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Φ FILOSOFÍA NUEVA ________________________________________________________________________
OTRO PRESUPUESTO PARA EL CAMINO DE LA CURA © Prof. Pablo H. Bonafina
Sin tan siquiera insinuar la posibilidad de que puedan separarse lo que llaman “dimensión física” o corporal de la “dimensión psíquica” o mental, debemos reconocer que no es “lo mismo” padecer una afección física que psíquica, aunque, dada una, cuestiones “personales” o de tiempo sin más tardarán en hacer influir una en otra, a causa de este fenómeno elemental que se ha llamado “psicosomatización”, que no es sino el intento de unir de modo definitivo dos “dimensiones” que solían tratarse por separado y cuya relación fue puesta en duda no sólo en la teoría sino en la implementación de sus “tratamientos”. La cuestión es que, a causa de ésta realidad, podemos establecer de modo más o menos legítimos comparaciones entre “enfermedades” físicas y psíquicas debido al escenario donde ambas se padecen en la mayoría de los casos: la conciencia. El sufrimiento es un fenómeno psíquico, y el dolor también lo es. Todo dolor es una sensación displacentera que se percibe de un modo más o menos intenso (“umbral de dolor”). Y todo conflicto psíquico es un “drama” que se vivencia con toda la existencia y que se puede expresar, como de hecho sucede casi siempre, en el cuerpo. Esto supongo que no es ninguna novedad.
Lo que parece ser “novedoso” en quien padece alguna “enfermedad psíquica” es la posibilidad de “cura” semejante a la que podría llegar a darse con alguna “enfermedad física”. Existen los “Sistemas de órganos” y existe el “Sistema psíquico”, y esto no podemos dejar de tenerlo en cuenta a la hora de tratar a un paciente psiquiátrico. Medicina, tratamientos y tiempos para la cura… ésta es una coincidencia que “se da”. El problema sale a nuestro encuentro en la actitud de algunos “enfermos psíquicos” que quieren poner su “psiquis” por encima de su “cuerpo”, escindiendo su unidad, a causa de algunos pensamientos inconvenientes para el tratamiento mismo de su afección. En efecto, ninguna persona que se fracture la mano va a insultar al yeso que la “sostiene” y permite la fusión ósea todo el tiempo que tenga que cargarlo y verlo, pues, de ese modo, reducirá su vida al objeto de “tratamiento” (y padecimiento), lo que no le podrá aportar sino un “re-sentimiento”, es decir, un “sentimiento” negativo cuyo fundamento está en la imposibilidad de la admisión de que los huesos se fracturan, que él tiene uno, y que existen diversas causas que pueden producir fracturas, y que la “causa final” es, sin ninguna duda, la suma de pequeños acontecimientos que devinieron en aquella lesión. Pero para el “enfermo psíquico” no siempre las cosas parecen ser tan claras. Se pretende ejercer un dominio mayor sobre las “afecciones mentales” porque el hombre se ha inventado la historia de que puede y debe “dominar” su mente… Ésta es una tentación y fuente de frustraciones muy comunes. El “animal racional” ha sobrevaluado su conciencia, y pretende alzarse por encima de las leyes de la materia creyendo que con “saber” lo que le “sucede” puede “resolver-se” sin más; y olvida que su “psiquis” corre la suerte de “su ser”: limitaciones, impotencia, falta de dominio, ser sometido al espacio y al tiempo.
Uno no “se cura” porque quiere (aunque el querer curarse es el comienzo de la puesta en marcha de un complejo mecanismo de “energía positiva” necesaria para el restablecimiento de un organismo humano), “se cura” porque ha tenido tiempo suficiente para aceptar que su conciencia es una hoja donde los signos que se escriben en ella son imborrables; y que esto es tan cierto como que cada signo es una hoja, y la vida es un libro, con final abierto… Por eso hay dos tratamientos: uno especializado y otro, tal vez el más importante, porque es el que depende de uno, es el cotidiano: “la humildad”. Pero no entendida en sentido “cristiano” sino en sentido etimológico y literal. “Humilitas” es una palabra procedente del latín “humus” que significa “barro, tierra, polvo”, de allí procede “homo” –el “ser hecho desde el polvo”–. Y esto debemos incluir en nuestra conciencia. Somos frágiles, somos pobres, débiles, aunque nos creamos demasiado. Quien se cree o exige más de lo que debe termina cayendo en la “soperbia”, palabra que veo mixta y procediendo del latín y griego: “super”, que significa “por encima (de)” y “bia”, de “bíos”, que significa “vida” –“soberbio” es quien cree que su vida “está por encima” no sólo de la de los demás sino de la suya propia. Es decir, es un soberbio el que se impone a sí mismo llevar una existencia y conciencia por encima de sus propias capacidades; quien pretende trascender los límites naturales que le impone su naturaleza.
Sólo quisiera en ésta página proponer una sugerencia: tratar de comenzar la cura, la cura de cualquier “enfermedad”, con la paciencia y la humildad, que son la actitud sensata que todo enfermo debe tomar, obligarse a tomar!, para poder aprender el arte de sobrellevar, nada más y nada menos, la propia existencia. Quien se cree más de lo que es no sólo se engaña a sí mismo sino que se encamina hacia la frustración y el resentimiento, considerados como actitudes, como fundamento y origen de pensamientos y acciones nocivas. Sólo podremos trascender (y esto sería ponernos disponibles para la cura de) nuestras enfermedades en la medida en que aprendamos a no sobrevalorar nuestras capacidades para la cura misma y nuestra conciencia o conocimiento de las mismas –pues el “saber” no suele servir de mucho frente a una “herida” y el “dolor” no conoce de razones. De modo que no sólo nos cabe, dando por asentado el reconocimiento de lo que nos sucede, realizar el tratamiento necesario, y proponernos proveernos de la paciencia necesaria para restablecernos y la humildad para aceptar que somos, sencillamente, humanos.-
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