó a centrar, recurrentemente, en un “tema” concreto, hasta volver a la inteligencia y sus afectos en esclavos de él. // Ahora bien, la relación entre el miedo y la obsesión es demasiado estrecha como para poder delimitarla. Por un lado, podemos decir que el miedo es una forma de las más comunes de obsesiones que surge en diferentes momentos, con diversa intensidad y ante muy variadas circunstancias. Y, por otro lado, podemos decir que es la obsesión el resultado del miedo a la pérdida de lo que se desea, necesita o ama. La obsesión y el miedo, se instalan en el mismo sitio: la conciencia, la inteligencia, y se originan en las vivencias y percepciones.

[2] No debemos olvidarnos de las personas de “personalidad” miedosa o insegura, por su parte, quienes aprendieron a convivir con las posibilidades de la muerte inconsciente o concientemente, es decir, que se están de continuo codeando con la muerte misma pero de un modo menos extraordinario.

 

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