Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LA DISCAPACIDAD MENTAL QUE MAL LLAMAN “MALDAD”

¿LA PEOR ENFERMEDAD?

 

Si, por un momento, por unos minutos nomás, hacemos el esfuerzo intelectual de adherir a la tesis “antropológico-psicológica” nietzscheana, y atendemos a su necesidad de trascender las categorías éticas, y vamos “más allá del bien y del mal” al considerar las acciones humanas, y la declaramos, a esta distinción (“bien y mal”), como muchos filósofos actuales, obsoleta, tendenciosa y demasiado humana –por religiosa y/o cultural–; o sea: “simplista, mítica y clásica”, para evaluar aquello que subyace y permanece como fondo motivador de las acciones, deberíamos realizar un cambio radical en el análisis y formas de ver las cosas, muy diferente al que habitualmente usamos o realizamos, al mismo tiempo que deberíamos quedarnos sólo con explicaciones de carácter estrictamente “meta-psicológicas” y en absoluto “morales”, como solemos ensayar; pensar o verbalizar. De manera que no podríamos ya decir que alguien es “bueno” o “malo” sino que (como cabría a quien abraza los presupuestos evolucionistas y la “animalidad” o “instintualidad” humana, sin más) cabría quedarnos con la sola admisión de “acciones nocivas y/o perjudiciales” para tal o cual individuo, y realizadas, de hecho, por tal o cuál individuo; de tal o cuál especie.

 

Pero, en el caso del hombre, claro está que, cuando uno lleva este “ensayo mental” hasta el final, las cosas no resultan sencillas -pues parece complicarse bastante, dadas las circunstancias. Pues parece haber y constatarse en la naturaleza humana una suerte de “instinto más refinado” que en los demás animales, al que suelen (sustantivar, separar del “resto de la naturaleza” y) llamar “razón” o “raciocinio”, “mente”, “espíritu” y de tantas formas más, que es, en última instancia, el principio “natural” al que se argumenta para impedir dejar al hombre librado a su libre antojo en su accionar. No obstante, iremos un poco más allá aquí, y nos preguntaremos, al menos, si podríamos sólo hablar, en caso del hombre, y a la hora de analizar sus acciones, también, sencillamente, de un ser “realizador de acciones nocivas o beneficiosas”, y si cualquiera debería ser justificada igual.

 

En principio, debemos decir que la cuestión parece más compleja que esto, pero, sin duda, se habilitaría la posibilidad de hablar de modo definitivo, de individuos con una psiquis o naturaleza “más o menos desequilibradas” o “desorientadas, desviadas” (o que persiguen una finalidad patológica), de un modo más o menos permanente. En efecto, la “humana” es la única especie capaz de hacer algo parecido a lo que podríamos llamar “bien” o “mal”, y de un modo, en apariencia, “libre”. Pero, si el mal no existe (tal como creen los más ilustres metafísicos y muchos teólogos) debemos hablar de “carencia de bien” o, mejor, de “ausencia de salud”; que se ha dado a llamar: “enfermedad”.

 

La Organización Mundial de la Salud, en el Preámbulo de su Constitución, afirmó en el año 2006 que “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. De manera que, “enferma” también podríamos llamar (y en derecho) a toda persona que, con cierta “naturalidad”, realiza acciones procedentes de una psiquis “en mal-estar”, es decir, des-equilibrada, tendientes a causar, a su vez, mal-estar físico, mental o social. Por esta razón, se impone la necesidad de comenzar a llamar “enferma” también a toda persona que, hasta ahora, considerábamos, simple y sencillamente, “mala” o “con maldad”.

 

Lo interesante es que los individuos que hacen daño a otros o lo someten a una situación de mal-estar –o le hacen sufrir un “mal-pasar”– de modo continuo o grave, a juzgar por sus consecuencias personales y sociales, no deben ya ser considerados “malos”, y debe dejar de esperarse que sobre ellos advenga el castigo de algún dios, aunque tal vez sí pueda y deba comenzar a pensarse en algún modo de someterlos, de modo “obligatorio”, si pretenden deambular y vincularse con los demás, a un tratamiento psiquiátrico que los ayude a restablecerse en el buen funcionamiento de sus facultades mentales (y sus vínculos sociales con los demás) y salgan de ese estado de “demencia temporal” que los lleva a “realizar el mal”; al mismo tiempo que debería ir solicitándose a las autoridades pertinentes que sean apartados de sus cargos, funciones y roles habituales, a fin de que depongan, dejen de realizar, de una vez por todas “las acciones”, esas acciones que afectan o, eventualmente, podrían afectar a los demás –pues están inhabilitados para asumir u ocupar, por ejemplo: cargos o funciones ejemplares; cargos públicos, por ejemplo, y dejar de opinar y, muchos menos, tener poder de decidir sobre asuntos que tienen cierta “trascendencia” social, y suspender el trato con los demás. Y todo esto en nombre del “bien común”, del bien social; en bien de la especie humana, nada para el goce individual. Pues es esta que “hace el mal” gente que necesita de un cuidado y atención especial; son “diferentes”; son “gente con capacidades diferentes” (tienen los que otros no, una capacidad no igual), por ejemplo, aquellos que tienen la habilidad y destreza para mentir y hasta vivir hipócritamente; enfermando, dañando, perturbando a los demás, arruinándoles la vida, en todo o en parte, a quienes procuran con su esfuerzo no realizar algunas acciones insensatas, imprudentes, que cualquiera tendería a confundir con un “mal”; de acuerdo a las consecuencias que causara, o el lenguaje vulgar y habitual. En efecto, son esas gentes poseedoras de “dis-capacidades diferentes” aquellas que estamos acostumbrados a considerar y tratar en nuestra cotidianeidad, incluso en nuestro “ámbito legal”. Pero veamos otro detalle.

 

Ciertamente no es consuelo re-nominar a esta personas; (dis-)capacitadas sin igual, si no que lo que hay que hacer es, antes que nada, indicarnos e indicarles que están siendo víctimas de una “enfermad”; más común de lo que se cree hoy en día, y que ha atacado, sencillamente su psicología, y la ha desequilibrado, por lo que sus pensamientos y actos son expresiones que, necesariamente, tenderán a seguir los patrones de su enfermedad que, simbólicamente, llamaremos: “la enfermedad del mal” o “maldad”. Por lo tanto, si no quieren afectar a los demás, deben, por sí mismos, en un acto de integridad; honestidad y justicia, sospechar de la falta de su salubridad y presentarse, o internarse, conciente y voluntariamente, en un Centro de Salud Mental especializado para ellos, “dis-capacitados mentales”, poseedores de la “enfermedad del mal”. La Legislación argentina nos avala, puesto que la Ley 22.431, vigente desde 1981 aunque se disimule demasiado esta vigencia Nacional, afirma que hay diversos “grados de discapacidad”, tanto físicos como mentales, y dice que, a diferencia de lo que todos generalmente creen, “se considera discapacitada toda persona que padezca una alteración funcional permanente o prolongada, física o mental, que en relación a su edad y medio social implique desventajas considerables para su integración familiar, social, educacional o laboral” (art.2).

 

Quienes tenemos un olfato “más refinado” -aunque no demasiado- que el vulgar animal humano enfermizo y superficial (solamente considerando las diversas y evidentes formas que tiene un individuo de “ser y expresarse”: de ser, decir y hacer; ya sea solo o con los demás) podremos inferir y reconocer desde lejos -diríamos ya a esta altura- a uno de “nuestra especie” que posea alguna “alteración funcional” crónica o permanente, de estas del tipo que se confunden con (el mito de) la “maldad”. Pues bien, creo que ahora sí ha llagado el momento esencial en lo que a nuestra actitud frente a ellos concierne. Es simple: hay que evitar a este tipo de individuos -no les hablemos, no discutamos, no pensemos en ellos, pues será una pérdida de tiempo; pues esos individuos no son “normales”; ¡no los pretendamos y tratemos como a seres humanos no discapacitados!, o sea, sin esta “capacidad especial” (que puede ser genética o adquirida) de joder a los demás; no los odiemos ni tomemos represalias inmediatas por su accionar, antes bien, ejercitémonos en ver... allí donde los demás ven, y nosotros en una primera instancia, “maldad”, tal vez debamos aprender a reconocer esta tremenda enfermedad que sólo los humanos pueden contraer y contagiar! –pues quizá debamos saber que hay un tipo de “enfermedad”, que se ha vuelto pandémica, y mortal, y que es la peor “discapacidad mental” existente, y de la que, muy curiosamente, no hay registros, ni en el DSM-IV! (que es la 4ta. Edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders de la American Psychiatric Association). ¿Será porque esta sí se ha vuelto admisible, y considerada como procedente de una suerte de “estado humano natural”?

 

En caso de que sea necesario, y nos sintamos amenazados, tal vez debamos pedir ayuda –si recurrimos a la Justicia, por ejemplo, supongo que ella, o alguien que la represente, nos sabrá cómo guiar, o al menos, orientarnos en cómo debemos comportarnos, plantarnos y obrar o no obrar. Por lo pronto, sepamos que hay mucha literatura, que algunos llaman: moral, psiquiátrica, sociológica y judicial, de la que podemos disponer hoy en día para aprender a tratar “de un modo diferente” a la gente que padece este desequilibrio existencial -y ¿por qué no? tal vez tengamos que fijar un modo social convencional de tratar a esta “gente”, si pretendemos comenzar a abordarlos de una manera nueva, o sea: “más allá del bien y del mal”.

 

En cuanto a nosotros, los que vemos, y tratamos de tomar medidas para no contagiarnos esa “enfermedad”, no podemos dejar de reconocer que está lleno el mundo ya de estos “enfermos mentales”; de estos “elocuentes discapacitados psíquicos”, que se hallan en una desventaja mental e intelectual increíble -no nos dejemos convencer por las apariencias, dejándonos engañar! Tratemos de no discriminarlos, y darles un trato preferencial... no como a “malos”, pues están insanos y necesitan ayuda, con urgencia, y ser apartados desde ya, aunque sea provisoriamente, de aquellos sitios donde puedan a otros con su enfermedad afectar; pues no son modelos de nada, sino sólo del abismo en el que puede caer la especie humana cuando es dejada librada a la decadencia de sus “posibilidad mental” –cosa que no sucede con los demás animales, porque ellos no pretenden más de lo que son o tienen: ellos viven en esa “felicidad y armonía preestablecida” -como diría Leibniz- de seguir su impulso natural.

 

¿Observaron suficiente a los demás animales? ¿Nunca les llamó la atención que entre los instintos animales primarios, en ninguna especie, se encuentra el “instinto a hacer algo nocivo” (lo que nosotros llamaríamos “daño”) sin causa, ni el hecho de vivir una existencia vacía y hastiada y, mucho menos, con objetivos puntuales de joderle la vida a los demás?

 

 

Ciudad de Buenos Aires © 2009.-

 

 

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