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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
“OCURRENCIAS” (FOBIAS) Y PENSAMIENTOS © Prof. Pablo H. Bonafina
Todos sabemos lo que es un pensamiento. Sería conveniente, en el Tratamiento del manejo de las “fobias” (la palabra griega fobía se traduce como “miedo”) establecer una distinción entre el “pensamiento” como facultad de la mente o psiquis para elaborar, imaginar y fantasear “en imágenes”, ya sean intelectuales o “sensibles” –yo prefiero el término “sensacionales”– y el resultado de esta elaboración. Pues, de este modo podríamos incorporar a nuestro “vocabulario psicológico” la distinción real que se advierte entre una “ocurrencia” y un “pensamiento”. Llamo ocurrencia a un “antojo mental”, una idea, una imagen “pasajera”, que surge, aparentemente desde la nada, y ante la que, en principio, no podemos “dejar de ver” o “sentir”. El pensamiento, debemos recobrarlo como la facultad que nos permite “consentir”, aprobar esa ocurrencia y prorrogar su “existencia” en la conciencia. De esta forma, podremos sobreponernos a “las cosas que se aparecen en nuestra mente”, y ponernos por encima de ellas. El entendimiento o pensamiento es la facultad o capacidad, el instrumento del que disponemos para poder focalizarnos, concentrarnos en una “idea” u “ocurrencia”, y dejar que ella se apodere de nosotros o no. En nuestro entendimiento o mente existe la capacidad de, por ejemplo, servirnos de “algunos mecanismos de defensa” para rechazar una ocurrencia. No podemos nada contra las ocurrencias, en vano querer, en principio, exterminarlas, y enojarnos con ellas: ellas suceden a todos como fruto y resultado de diferentes percepciones directas o indirectas, combinadas, con la memoria de algo vivido, temido, placentero o displacentero. Pero las ocurrencias no son un suceso digno de atención (fuera del contexto de un psicoanálisis) en nuestra vida cotidiana –pueden y recomiendo llevarlas materializadas, anotadas en un papel, y tenerlas a mano para que otro evalúe su “densidad” e importancia, pero deben ser conversadas en otro contexto, uno más específico y favorable; que muchas veces no es el de la soledad y el “ataque”. Los “pensamientos”, en cambio, son “elaboraciones” posibles: allí debemos entrenarnos o, al menos, recobrar nuestras fuerzas, a fin de no “pensar toda ocurrencia”. De hecho, no podríamos vivir si pensásemos cada ocurrencia: nos alienaríamos y terminaríamos viviendo entre fantasmas, seres irreales que nos condicionan la vida hasta alejarnos de las cosas más simples, esenciales y cotidianas, como son, por ejemplo, el suelo firme que pisamos; el aire que respiramos involuntariamente y la muerte que no llega por más que la pensamos: mil pensamientos o ideas no hacen la más mínima existencia –esta es una máxima filosófica realista que debe volverse el punto de partida de todo pensar. Si esa ocurrencia es una fobia, es el momento de la “desviación”. Podemos pensar en otra cosa, o dejar que la ocurrencia pase, sin darle mayor trascendencia –no podemos elegir las ocurrencias más indeseadas, elevarlas a un rango especial, y mucho menos detenernos en ellas; darles un lugar de estancia en nuestra facultad de imaginar y fantasear; es decir, en nuestra mente, pues, de este modo estamos abriéndole la puerta de nuestra mente, y le estamos entregando nuestra libertad, lo que nos queda. Y, entonces, faltará poco para que esa “ocurrencia” se convierta en pensamiento, y empiece a sugerirnos más y más cosas, y traiga a sus secuaces. Entonces, se hará más difícil. Dos cosas podemos hacer, según nos salga mejor. O podemos rechazar la ocurrencia, en caso de que coincida con lo que ya sabemos que es el objeto de nuestra fobia (si nos sale sin “presionarnos” –a muchas personas les sale en algún momento y debemos intentar hasta que ese momento llegue), o (mientras tanto) podemos dejarla pasar, sabiéndola tal, nunca más. Darle a una ocurrencia mayor trascendencia es darle un poder que no tiene, y es convertirla en realidad; no en realidad real, sino en realidad “para nosotros”, e iniciar ese juego macabro en el que siempre salimos perdiendo.
Hasta aquí el enfoque clásico. Pero quisiera detenerme en otro que no nos hace sufrir menos cuando las fobias nos amenazan. De hecho, el pánico o miedo, en cualquiera de sus variantes, muchas veces viene, unida a “sensaciones físicas”. Y es que contamos con un Sistema Nervioso, unido a nuestra mente o psiquis, que le sigue y viceversa. Nuestro cuerpo suele ser “solidario” de las sensaciones psíquicas, y por eso, somatizamos: sentimos en el cuerpo y con el cuerpo, nuestras fobias, a través de sensaciones que, para quien las padece, no pueden menos que ser la visita de la mismísima muerte. Debemos saber que así como hay “ocurrencias mentales” también hay, lo que quisiera llamar a falta de un léxico adecuado en la Psicología actual: “ocurrencias somáticas”. Son consecuencias de nuestros “pensamientos”, especialmente, y nos inutilizan; porque, de nuevo, no sabemos que no podemos nada con ellas, ni que proceden de allí, de nuestra psiquis, y que tienen la lógica de acompañar los “síntomas psíquicos”. Saberlo es ya aliviador. Pero, además, tenemos que tener en cuenta de que responden a lo que se llama “signos vegetativos” del Sistema Nervioso, naturales cuando tenemos alguna emoción super intensa –y la fobia es una sensación super-intensa, por eso la “manera letal” que tiene de manifestarse. Pero no debemos aislarla de su contexto psíquico. El miedo, el susto, nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad y entonces, el miedo se encarna en nuestro cuerpo, es eso, es así y no más. Por más infierno que percibamos debemos saber que el infierno no existe, que es el resultado de la imaginación. Claro que “sentimos cosas” de verdad; claro que tememos no sólo morirnos sino volvernos locos, frenéticos y brotarnos como nunca; pero eso es “otra ocurrencia”… El cuerpo se vuelve el escenario de nuestra psiquis, porque es nuestra psiquis pero materializada, por eso siente a su compás. Nada más y nada menos que eso. Hasta que tomemos conciencia de todo esto, estémonos tranquilos y aprendamos a empezar a “distinguir y manejar” ocurrencias y pensamientos. Luego iremos por los “síntomas de muerte”, de a poco. Sin exigirnos. No es fácil ponernos de acuerdo entre nuestra mente y sensaciones, pero hay que comenzar a “ser uno”, y dueño, no “uno de otro” –el otro es la fobia que nos puede. Y si el cuerpo se adelante y nos llama la atención, cuando estamos en paz, tengamos la certeza de que es lo mismo pero a la inversa: nos está avisando de que en nuestra psiquis hay cosas, aunque no se presenten a la conciencia. En ese caso, de nuevo: considerémosla una ocurrencia, o no dejemos que nuestra mente piense en nuestro cuerpo y en nuestros pensamientos por encima, por detrás de nosotros y nuestra libertad. Somos pobres, débiles, frágiles… pero tenemos inteligencia y voluntad –ellas nos salvarán de todas nuestras “fobias”, y nos ayudarán a ir conociéndolas, viéndoles el rostro, hasta mostrarnos qué esconden con tanto disfraz (ellas quieren darse a conocer más de lo que nosotros quisiéramos a ella…). Para eso, tiempo, y un poco de “amistad”… Tenemos que ir tratando amistad con nuestros “fantasmas”, porque detrás de ellas estamos nosotros, heridos y pidiendo aun ayuda de un modo bastante singular.
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