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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
LA MEMORIA, EL OLVIDO Y “MECANISMOS PSÍQUICOS” Por el Prof. Pablo H. Bonafina ©
«En la Interpretación de los sueños, contra la opinión de muchos, incluso de mucha gente con sentido común, afirma el Dr. Sigmund Freud que “el sueño es el guardián del reposo, [y] no su perturbador” (Circulo de Lectores, Bs. As., 1985, pág. 258). Y creo que lo mismo podríamos decir de algunos “olvidos”, de algunas “falta de imágenes”, de algunas “fallas de la memoria”. Sin duda que nos aturdiríamos y enloqueceríamos si estaríamos recordando todo el tiempo todo! Parece que la memoria, a veces, es como si trabajara “en bloque” (pensaba en las personas que tienen una prótesis en la columna y se mueven ‘en bloque’ perdiéndose una parte de algo, por alguna razón, lógicamente)… y que “en bloque” también nos protege y “se protege”. Pongo un ejemplo. Supongamos que hay un día malo que tuvimos, por una cosa mala que nos sucedió. La memoria, puede suceder, que, por las dudas, “borre”, tape, cubra con un o su (para mí) “mecanismo de defensa” a la conciencia de la “re-viviencia” de todo aquel día (completo), a fin de no tener que presentarnos “aquello que nos ha lastimado” o creado una “herida” (palabra ésta que, en griego, se dice “trauma”).
Nuestro “organismo psíquico” tiene sus propias “leyes”, su propia mecánica, de funcionamiento y también de “autoprotección” (lo mismo pensaba ayer cuando un cardiólogo me comentaba qué sucede con el corazón, y otros órganos y sistemas del cuerpo humano, que cuentan con “compensadores”). Tratarán estos “mecanismos” (que suceden sin que nos demos cuenta casi siempre) de “cuidar” que no se produzcan ciertas “acciones, palabras o acontecimientos” (traer algo a la conciencia, en este caso, por ejemplo, es decir, hacer que recordemos algo) que pueda ponernos en una situación de vulnerabilidad; y parece que es por eso que, sencillamente, “no recordamos”. Por más que nos esforcemos, nuestro sistema psiquico “sabe” más –y mejor, y mejor que nadie él conoce sus límites– y por eso nos cuida.
Los sueños, por su parte, parece que también ejercen una acción similar, para Freud. Decía en la cita de más arriba del sueño que era su “guardián” (el “guardian” de nuestro reposo, de nuestro estado vital, de nuestra “serenidad”); aunque en él se manifiesten y “vivan” las pesadillas más aterradoras. Porque, precisamente, deja que se manifiesten, en “nuestra subconciencia”, conciencia también en cierto modo al fin, todos, o algunos, de nuestros miedos y deseos, satisfechos o frustrados, del modo más ilógico y/o no tanto. Por eso parece que “no recordamos”, muchas veces, lo que soñamos. Pero debemos saber que lo importante es haberlo soñado! y no tanto el recordarlo! (aunque obtendríamos un “acceso casi directo” a nuestro inconsciente, para Freud si los recordásemos y trabajásemos en la vigilia con esos contenidos “oníricos” –esto es: concernientes al sueño). Si soñamos “alguna cosa”, significa que aun está allí, en lista de espera (de análisis, de abordamiento, de “tratamiento”, de atención). Por eso es importante, y quizá sea una de las más útiles, hacer una buena “terapia de los sueños” o de sus partes, con un “profesional” del psicoanálisis mejor, pero si no, nosotros mismos: hilvanemos, unamos, escribamos palabras, aunque aparentemente no tengan mucho sentido, y veámoslas, a ver si nos dicen algo en diferentes momentos, qué sentimientos nos despiertan… a dónde nos llevan aquella palabra, aquella imagen, aquel recuerdo, aunque nos resulte irrelevante (pues puede estar simbolizando “algo” importante –al respecto Freud y Jung han dicho suficiente sobre ésto)… En efecto, todo sirve para verlo a él… al que podríamos llamar el “señor de nuestra psiquis” (aunque a muchos les reviente esta concepción), al Ello, a Aquello (en alemán, “der Es”) que no es otra cosa que nuestra “identidad desconocida”, o nuestra identidad última, o más profunda… o como se lo quiera concebir al “Sí-mismo” (“Der Selbst”, para Friedrich Nietzsche, el inspirador del Dr. Freud y de elementos esenciales de su teoría psicoanalítica, como bien reconoce en sus obras (las menos leída); al “sí-mismo” –el que domina, el que manda al “yo” y juega con él como un niño con un juguete, y hace cuanto está a su alcance para realizar “su voluntad”, que es la de nuestros “instintos” más hondos, más allá de la conciencia, y acallados, reprimidos habitualmente por nuestros “principios”, “socialización” y o cultura!).
Durante años, y mucha literatura e intérpretes, hoy en día se sigue hablando del inconsciente no sólo sin saber de qué se está hablando, sino que mucho “grandes pensadores” (que lo son de “perogrullo”!) lo presentan como “Algo”, misterioso, y dañoso, como un algo más “enemigo” que “amigo” del hombre; y más “inaccesible” que “posible” y, sin embargo, yerran éstos a todas luces, pues está (nuestro “Inconciente”) todo el tiempo manifestándose, llamando la atención, como los chicos, para que lo atendamos, y quitemos, descubramos, de Él “contenidos” que hace muchos o poco tiempo aguardan nuestra propia y personal quita, con nuestra mirada y atención. Los sueños, los fallidos, algunos sentimientos confusos, emociones entremezcladas, “rayes” de todo tipo, todo nos habla del “fondo de nuestra conciencia” –pasa que no se nos enseña a escuchar, en el vaivén cotidiano.
Dejemos que nuestra psiquis se tome su tiempo, y no temamos “los convites” del “inconsciente”, bajo cualquiera de sus formas. En efecto, tal vez sea necesario aprender a aceptar que no somos, al fin y al cabo, sólo esto, sino también un montón de cosas que nos aguardan una vez que nos distendamos y bajemos la guardia y las resistencias y estemos dispuestos a ver nuestro pasado como pasado, y sin mirada “juzgadora” sino “reconciliadora”, perdonadora, de nosotros, y de los que nos hicieron llegar a ser quienes somos. No podemos “violentarnos” a “sacar las cosas del yo”, pero podemos disponernos a estar atentos a “sus entregas” cotidianas y a darle el lugar que se merecen, porque forman parte de nuestro “Gran Yo”, que incluye lo que soñamos y también lo que no podemos recordar, incluso lo que vivimos y lo que sí recordamos o desfiguramos en nuestro intento de protegernos; pues no son pocos los que, a causa de incapacidad para ver una “verdad”, tergiversan, cambian los “detalles esenciales” para terminar conviviendo con un “sustituto”, pero no con una “verdadera realidad” vivida, soñada, deseada o reprimida…
Para terminar, quisiera compartir otro tópico del maestro del psicoanálisis, que él enuncia a propósito del olvido de los nombres en Psicopatología de la vida cotidiana. Dice Freud: “Existen algunos olvidos que presentan un proceso más sencillo… junto a los sencillos olvidos de los nombres propios aparecen otros motivados por represión” (Obras completas, Tomo VI, pág. 759). Si seguimos todo lo anterior, casi me atrevería a legitimar mi pensamiento, pero con un dato más delicioso que nos brinda el psicólogo: tal vez sea preferible no recordar (en bloque) –a veces. Me explico en breve. Cuando un episodio ha sido demasiado “traumático” para nosotros, el olvido es el mejor aliado y el primero de los mecanismos que encontramos “los que somos frágiles y vulnerables” (y extremadamente sensibles, en el fondo, y no tan en el fondo) para “no golpearnos” con realidades (extremadamente) dolorosas o que nos han hecho sufrir desproporcionadamente (desbordando nuestra capacidad de “tolerancia”) o que no estamos dispuestos a “ver de frente” o “de nuevo”, aunque nos creamos muy fuertes y “solucionados” (hay otro “mecanismo de defensa” que aquí no puedo desarrollar más que mencionar, a propósito, que es el de “racionalización”, que suele ser muchas veces peor que el anterior, porque hace creer (a quien lo “usa” o a la psiquis que dispone de él) que “se sabe” o que “se curó” porque, ésta es la ecuación falaz: “se sabe no afecta”, y tal vez esto sucede en el mismo momento en que lo está haciendo. Decimos que sí, pero no dejamos que esa imagen, ese olor, ese sabor, ese color, esa imagen, ese sonido, esa voz, lleguen y calen hondo en nuestra conciencia existencial… Entonces, allí tenemos otra pista).
Para terminar, debemos volver sobre “Lo importante”: aprender, cada vez más, a no tenernos miedo. Tratemos de no dejarnos perturbar por nada que tenga para decirnos –o bien por “el silencio”, el “no recuerdo”, por el “nada” que tenga para decirnos– el subconsciente; pues éste es como un miembro, si no el más profundo, de nosotros mismos; y en él estamos muchas veces, o muchos aspectos nuestros están en él, escondidos o replegados, encerrados, acallados, tal vez tras años de presión voluntaria o no. Tenemos mucho aun que aprender, y tener claro (luego de la sospecha nietzscheana sembrada en el mundo, y trabajada brillantemente por el médico y filósofo austríaco) que también detrás de todo silencio se puede esconder una palabra, y que el silencio, muchas veces, puede ser “una palabra”, hasta quizás la más difícil de entender, pero que tenemos que aprender a escuchar en el silencio cotidiano, siguiendo y atendiendo los “signos”, pistas, huellas, que se nos van convidando y que, habitualmente, sin conciencia, descuidamos y dejamos pasar.»
De APUNTES PARA UNA PSICOLOGÍA NUEVA (Obra inédita registrada de Pablo H. Bonafina) Ciudad de Buenos Aires © 2.010.-
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