Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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LOS MIEDOS Y LAS FOBIAS

 

            Ya hemos hablado de los miedos como elementos constitutivos de nuestra vida y, más precisamente, de nuestra constitución psíquica. En efecto, en nuestra psiquis reside la conciencia y la memoria, y en el resultado de la relación se encuentran los miedos.

 

            Hay miedos que son explícitos, concientes, que tienen un cabal sentido y razón de ser, y que sólo nos afectan cuando se apoderan por completo de nuestra psiquis. Pero hay otros que han quedado guardados en los repliegues de nuestro subconsciente y que, en algún momento de la vida, dan su presente, de modo, más o menos simbólico. Las fobias son éste tipo de miedos elevados al rango de símbolos (encarnaciones y manifestaciones de conflictos primarios) que debutan en algún momento de nuestra vida, a veces prematuramente y otras más tardíamente, dejándonos desorientados y sin poder comprender de modo completo su origen.

 

            En la mayoría de los casos las fobias se originan en nuestra infancia, y se diferencias de los miedos, sin más, por tener una prepotencia más compacta, más específica, y menos indeterminada o genérica. Por ejemplo el miedo a la muerte es un miedo inherente a los mortales que poseen, y a veces padecen, de su conciencia. Sobre éste miedo primigenio suelen montarse la mayoría de las fobias. De hecho, casi siempre las fobias son una amenaza que nos remontan a una situación y estado de indefensa similar al del niño en la oscuridad.

 

            La pregunta fundamental es: ¿de dónde provienen las fobias? La respuesta ya fue bosquejada: de nuestro miedo a perder lo que amamos o nos es necesario para nuestra vida o, incluso, como muchas veces sucede, miedo a perder el control sobre el sostenimiento de tal o cuál estilo de vida, rol o porte existencial. Podemos tenerle miedo desde a perder nuestra propia vida o la de algún ser amado hasta el fin o no vida (realización) de algún proyecto en el que hayamos puesto la mayor expectativa existencia. Pero temerle al sufrimiento, en cambio, es una forma refinada de miedo infantil (generalmente los mayores miedos son a lo desconocido), y se suele “curar” haciendo un viaje al pasado, a aquella época en la que padecíamos a los fantasmas y se originaron (nos transmitieron, explícita o implícitamente) nuestros primeros miedos. En cuanto al miedo a la propia muerte, será bueno ir tomando conciencia de que la muerte no duele puesto que se define, también, como el fin de todo sufrimiento.

 

            El remedio a las fobias es un complejo ungüento, pues exige un recorrido pormenorizado por nuestros primeros años y un abandono del estado de seguridad que es el que, generalmente, nos ha traído hasta la edad adulta con miedos irresueltos. Hay que empezar a prender la luz y darse cuenta que no existen tales monstruos. Lo que implica un acto de valor y confianza que no puede darse al margen de una adecuada ayuda terapéutica. Y, por otro lado, un estar dispuesto a aceptar, al menos en mente, el proyecto formal de ir tomando conciencia de nuestro límite ante la mayoría de las circunstancias que nos rodean. Pues muy poco podemos hacer para modificar la posibilidad de que las cosas que no deseamos sucedan. La madurez psicológica sólo comenzará a darse en aquella conciencia que esté dispuesta a demoler el muro que nos separa de nuestro pasado y reconciliemos a aquel niño miedoso o sufrido que fuimos con éste adulto que tuvimos que construirnos para salir al mundo y comenzar a ensayar nuestra vida. Y, sobre todo y fundamentalmente, una vez que comencemos a hacernos a la idea de que no somos dueños absolutos de nuestra frágil existencia, aunque debamos aprender el arte de gozarla hasta la eternidad –entendida como el fin de la temporalidad; la, muchas veces, única auténtica opresora con la que hay que aprender a llevarse del mejor modo posible, sin dejarse arrastrar por sus contingencias.

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

 

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