Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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“NADIE ENTIENDE”

 

            La expresión que titula ésta página es el eco que permanece en mi conciencia y  en la de tantas personas que tenemos la posibilidad escuchar a quienes sufren. Y a éste propósito parece conveniente comenzar afirmando que tienen razón, pues son muy pocos los que entienden algo en materia de sufrimiento personal, pues el sufrimiento es personal; una experiencia única y eminentemente subjetiva. Por eso no hay escalas, ni patrones, ni parámetros que sirvan para medir el dolor o el sufrimiento, ya que el “umbral del sufrimiento” es personalísimo, pues está edificado sobre la base de nuestra personalidad y experiencias subjetivas. Por eso ha de ser que el sufrimiento de uno siempre eclipsa todo “lo otro”, inclusive las presencias, los afectos cercanos y los intentos de consuelo. Pues quien sufre se suele encapsular, cerrar herméticamente, a manera de reflejo, en su propio universo de sufrimiento, donde no suele haber espacio para nada ni nadie que no sea uno y su queja.

 

            No obstante el sufrimiento es una realidad inherente a la existencia y es tan cierto que “nadie entiende” como que cualquiera puede entenderme, pues todos, en algún momento han sufrido por alguna razón.

 

Nuestro sufrimiento es singularísimo, es verdad, pero también es cierto que eso puede volverse o un puente para el compartir o un camino para la necedad y el egoísmo más hostil de parte de quien sufre. Pues quien padece y desprecia al que se acerca (de mil formas, más o menos explícitas) es, precisamente, quien más ayuda necesita, ya que, para sobrevivir, ha logrado transferir el re-sentimiento hacia los que son ajenos a su limitada y desgraciada existencia.

 

            Hay una extraña soberbia, además, en algunos sufrientes. Una cosa es sufrir y hasta dejarse cegar por el sufrimiento propio pero otra muy diferente, y peor que ésta, es creerse “el más sufriente, maldito e incomprendido de la tierra”. Aquí la subjetividad resulta terriblemente negativa. Aquí se apoya sobre el sufrimiento (e intenta justificarse) el instinto violento y ególatra que nos ciega y lleva, de a poco, a arruinarle la vida a los que nos rodean causándoles un sufrimiento no igual, por supuesto, pero tal vez –según lo que se puede apreciar– sí proporcional al nuestro, ya que mucho pueden dañar los que sufren cuando dañan. No creo que haya peor herida que la causada por un herido, así como tampoco que haya mejor compañía que la de aquel que está herido cuando uno también lo está.

 

            Quien sufre “debe entender”, también, pues no existe ni debe creerse uno con el derecho conquistado de la monopolización de la victimización. Por ello mismo “deberá comprender”, por ejemplo, que los demás no están para entender nuestro sufrimiento. Tal vez sólo quieran (los más amantes u osados) acercarse a él. Uno debe dejarse madurar por el dolor (éste es el único sentido posible de sufrimiento si alguno cabe) y dejar que se acerquen los que nos quieren, para, al menos, ayudarnos a desinfectar las heridas, a fin de que la pus no nos gangrene el alma de enojo. El médico o la enfermera raras veces padecen de las enfermedades que curan, sin embargo estaríamos muertos sin ellos. De manera semejante, los que nos aman o se atreven a acercase a nuestro dolor con buenas intenciones, es muy improbable que hayan padecido lo que a nosotros nos está carcomiendo por fuera y/o por dentro, pero eso no significa que la conciencia de ese afecto, de esa atención, de ese gesto, no vaya a poder ayudarnos y consolarnos.

 

El que sufre debe salir un poco de sí y acometer un gesto de grandeza ante quien uno sienta que lo amerite: animarse a quitarse “las vendas” que recubren nuestro íntimo dolor frente al cariño de quien tiene deseos verdaderos de acompañarnos, de estarse, aunque sea en silencio con uno. Y, honestamente, puede que no nos sintamos comprendidos, pero sí tal vez un poco aliviados; ya no tan solos, ya no tan despreciables, ya no tan distantes de “las otras realidades”, que perviven a nuestro dolor, y a las que retiramos la mirada. Lo que quiero decir, es que quien se acerca a quien sufre puede que ya haya “entendido” algo, y algo esencial: que estamos sufriendo, y que nos duele mucho.-

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

 

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