Φ   FILOSOFÍA NUEVA 

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“NUESTRA” IMAGEN

         

            En muchas situaciones de la vida somos víctimas del desconocimiento de la participación de otros elementos determinantes en la fabricación de las imágenes y que no son los sentidos externos cuya participación protagónica en el acto de conocimiento es ya conocida y admitida por todos.

 

            Desde las discusiones y discrepancias más comunes, las alucinosis, los celos, las bulimias y/o anorexias, las fobias, hasta las ideologías nos encontramos con un sinfín de “circunstancias” en las que podemos apreciar de modo patente un trastorno de la imagen. Éstos suelen engendrar, a su vez, por un lado, falsas convicciones y, por otro lado, conflictos en nuestras cotidianas relaciones, ya sean con los demás o con nosotros mismos. Pero todas estas circunstancias son sólo fenómenos; las manifestaciones más notorias de un conflicto interno más profundo cuyo origen permanece desconocido o desatendido por nosotros.

 

            Por eso, después de haber investigado y seguido de cerca algunos casos de los arriba mencionados, entre otros, decidí hacer mi aporte, bosquejando una descripción del proceso de formación de la imagen y estableciendo algunas premisas esenciales, para poder conquistar un poco más de “realismo” en nuestras vidas.

 

            Las cosas, generalmente, no son como parecen. Incluso lo que sabemos de nosotros es, las más de las veces, muy poco. Lo que creemos con tanta obstinación  puede no ser cierto. Lo que pensamos puede estar equivocado. Y, del mismo modo, lo que percibimos también puede estar distorsionado.

 

            Éstas son algunas de las premisas fundamentales a considerar antes de iniciar cualquier proceso de estudio, incluso de curación, de nuestras facultades perceptivas. Pues  “nuestra imagen” –como toda imagen– es siempre parcial, personal, reductiva, y unas veces equivocada y otras veces acertada. Lo que sucede es que no nos ponemos habitualmente a confrontar nuestras imágenes con las de los demás, pero si lo haríamos obtendríamos resultados sorprendentes. En efecto, todas las “imágenes” se construyen no sólo a partir de lo que vemos, en sentido estricto, con nuestros sentidos externos sino que cuentan con un organismo que soporta, entendido literalmente, que “hace de soporte”, de recipiente de la percepción.

 

            Ahora bien, ¿cómo se confecciona una imagen? Tres elementos fundamentales intervienen en el complejo proceso: 1) el soporte de la imagen, que vamos a llamarlo cerebro-y-psiquis, 2) los sentidos externos (que generalmente suelen ser neutrales y pasivos, a menos que estén afectados por alguna patología) y 3) el objeto exterior.  Una imagen surge y aparece a la conciencia una vez que fue construida –recién ahí “la vemos”, y no antes. La gran equivocación es creer que “vemos” lo que percibimos, pues, en verdad, todos percibimos las cosas de un modo subjetivo y singular.

 

            Muchos y diversísimos elementos orgánicos (ya sean neurológicos o psicológicos) participan en el acto de fabricación de una imagen. Estos factores, que generalmente son los desatendidos, son los esenciales a la hora de comprender un caso o situación en el que se constata una inconcordancia entre una percepción y una realidad. Por eso, hasta es posible  ver cosas que no existen, estando ciertísimos de que existen, y de modo objetivo. Y es que la imagen o percepción es solo el contenido, un elemento del proceso de gestación de la imagen, pero todavía falta percatarse del recipiente o continente, que es el organismo integral, con todas sus particularidades, perfecciones y defecciones.

 

            Lamentablemente no percibimos las cosas tal como son en sí mismas sino de acuerdo a nuestras capacidades perceptivas. Y, lo que puede ser peor es que pensamos, reflexionamos, deducimos, y también vivimos, a partir de imágenes. Naturalmente nuestra inteligencia trabaja sobre los datos que le aportan los sentidos externos (vista, oído, etc.) e internos (que se encuentran en nuestra psiquis). Por eso, conocemos según nuestra percepción, y percibimos según todos estos sentidos nuestros. Lo que sucede es que casi siempre se acentúan los sentidos externos y se les da el protagónico, sin dudar. Pero los sentidos externos sólo tienen el co-protagónico en la historia de la imagen o percepción, pues comparte el elenco principal con el resto del organismo, incluido el aparato psíquico.

 

            Respecto al aparato psíquico y su aporte de “material” en el proceso de formación de la imagen hay que destacar dos fuentes psíquicas esenciales, una interna y otra externa: a) “el inconsciente” (aquello que se encuentra guardado, reprimido, en los repliegues más profundos de nuestra conciencia, a la manera, sobretodo de “deseos” y pujan y presionan a través de los instintos para salir a la superficie, y realizarse) y b) los “restos diurnos”, es decir, todas aquellas cosas que percibimos durante el día, pero de las que no nos percatamos en el momento, de las que no tomamos conciencia, e igualmente ingresan en nosotros, y quedan alojadas en nuestra psiquis (“imágenes” que producen, entre otros fenómenos, el que hoy llaman deja vú o efecto del ya visto. En efecto, se sabe hoy que este fenómeno se produce por un cierto “defasaje” entre la percepción y la conciencia. Sucede lo siguiente: las imágenes entran rápidamente a nuestra psiquis, tanto que tomamos conciencia de ellas tardíamente. De este modo ya “ingresó” en nosotros, milésimas de segundos antes, eso mismo que estamos contemplando ahora. De ese “encuentro de percepciones” (una pasada y otra presente) una inconsciente y otra conciente procede esa sensación interior, que se traduce al entendimiento a la manera de una creencia, de que ya lo hemos vivido o visto esto. –Tal vez este ejemplo, con todos sus elementos participantes en la creación de este fenómeno, nos ayude a poder extender de modo legítimo el termino “imagen” a las audiciones y vivencias, así podremos entender por imágenes algo más que aquello que es el resultado de la vista).

 

            Muchísimas personas con conflictos psicológicos, desde los más leves a los más severos, suelen desconocer la importancia del receptor orgánico integral de las sensaciones provenientes del exterior. Muchísimos creen que poseen en sí “imágenes objetivas”, pero éstas no existen, para nadie. En el campo intelectual se habla de perspectivas del conocimiento, ya sean filosóficas, científicas, religiosas, políticas u otras, pero en el campo de la psicología o gnoseología (es decir, en lo concerniente a las teorías del conocimiento) nos alcanza con hablar de subjetividad.

 

            Sólo una vez que nos hemos convencido de estas “realidades objetivas” (es decir, de la afirmación de que no existe la objetividad –permítanme la paradoja lingüística) podemos empezar a comprender por qué es tan fácil poder tener una imagen equivocada de las cosas y hasta de nosotros mismos. No es preciso estar enfermos, sino que basta con tener sentidos, tanto externos como internos, para poder hacernos de una imagen inconcorde de lo que está afuera de nuestra mente, y también de lo que tenemos y somos por “adentro”.

 

            Por todo esto, es muy posible que las cosas no sean como parecen; y que lo que sepamos de nosotros sea, las más de las veces, muy poco; y que lo que creamos, o aquello de lo que estemos convencidos, pueda no ser cierto; y que lo pensamos pueda estar equivocado; y que lo que percibimos también pueda estar distorsionado. Pues las imágenes son los elementos subjetivos del conocimiento. Y cualquier conocimiento que pretenda ser “real”, racional y lo más acorde posible a la realidad, debe tener, al menos la certeza, de sus límites naturales –muchos de los cuales parecen ser infranqueables por sí.

 

            En estas últimas premisas descansan algunas pistas para poder explicar y comenzar a corregir diversas patologías psíquicas y prejuicios intelectuales. Por eso es preciso que, en el intento de adquirir una “conciencia sana y cabal” de las cosas, estemos atentos a estas realidades, pues es posible que muchas de nuestras acciones, reacciones y consideraciones tal vez estén siendo motivadas por una percepción equivocada. –En este caso, habrá que acometer un recorrido por el proceso de formación de la imagen y rastrear el momento, lugar o situación en dónde se produjo el error, y si no podemos salir de nosotros y trascender la certeza adquirida e instalada en nuestra conciencia a fin de someterla a una adecuada autocrítica, suele ser aconsejable procurarse de un especialista que nos ayude a revisar, con una mayor precisión que la que podamos alcanzar por nosotros mismos, el continente o receptor de nuestras imágenes, pues éste puede estar manipulando demasiado, inventando a su antojo, los datos que recibe, y estar brindándole a la conciencia y al entendimiento falsedades que pueden y suelen convertirse –si no se les da su debida atención– en el origen de diversas enfermedades presentes o porvenir.

 

 

Prof. Pablo H. Bonafina

Ciudad de Buenos Aires © 2007

 

 

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