Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

________________________________________________________________________ 

 

LA VIDA Y LA MUERTE DE UNA ESPERANZA

 

La palabra “vida” habitualmente designa a la “existencia animada”, es decir, a un ser en dinamismo, en cierta forma de movimiento. Pero cabe destacar que no son sinónimos “vida” y “existencia”. En efecto, si no delimitamos bien los conceptos, afirmar que hay “muerte” en la vida, resultará, para muchos contradictorio. Por eso, sería mejor hablar de “existencia” como ámbito en el que los seres experimentamos ánimo y desánimo, dinamismo y estatismo, evolución e involución, situaciones o realidades nocivas o beneficiosas para “nuestra existencia”. Y, en este sentido, podríamos tomarnos la licencia de afirmar que en la existencia, la vida y la muerte se entrecruzan, a veces de modo más frecuente del que se cree.

 

            Por un lado se llama “muerte” al fin de la “vida”, pero, por otro, también se llama muerte a la “corrupción” (término o completa aniquilación) de alguna existencia o sustancia “viviente”, que puede ser parte de un todo o un todo mismo. Ahora bien, es desde esta perspectiva desde la que afirmo que la muerte es una realidad con tanta consistencia (densidad y contundencia) como la vida; y que, por lo mismo, muerte y vida son los elementos constitutivos de la existencia; existencia que tiene principio y fin, al menos, fenoménico.

 

            Hay muchas otras muertes, esto es: otros “acontecimientos” válidamente llamados “muertes”, que no se refieren al término de la “vida” –entendida aquí como existencia física. Por ejemplo, decimos que partes del cuerpo se mueren; relaciones se mueren; esperanzas se mueren; optimismos de mueren; y seres humanos se mueren. Y parece  evidente que todo lo que se muere alguna vez estuvo vivo. Por eso, y desde ésta perspectiva, decimos que es posible experimentar, mientras se vive, la muerte, y de modo realísimo.

 

            Por ejemplo, una esperanza muere cuando el porvenir no trae ya, para nosotros, nada, y esto luego de una larga espera y objeto de una promesa, dada por otro o por uno mismo a sí mismo. Pero el dinamismo del humano esperanzado suele ser engendrador, ante la muerte de una esperanza, una nueva expectativa. De hecho, no hay manera de “soportar” la adversidad de la vida sin el mecanismo por el que nos inventamos de continuo expectativas –si no tenemos ya nada que esperar, el horizonte existencial se reduce a las sensaciones cotidianas, concretas, mezquinas, y, entonces, podemos volvernos más o menos pesimistas, según sean nuestras experiencias.

 

 

            Debemos guardarnos del pesimismo ciego, dogmático, que puede hacer la facción de un gesto y llenar un rostro de sombras. Pero, del mismo modo, debemos guardarnos de ser optimistas estúpidos, dándole la debida contundencia a el drama de quien espera y queda con las manos vacías. Así lo expresó el leyendario y paradigmático Job, símbolo bíblico del hombre sometido a la desgracia, a la prueba del Diablo y al abandono de Dios: “Esperaba la dicha, y llegó la desgracia, aguardaba la luz, y llegó la oscuridad. Me hierven las entrañas sin descanso, me han alcanzado días de aflicción. Sin haber sol, ando renegrido… Me he hecho hermano de chacales y compañero de avestruces. Mi piel se ha ennegrecido sobre mí, mis huesos se han quemado…” (Libro de Job 30,26-30).

 

 

            Volviendo a la muerte, y a la vida y la esperanza, debemos convenir en esto: si bien en un grado de conciencia (que se nos permite incluso intermitentemente en los grandes cataclismos psíquicos) sabemos que, si bien la mayoría de las veces no se trata del término de la vida orgánica, no por esto pierde su fuerza la muerte experimentada. En efecto, cuando se muere una esperanza, el horizonte, súbitamente, se oscurece, y comienzan a rodearnos tinieblas por doquier, y hasta desde el mismísimo Abismo, ese que no conocíamos, se abren unas fauces inmensas que están prontas a devorarnos antes cualquier paso en falso…

 

 

 

            Discúlpenme… pero no puedo continuar con esto por másNo puedo negar por mucho tiempo más que hoy me estoy muriendo... Una Esperanza que se había adueñado de gran parte de mí existencia y conciencia (y créame que no hablo de una esperanza cualquiera sino una de esas que sostienen gran parte de la existencia), ha fallecido (y no he tenido nada que ver en el acto homicida; pues otros que no yo, con gestos, expresiones, palabras y sentencias ciertas, definitivas y despiadadas, le han dado muerte cruenta, a un tiempo. Y ahora ella yace en su lecho mortuorio... Precisamente Ella... la otrora motivadora de una inocente existencia). Por eso, lo único que les pido en ésta hora tristemente siniestra, y si cabe, es una plegaria por ella, y por su esclavo

 

            Como se imaginarán, y según usanza, tengo que asistir a su entierro, y ya me han prevenido de que debo mantenerme alerta y despierto... Pues cuentan los sepultureros, y lo ratifican los funebreros, que, cada entierro de una muerta esperanza, ven ponerse cerca del individuo que ha quedado vacío, una especie de fantasma, que parece venir desde la nada y presentarse bajo la forma del consuelo y distracción. Y según testimonios dignos de crédito, éste personaje enigmático se presenta y conduele como si fuese un familiar de la reciente muertita, y llegan a decir que, en verdad, es su propia descendencia que viene a darle su adiós!… Sí, dicen que el Cementerio es el lugar en el que aparecen las nuevas esperanzas, y que allí éstas están a la espera... (dando vueltas, vagando entre ataúdes y nichos en busca de residencia), para ir otra vez a llevar, aunque por algún tiempo, sentido a alguna existencia. –Parece que las esperanzas (en el humano que vive acostumbrado a alojarlas en su vida) siempre van a los entierros de sus hermanas, y aparecen, con extraordinaria y suntuosa apariencia, y velo negro, figura admirable, voz amable y tierna, y con un pañuelo en sus finas manos envueltas en guantes negros de sedaDesde ya que muchos se muestran escépticos ante este hecho, y afirman, desde lo más profundo del desgarro cordial, que son todas farsantes, pero hay otros que dicen que puede aparecer una verdadera o falsa y que puede surgir una esperanza verdadera o una mera quimera. En lo que todos coinciden es que lo importante no es la venida de una nueva esperanza sino el estarse atento a su fragancia... (dicen con experiencia se puede presentir la naturaleza de una esperanza) y a tener el coraje de matarla uno mismo, a sangre fría, si descubre que no es verdadera.-

 

 

 

VOLVER