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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
ENTORNO A LA MUERTE
Antes de que se cumpliera la primera década de mi vida, la muerte y la soledad golpearon las puertas de mi conciencia y de mi corazón, y, desde entonces, no han dejado de inspirarme los sentimientos y pensamientos más extraños. Hoy, casi dos décadas después, me he dispuesto a escribir y expresar, en medio del miedo a su visita a mí y a los que amo, algunas de las sugerencias que surgieron de nuestros “encuentros” a largo de estos años, y con esta reflexión iniciar la conjura de los últimos fantasmas, lanzándome a la hermosa y riesgosa aventura que es la vida misma, ésta que tengo y llevo, no la que deseo, sino la que palpo, vulnerable a cada instante.
Si tuviera que esbozar una primera y provisoria definición de ella, se me antojaría hablar de la aniquilación de la propia autoconciencia y de toda existencia. Y he aquí el drama capital de la cuestión: la autoconciencia de la muerte. Tal vez la muerte no amerite pensamientos y reflexiones hasta que uno no se haya encontrado con la conciencia de ella. “La muerte existe”, lo sabemos, pero lejos… Cerca, tal vez, pero no lo suficiente. La muerte se vuelve una amenaza recién cuando se presiente cercana a la propia vida, cuando se siente exactamente enfrente. La palabra “muerte” proviene del latín, y más precisamente de mor (moris), palabra muy próxima a morbos, que quiere decir “enfermedad” (a). Mor es una palabra muy cercana a mos (moris) que refiere a “lo habitual” (b), a la costumbre. El verbo “morir”, en cambio, de morior, palabra relacionada con morio, término que refiere a un “loco” (c) que da risa, una especie de bufón o payaso. Y por otras parte, está moror, que significa “detenerse, quedarse” (d). Así como hay sonidos que nos llevan a otros, así pasa también con las palabras… Pronunciar en latín mor, con pretensiones etimológicas, implica realizar, como sucede con todas las voces latinas, un recorrido semántico por todas éstas palabras vecinas. Lo que lleva a pensar, de modo inevitable, que la muerte se relaciona con la enfermedad, lo habitual, la locura y el detenerse –cosa que, por otro lado, no resulta tan disparatado. Parece necesario recordar que la muerte es algo siempre “nocivo”, por su consecuente efecto. El efecto de la muerte es siempre el cese de la vida, y es claro que la vida es siempre algo “positivo” –hablo desde una perspectiva ontológica. La vida es la manifestación de la existencia conciente, la muerte el fin de toda vida. Por eso, más allá de cualquier modo particular de vida, o sea de cualquier modo de vivir, la vida siempre es referible a la muerte. Existe una sola excepción, y es cuando una vida está infectada de muerte al punto que produce un sufrimiento mayor que la autoconciencia misma del fin, y que el fin mismo. No obstante, esta situación paradójica, no vuelve a la muerte algo “beneficioso”, sino algo “preferible”, en la escala de “males” concretos. Instintualmente, el hombre, como el resto de los animales, posee en su alma, una capacidad psíquica específica para percibir la presencia de lo perjudicial para su existencia, y tratar de evitar que algo nocivo atente contra su vida. El animal es un ser que percibe aquello que puede convertirse en una amenaza para su existencia, y huye de ello. El animal humano, además, puede cobrar conciencia plena de ello, al punto de quedar paralizado, estancado, ante el mal que se avecina, cosa que no pueden hacer el resto de los animales de modo permanente. Otra particularidad de los racionales es que pueden pensar en la muerte cuando no hay frente a él ningún elemento amenazante de su existencia, cosa que sería inconcebible para el resto de los animales que viven orientados hacia lo concreto de cada momento, tanto en el placer como en el displacer, cosa que les aporta cierta serenidad y concede un sueño más placentero y extenso. El animal humano tiene de continuo frente a sí mismo la causa de su futura muerte, por eso, todo el tiempo tiene la muerte ante sí –la reconozca o no. En efecto, el hombre, el la medida en que toma conciencia de su fragilidad existencial cobra conciencia de la muerte. La mayoría lo negará, pero todos, en el fondo, queremos ser “como dioses”: gozar de inmortalidad y tener todos los acontecimientos bajo la propia voluntad. Es decir, el origen del pensar la muerte se encuentra en ir descubriendo la “verdad” de la propia existencia, y empezar a horrorizarse ante ella. Vaya a saber por qué el primer momento fue de espanto –tal vez padres irresponsables nos han hecho creer que somos dioses, en un acto de flagrante negación a ver a la muerte como algo tal natural como la vida misma. Lo cierto es que el pánico ante la muerte es el sentimiento que mayor ternura y estupor despierta en mí: no es miedo, tan solo la autoconciencia al desnudo, la toma de conciencia de la verdad última, el saber el fin como posibilidad real e inminente. “Somos esto”, y esto duele. ¿Para quién no duele? Evidentemente para quien sabe desde siempre que es “solo esto” y no más, ni menos. Porque ser un animal humano es algo maravilloso, mientras dura. Tanto nos hemos, y nos han, alzado por encima de nuestros parientes del reino animal que nos creemos dioses. Ciertamente que, a diferencia de ellos, presentamos una evolución que nos puede hacer hablar y reflexionar acerca de ellos, pero eso no nos exime de llevar una vida muy similar, al menos hasta que llegue “el fin”. El miedo a la muerte no es animal sino humano. La muerte es algo animal, así como el intentar escaparse de las situaciones mortales. Pero el humano no puede escaparse de su conciencia, y allí viene su derrumbe emocional. El hombre queda encerrado en una existencia rodeada de límites, que, lejos de protegerlo, lo expone a la muerte, y el mundo pasa a ser el gran depredador que saldrá invicto frente a la lucha por la sobreviviencia en ésta maldita selección natural… Exceptuando algún zoólogo antropomorfo, que los hay, nos consta que los animales no se suicidan. Parece que no forma parte de ningún instinto ponerle fin a la propia existencia. El hombre, en un desesperado intento de “no sufrir” puede terminar, contranatura, con su vida, pero, para nosotros, los admiradores de los animales –entre los que se encuentra el humano– el suicido es reprobable siempre. Y sobre él no tenemos nada para decir, solamente no lo consideramos. Forma parte del pensamiento y hasta del diálogo cotidiano el que una muerte sea preferible a otra, en efecto, algunos comparan, y hasta hacen sus apuestas o manifiestan su deseo de morir de tal o cual modo –casi siempre se desea o pide aquella realización más inconsciente, por lo que inferimos que, más que a morir, el temor fundamental es a presenciar la propia muerte. En verdad, es preciso recordar que ninguna muerte es preferible, pues nunca la muerte es preferible; en principio, es preferible no morir y vivir más o menos sanos. En lo personal, si debo morir, lo único que prefiero y deseo es que suceda en el “momento de conciencia” en que haya entendido y aceptado con una “serenidad y naturalidad animal” que el morir que me está sucediendo es el paso final obligado inherente a toda naturaleza viviente, al mismo tiempo que la consumación de todos los caminos –confieso que quisiera morir cuando estuviese un poco más de acuerdo. Más fantasías… La muerte no depende de nosotros, y en esto sí que es idéntica a la vida. No intervinimos en nuestro nacimiento y, generalmente, no intervenimos en nuestra muerte. Aceptar… desde nuestra fecha de nacimiento, a nuestra existencia actual, a nuestros padres, hermanos, familia, situación económica, clase social, caracteres físicos y psíquicos, sexualidad, y todo lo demás, pueden constituirse en simbólicos caminos que nos preparen para aceptar a “la gran inevitable”. Todo lo que sea condicionante y determinante de nuestra vida es, en cierto sentido, una negación de la realización de otras posibilidades, y pueden volverse éstos “límites naturales” caminos válidos hacia la aceptación de la propia vida incluyendo su fin. Quien no se acepta, ni acepta su vida, no podrá menos que temblar ante la muerte. Y quien es víctima de la ansiedad también puede ser próxima presa de la angustia de la muerte, pues la angustia puede originarse en la imposibilidad de modificar aquello que afecta negativamente o enferma la existencia psicoafectiva, o en la imposibilidad de remover aquello que produce displacer, en sentido general del término. No podemos perder de vista que la muerte pone fin a todo intento de cambiar de situación, y que es más fuerte que nuestra voluntad y obstinación, y la única que puede vencernos. De ahí que algunas personas gusten en el fracaso y la frustración a la mismísima muerte, puesto que pueden convertirse éstos en simbólicos jaques mates a nuestra voluntad de vivir, y/o de una manera elegida por nosotros mismos. “Somos frágiles”. Efectivamente, hay un sinnúmero de causas que pueden provocarme el fin –y todas ellas son importantes si pueden aniquilarme. Hay muchas de esas posibles causas que son evitables, pero la gran mayoría, entre las que están las insólitas, las insospechadas, no. Nada de lo que sucede es evitable si se consuma, y una vez que se consuma. Las cosas suceden, las cosas fallan, fallamos, fallan… nada es perfecto! Esta “verdad” la aceptamos a medias, y es una de las pocas verdades admisibles. La perfección no existe, los dioses no existen (al menos aquí abajo), existen criaturas contingentes vaiveneadas por las circunstancias, internas o externas y expuestas de continuo al límite. Todos vamos a morir. Pero la vida, mientras tanto y hasta entonces, se despliega con toda su riqueza y nos invita a la aventura, al proyecto de tratar de construir una vida de bienestar, aunque sea rodeada de límites. No podemos pasarnos la vida afligidos por la muerte. No podemos vivir con nuestra atención y tensión en el fin del camino, porque vivir es un comenzar siempre espontáneo y hacia delante, y un disfrutar el instante presente, como si fuera nuestra única tierra firme en la que nos es lícito pisar. Quisiera terminar con una aclaración más: la muerte no duele, lo que duele es la vida y todo lo demás. Pues es la muerte el fin de la vida y de todo dolor. Por eso, la conciencia de la muerte no debe quitarnos el ansia de vivir. Sólo si vivimos con la existencia centrada en el presente y con la conciencia de la pobreza de nuestra naturaleza podremos comenzar a vivir felices –a semejanza del animal. Comprender que el momento del final es inevitable y que debemos deponer, cuanto antes, el insoportable e insufrible preocuparnos por la muerte es una tarea urgente y fundamental para todo hombre que quiera disfrutar de la vida, pues, lo queramos o no, cuando la muerte llegue no nos podremos de ello ocupar, aunque sí podremos irnos en paz. Y para poder “irnos en paz” no hay otro camino que la búsqueda de una temprana reconciliación con la muerte, la soledad y la pobreza, que puede traducirse en la búsqueda de plenitud a y en cada instante, pues –y este es otro enigma no menor al de “qué habrá más allá de ésto”– una “cierta plenitud” puede existir en el más acá del límite y la pobreza existencial. De modo que no hay mejor camino para tratar de llevar una vida de serenidad que el dedicarse a apresar instantes, y aprender a no tenerle miedo a lo que no podemos dominar, antes bien volvernos concientes de que ésta vida que nos traerá la muerte es la misma que puede permitirnos la felicidad.- Prof. Pablo H. Bonafina Ciudad de Buenos Aires © 2006
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